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lunes, noviembre 02, 2009

La voz de Fernando Henrique Cardoso, ex-presidente de Brasil



¿A dónde vamos?

La inundación de extrañas decisiones del gobierno, las declaraciones presidenciales aparentemente sin sentido y una gran cantidad de publicidad quizás llevan a las personas de buen sentido preguntar: después de todo, ¿a dónde vamos? Puse el adverbio “quizá”; porque algunos están tan intoxicados con “el mayor espectáculo del mundo”, la riqueza fácil, que beneficia a unos pocos, que lo dudo. Parece más cómodo fingir que todo está bien y olvidar las transgresiones diarias, las decisiones discrecioneles, el abuso, si no de la ley, de la moralidad. Se ha vuelto costumbre decir que el gobierno de Lula continuó lo bueno que fue hecho por el gobierno anterior y, además, mejoró muchas cosas. Entonces, por qué y para qué cuestionar las pequeñas desviaciones de conducta o los pequeños arañazos a la ley?

Solo que cada pequeña transgresión, cada desviación, se va acumulando hasta distorsionar el original. Para citar el famoso príncipe loco, hay método en esta locura. Método que, probablemente, no se deriva de nuestro príncipe, quizás sólo víctima, tal vez de apoteosis verbal. Pero todo está rodeado por un ADN que, incluso sin ninguna conspiración puede llevar al país, lentamente, casi sin ser notado a un estilo de política y una forma de relación entre estado, economía y sociedad tienen poco que ver con nuestros ideales democráticos.

Se puede elegir al azar los ejemplos de “ pequeños asesinatos “. ¿Por qué el Congreso debe tragarse, sin tiempo para respirar, un cambio en la ley de petróleo mal explicado, sin ningún esmero? Un cambio que ni siquiera puede ser presentado como una bandera “nacionalista”, porque si el actual sistema de concesiones, fuese “entreguista” debería haber sido suspendido, y no fue así. Sólo se incorporó al sistema de reparto, sujeto a tres o cuatro instancias políticas y burocráticas para hacer más difícil la vida para los empresarios y engordar a los facilitadores de negocios en la administración pública. ¿Por qué anunciar quién ganó el concurso para la compra de aviones militares, si el proceso de selección no ha terminado? ¿Por qué tanto ruido y tanta intromisión del gobierno en una empresa, la minera Valle de Río Dulce, que si bien no es enteramente privada, posee capital mixto, regido por el status de las empresas privadas? ¿Por qué anticipar la campaña electoral y sin ninguna vergüenza, caminar por el Brasil en detrimento de la Tesorería (tomar dinero de su, mi, nuestro bolsillo ...) mostrando un candidato cojo? ¿Por qué, en política exterior, olvidarse que en Irán hay fuerzas democráticas, incluidos los musulmanes, que luchan en contra de Ahmadineyad y saludar a los que no se preocupan por la paz o los derechos humanos?

Poco a poco, detrás de los gestos que pueden parecer aislados, y no tan graves, el ADN de “autoritarismo popular” está minando el espíritu de la democracia constitucional. Esta supone normas, información, participación, representación y deliberación consciente. A contramano de eso, vamos regredando a formas políticas de la época del autoritarismo militar, cuando los “proyectos de impacto” (algunos de los cuales se han convertido en esqueletos, es decir, obras que han dejado colgando deudas impagables en el Tesoro) animaban e inflaban los corazones de los ilusos : “Brasil, amelo o dejelo". En cuestión tenemos la Transnordestina, el tren bala, la Norte-Sur, la transposición de San Francisco, y cientos de pequeñas obras de la PAC, que, algunas buenas, otros menos, brotan a torrentes en el presupuesto y se aminoran por falta de competencia operativas o por desvíos prohibidos por el Tribunal de Cuentas de la Unión. No importa, en el fragor de la publicidad, es como si el pueblo ya disfrutara los beneficios : “Mi casa, mi vida”, biodiesel a partir de aceite de ricino, el rescate de la agricultura familiar; etanol para el mundo y en la vorágine de nuevas consignas, pre-sal para todos.

A diferencia de lo que ocurrió con el régimen militar, el actual no pone a nadie en la cárcel. Sin embargo, de la propia boca presidencial salen insultos para matar moralmente a empresarios, políticos, periodistas o cualquiera que se atreva a discrepar con el estilo de “Brasil Potencia”. Incluso la apología de la bomba atómica como un instrumento para llegar al Consejo de Seguridad de la ONU - contra la letra expresa de la Constitución - de vez en cuando es defendida por altos funcionarios, sin que se pregunte a la ciudadanía cuál es el mejor rumbo para Brasil. Esto es porque el presidente ha declarado que, con respecto a los objetivos estratégicos (como la compra de cazas de combate) el lo resuelve solito. Lástima que se haya olvidado añadir: “L Etat c´est moi”. Pero no se olvidó de dar las razones que llevaron a esta decisión estratégica, vio que había piratas en Somalia, y por tanto necesitamos combatientes para defender “nuestro pre-sal”. Bueno, todo muy lógico.

Puede ser grave, pero, los realistas dirían, el tiempo pasa y lo que queda son los resultados. Entre estos, sin embargo, hay algunos preocupantes. Si hay lógica en nuestros despropósitos, es sólo una: el poder sin límites. El poder presidencial ante el aplauso del pueblo, como en cualquier buena situación autoritaria, y el poder burocrático-empresarial, sin gracia alguna para el pueblo.. Este último tiene método. Estado y los sindicatos, el Estado y los movimientos sociales están cada vez más fundidos en los altos hornos de la Tesorería. Los partidos están desmoralizados. Fue el “dedazo” de Lula el que escogió al candidato del PT a la sucesión, como lo hicieron los presidentes de México en tiempos de la dominación del PRI. Devastados los partidos, si Dilma gana las elecciones sobrará un subperonismo (el Lulismo) contagiando los fragmentos de dóciles seguidores, una burocracia sindical anidada en el estado y, como base del bloque de poder, la fuerza de los fondos de pensiones. Se trata de “nuevas estrellas”. Aparecieron en el cielo, cambiaron de rumbo y nuestros capitalistas voraces, pero ingenuos , recibieron de ellos el abrazo de la muerte. Con un poco de ayuda del BNDES, entonces todo es perfecto: tenemos la alianza entre el Estado, los sindicatos, fondos de pensiones y los felices ejecutivos de las grandes empresas que están asociadas.

Se dirá (ya que hablaba de estrellas), los fondos de pensiones son el resorte de la economía moderna. Ciertamente. Sólo que los nuestros pertenecen a funcionarios de empresas públicas. Por ellos, el PT, que ha dominado la representación de los trabajadores, ahora domina al empleador (el gobierno). Con eso, los fondos que se han convertido en instrumentos de poder político, no exactamente de un partido, sino del segmento sindical- corporativo que lo domina.En Brasil, los fondos de pensiones no son simples accionistas - con la libertad de vender y comprar en bolsas – sino gestores: participan de bloques de control o de los consejos de administración de empresas privadas o “privatizadas”. Partidos débiles, sindicatos fuertes, fondos de pensiones que convergen con los intereses de un partido en el gobierno y atrayendo privilegiados socios privados: este es el bloque sobre el cual el subperonismo Lulista se sostendrá en el futuro si gana las elecciones. Empecé con ¿a dónde vamos? Concluiré diciendo que ya es hora de poner fin al continuismo,antes que sea tarde.

Fernando Henrique Cardoso, sociólogo, fue presidente de Brasil



(Traducción Esteban Lijalad)

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