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jueves, noviembre 05, 2009

La inteligencia ... y cómo escapar de ella

Es obvio que tanto error no es cuestión de falta de inteligencia y de lógica. Ambos recursos abundan, en mucha mayor medida que diagnósticos, pronósticos y propuestas acertadas.
Pero las mejores sociedades (si, hay sociedades y culturas mejores, y sociedades y culturas peores) fueron las que NO nacieron debido a la inspiración de la inteligencia , sino debido a los mecanismos que espontáneamente fueron mejorando la coordinación entre personas, la división del trabajo, el transporte, las comunicaciones, las leyes, el arbitraje, las libertades, la justicia, la seguridad.
Durante generaciones algunas sociedades, pocas, supieron que no era la brillante inteligencia de sus líderes la fuente de su progreso sino que lo era la anónima mediocridad de sus gentes, respetuosas de contratos, cumplidoras de sus obligaciones, conocedoras de sus trabajos, con ánimo de progresar empujadas por el amor a sus hijos y el mandato de que ellos deben vivir en un mundo mejor.
Tanto error no reconocido- por los malos mecanismos que construye la inteligencia , la cual termina tirando la llave al río- nos está llevando a un borde peligroso, en este siglo. Como la ingenuidad es cosa del pasado, de los “buenos viejos tiempos”, quien habla en términos sencillos, como en la Escritura, y nombra las palabras orden, paz, tranquilidad, respeto, palabra, ley, justicia, propiedad se gana la risotada de la audiencia. Las palabras de hoy son, por ejemplo: la mirada, el espacio, la articulación, la diferencia, el cuerpo. Frases como “ estamos construyendo el espacio de lo complementario” que no quieren decir exactamente NADA son dichas y escuchadas con deleite y admiración. Son palabras-fetiche que indican “inteligencia”. Los radares las detectan y las “resignifican” – otra palabreja de moda- . NO indican nada parecido a la verdad o a la solución de algún problema humano. Son meros guiños que los más inteligentes de todos, los intelectuales, se dedican mutuamente. Pero esos guiños- o mejor, el adiestramiento en el uso de esos guiños- se aprenden en ámbitos muy exclusivos: ciertas cátedras, ciertas publicaciones, ciertos libros. Hay que “pertenecer” a la estirpe de los inteligentes para acceder a esas llaves que abren cofres vacíos.
Yo vengo de ahí. Tuve que sacarme capas de estructuralismo, de marxismo, de sartreanismo, de populismo nacional-popular, de Cátedras nacionales. Algunas estaban adheridas a mi piel, por lo cual fue muy doloroso y angustiante arrancarme esos girones. Pero tuve que hacerlo. Para reconstruir una relación más sana con el mundo, más ingenua si se quiere, menos inteligente, menos pretenciosa, menos omnipotente. Hoy me siento del lado bueno de la realidad, lejos ya de los ecos del rencor disfrazado de fraseología, lejos de los pacíficos militantes de la Revolución, que no dudan en asesinarse alegremente bajo las banderas de la redención social. Lejos de los que beben alborozados de las “venas abiertas de América Latina” y se encargan de mantenerlas siempre abiertas, no vaya a ser que se cierren solas.

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