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martes, junio 15, 2010

Un universo inmóvil

El sistema solar del cual provengo es muy distinto al de ustedes. Este está conformado por el Sol, planetas y lunas, una variedad de la que carecemos, una variedad que está en la raíz de la inteligencia, la reflexión filosófica y científica, los ritos, la religión, las creencias básicas del humanidad. La variedad, el movimiento, los ciclos estacionales, las fases de la Luna, los móviles planetas han constituido el entorno problemático que los hizo humanizarse: “por qué hay invierno y verano?”, “por qué la Luna pasa por fases y vuelve a su estado inicial cada 28 días”, “por qué el sol sale del horizonte cada mañana?”, “por qué hay miles de estrellas fijas y solo una pocas que giran?”. Estos problemas inquietaron al hombre primitivo y lo obligaron a buscar respuestas.
En cambio nosotros…
En nuestro Sistema hay un Sol y un solo planeta, sin satélites. Ummo, el planeta, gira alrededor del Sol mirándolo siempre de una sola cara, exactamente como la Luna gira alrededor de la Tierra, mostrando una sola cara.
No hay estaciones , porque el eje de rotación es perpendicular a la línea que va del Sol a Ummo. Entonces…
Todo es exactamente igual, siempre en Ummo. No hay día y noche, no hay estaciones, no hay Luna que observar, no hay ciclos, fases, cambios. No hay temporada de lluvias, época de siembra o de cosecha, no hay años que festejar.
Lo único que varía es la distancia a los polos: cuanto más lejos del asfixiante Ecuador y de los helados polos, mejor. Solo una franja de unos 2,000 kilómetros en el Norte y de otro tanto en el Sur, es habitable. Hacia el norte y hacia el sur de esas franjas el frío eterno o el calor se hacen letales. Hay también, sí, valles y montañas y esa es la única gran variedad que disponemos: el frío de las cumbres y el apacible calor de los valles.
Cómo es lógico las remotas guerras se han desatado por habitar en la franja habitable Norte o Sur, para huir del desierto calcinado del Ecuador y del frío polar. Y en la franja habitable, para habitar en los valles y no en las cumbres. Como se imaginarán, cada nicho de territorio tiene distinto valor: el más valioso está en los valles de la faja central de cada una de las dos franjas: digamos, el 10% de la tierra habitable. Fuera de esa faja el clima es cada vez más ardiente o cada vez más frío.
Desde tiempo inmemorial – una vez resueltos los pleitos con las Guerras Inmemoriales- cada tribu se arraigó en cada nicho habitable. Las que ocupan la faja mejor habitada- en el Norte y en el Sur- se ha encargado de mantener a raya a los vecinos, mediante fortificaciones.
No hay casi artes: la agricultura es tan simple como monótona: no hay estaciones, en cualquier momento se planta la semilla y en cualquier momento se la cosecha. No hay nociones de matemáticas: no hay estrellas ni lunas ni planetas que obliguen a buscar explicaciones sobre sus movimientos. Solo hay un remoto resplandor de lejanas galaxias: nuestro Sol vaga solo en el espacio intergaláctico, a mil millones de años luz de cualquier otra estrella.
Es triste la vida en Ummo: no hay cambios, no hay mitos, no hay héroes, no hay historia: todo permanece igual desde siempre. La natalidad se compensa con la mortalidad, por lo cual la población no crece. La tribu que domina la mejor región es inatacable por las defensas que ha establecido; las menos dichosas se afanan por sobrevivir contra frío o calor. No hay guerras, no hay traiciones, no hay heroísmos, no hay cultos, no hay dioses, ni diablos, no hay deseo. La vida pasa sin novedades. Las gentes se juntan para procrear hijos, sin mayor ceremonial: no hay noviazgo, ni matrimonio ni funeral, ni cementerios (los muertos se hunden en el profundo mar, con piedras atadas a sus miembros), ni lugares de rezo, ni escuelas. Nada hay para enseñar: ni ciencia, ni agricultura ni arte. Nada hay para contarse. No hay pudor, las mujeres andan semidesnudas. No hay secretos, no hay conspiraciones, tramas, odios, venganzas, no hay genios, ni filósofos ni profetas. Vivir casi no se diferencia de no vivir.
Por eso estoy aquí. No me pregunten cómo llegué. Un azar. Quizás un agujero negro diminuto que me tragó y luego me escupió en la Tierra. No lo sé. Solo sé que no quiero retornar a Ummo: cada día peligroso e impredecible de la Tierra vale por mil vidas en mi planeta inmóvil.

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