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martes, noviembre 17, 2009

El papel de los judíos, en la mirada de Antonio Escohotado


II. Nuevos retos para el pueblo paria

Un noble veneciano observa en 1519 que «personas de todo rango acudían tan furtivamente a la casa de empeño como a una de mala nota […] porque los judíos son tan necesarios como los panaderos»17. Supongamos que un grupo de católicos gallegos y otro de protestantes galeses emigran a América, y preguntémonos qué probabilidad hay de que dos milenios más tarde sigan siendo allí lo que fueron en origen, en vez de canadienses, colombianos, argentinos, etcétera. Si los judíos dispusieran de una morfología diferencial, y si hubiesen observado en el ínterin una rigurosa endogamia, la persistencia de su identidad no desafiaría tanto lo probable, pero nunca tuvieron el apoyo de parecer una raza distinta ni dejaron de practicar la exogamia.
A esa identidad supratemporal y supraespacial corresponde también un persistente don para manejar con eficacia el dinero, que era ya un lugar común en el siglo iv a. C., cuando Alejandro Magno les cedió un sector de la recién fundada Alejandría. Su aptitud para ganarse la confianza de socios y clientes, núcleo de lo excepcional, sugiere hogares que son capaces de formar a indefinidas generaciones en el hábito de cumplir cada pacto. Tal costumbre puede atribuirse a honradez, aunque parece más realista fundarla en el interés bien entendido. El estafador y el moroso, a despecho de algún éxito transitorio, no tienen en la esfera de los negocios otro futuro probable que el de arruinarse.
1. Del medievo a la modernidad. Las comunidades judías desaparecen en Europa del registro histórico entre el siglo IV y el XI, salvando dos o tres menciones a cierto judío que resulta ser contable o embajador de monarcas carolingios. Hacia 1080 aparece quizá la primera mención a un grupo de ellos, cuando Guillermo el Conquistador les encomiende organizar el cobro de las cuotas feudales y conceder préstamos a la nobleza normanda en su nuevo dominio de Inglaterra18. A lo largo de los Siglos Oscuros, donde el dinero desaparece o existe sólo como joya, las familias judías sobreviven formando a cada hijo para que sea útil al señorío de cada lugar, mientras sus rabinos compilan ingentes repertorios de sentencias sobre los mínimos detalles de la vida cotidiana y su relación con la Ley.
Otras confesiones ligadas a un Libro se muestran hostiles o al menos desconfiadas ante el resto de los libros —oponiendo a la limitada racionalidad mundana las luces ilimitadas de su revelación—, mientras ellos aspiran a saber de todo para cumplir mejor sus deberes religiosos y profesionales. En el siglo XII uno de los discípulos de Abelardo observa:
«Por pobre que sea, si un judío tiene diez hijos tratará de que todos se instruyan, no tanto para ganar posición como hacen los cristianos sino para entender la ley divina, y no sólo sus hijos sino sus hijas»19.
Podemos negar de plano que esto fuese una regla observada en general por los cabezas de familia judíos, siquiera sea para no seguir desafiando el cálculo de probabilidades; pero no que el judaísmo legalista —en contraste con la vena profética asumida por sus celotes— aspira a un racionalismo sui generis, que a cambio de aceptar las arbitrariedades de su Ley sobre el prepucio, la levadura o la grasa quiere también residir en este mundo con todos los sentidos abiertos, y se prohíben técnicas ascéticas de mortificación para producir estados crepusculares de conciencia como los del místico. Las críticas de Maimónides (1135-204) al milenarismo apocalíptico indican que durante la fase de oscurecimiento y miseria hubo recurrencias de dicha actitud, aunque no llegaron a hacerse hegemónicas.
Los grupos judíos aprovechan el desarrollo de los burgos comerciales para pasar a vivir en ghettos a menudo amurallados, menos expuestos a estallidos de furia fanática o pogroms de simple saqueo, donde su capacidad de ahorro no tarda en hacerles imprescindibles para un círculo más amplio que los monarcas y señores feudales. Ser discretos hasta lo legendario, sin proferir una palabra de más, les hace especialmente idóneos para administrar patrimonios mixtos, basados en bienes y derechos sobre ellas. A su inventiva puede atribuirse la idea de formar entramados de sociedades-trust donde una o varias familias gestionan negocios aparentemente autónomos, controlados desde una tercera y clandestina entidad que no sufre el desgaste mecánico de las ostensibles.
Su territorio seguro es desde hace siglos la Península Ibérica, donde aparecen como médicos, traductores, comerciantes y tesoreros de Castilla hasta la muerte de Pedro el Justiciero (o Cruel) en 1369. Las posteriores dificultades, que comienzan con la dinastía de Trastamara, son un reflejo de su propia fuerza política y social. Hay tantos, tan bien situados y en algunos casos tan patriotas que en el siglo XV se producen conversiones masivas, un fenómeno sin precedentes del cual parte una transformación en el sentido del antisemitismo. Hasta entonces descansaba sobre fundamentos religiosos, y a partir de ahora se hace racial20, dentro de un clima progresivamente enrarecido por los propios «cristianos nuevos», algunos sinceros y otros no (Torquemada condenará a unos trece mil «marranos» por ese concepto), que acaba desembocando en nuevas discriminaciones, masacres como la de Lisboa y finalmente la expulsión.
2. La última diáspora. El mundo mercantil que se está abriendo camino es en principio una bendición, al redescubrir el tipo de actitud frugal y previsora que las familias judías enseñan. Pero el asunto es en la práctica mucho más áspero, porque la incorporación del cristiano a la vida empresarial —y en particular al crédito— encuentra en sus prestamistas y hombres de negocios una competencia sobremanera incómoda, casi siempre capaz de ofrecer en cada país dinero menos caro, y apoyada sobre una clientela fiel por eso mismo21. Su pretensión de sumarse al elenco de comerciantes y otros profesionales tropieza con barreras gremialistas justificadas por el trasfondo religioso (¿cómo contratar con los verdugos de Cristo?), y el destierro de España (1492) y Portugal (1497) culmina un proceso catastrófico iniciado bastante antes en Alemania e Italia22, cuyo reflejo popular es la leyenda del judío errante23.
Llega entonces una época no tanto de persecución como de miseria, donde quizá por primera vez en mil años gran parte de ellos son más pobres que el más humilde de los campesinos. Francia e Inglaterra, países secularmente hostiles —de los cuales se huía a la menor oportunidad para evitar linchamientos y expropiaciones sistemáticas—, son los únicos donde la exigencia de conversión no resulta perentoria, y el horizonte de catástrofe funciona como abono para la vena ascético-apocalíptica reprimida hasta entonces. Aparece el misticismo cabalístico24, junto con una ansiosa espera de su Mesías que acaba produciendo al lamentable Shabbetai Zevi, alguien aclamado por todas las comunidades de Europa, Asia Menor y África que cierto día se convierte al islam por simple pusilanimidad, sin haber sido objeto de amenaza grave.
Dentro del general empeoramiento sólo hay dos noticias alentadoras. Una es que los turcos se han apoderado en 1453 de Bizancio, cuyos confines resultaban sencillamente letales para el judío. La otra es que los Países Bajos insisten en tener libertad de conciencia. Aunque el sur de esa zona acabe sucumbiendo al terror católico, en el norte los tercios españoles son incapaces de doblegar a Holanda y otros seis territorios —las Provincias—, que construyen un oasis para la libertad religiosa. El pueblo paria puede elegir entre un gran imperio, donde el islam no atraviesa una fase singularmente integrista, y un país minúsculo de clima endiablado pero abierto como ninguno a que el diligente prospere por medios pacíficos.
Es precisamente en Turquía donde acaba apareciendo El látigo de Judá, una obra del malagueño Salomón Verga (c. 1450-1525) que no por victimismo sino para apoyar un autoanálisis crítico describe 64 persecuciones padecidas por los judíos. Buena parte de ellas parten a su juicio de ignorar «la ciencia política y la militar», algo que les condena a ir «desnudos» por el mundo. Además, imitan a los cristianos con su fe en supersticiones y leyendas, añadiendo a eso la altivez:
«No he conocido a ningún hombre razonable que odie a los judíos […] Pero el judío es arrogante y siempre quiere dominar. A juzgar por sus actos y palabras no seríamos un pueblo de exilados y esclavos, sometidos por un pueblo u otro. Más bien intenta presentarse como amo y señor. De ahí que las masas le odien»25.
Antes del decreto de expulsión, sefarditas españoles y portugueses han sobresalido en todas las ramas del conocimiento y la técnica. Son el único puente entre la cultura árabe y la latina, y los inicios del tráfico a larga distancia les han permitido también incorporarse a la financiación industrial. Para los más fieles a sus tradiciones, que son unos cien mil26, abandonar el territorio donde llevan más de mil años es un desastre que seguirá siendo motivo de duelo hasta hoy. Para quien les expulsa el efecto es más irreparable si cabe, porque los exilados reconstruyen su vida en otros países, mientras España y Portugal se verán obligados a asumir un puesto de superpotencias sin el concurso de esa elite intelectual y mercantil.
El apego de quizá otros tantos por su Sefarad les lleva a aceptar el bautismo, pero topan con una tenaz caza de judaizantes a lo largo del siglo XVI y el XVII. Un polígrafo como José de la Vega —poeta, filósofo y autor del primer libro sobre la Bolsa— desciende del converso cordobés Isaac, que en 1650 abandona calabozos inquisitoriales para instalarse en Amberes; José, que ha nacido ya fuera de España, vive en Ámsterdam y atestigua su aprecio por la tierra ancestral escribiendo en un brillante castellano27. Prescindiendo de esta nostalgia, los sefarditas se desempeñan bien en el Imperio otomano (donde algunos llegan a ocupar importantes cargos públicos) y en los Países Bajos. Mucho más dura es la suerte de sus hermanos ashkenazim, que siglos antes emigraron de Renania y el norte francés para refugiarse en Europa oriental. Ahora imitan a los exilados de Sefarad, aunque llegan en gran número y casi siempre paupérrimos.
Por lo demás, ambos han nacido en hogares donde conocimiento y fiabilidad se valoran notablemente, un buen principio para salir adelante en todo tipo de oficios. A las comunidades judías les interesa también cualquier ampliación o consolidación de los derechos de propiedad, cara de una moneda cuya cruz es progreso de las libertades civiles, y ya en 1500 el rabino Abraham Farissol bromea: «Si el dinero debiera prestarse sin interés a quienes lo precisan, justo será regalar también casa, caballo y empleo»28. Un sefardita de Ámsterdam va a ser el gran teórico de la democracia moderna, y préstamos de sus magnates sufragan la resistencia del Continente al absolutismo, torpedeando primero los planes de Felipe II y luego los de Luis IV.

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