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domingo, agosto 15, 2010

Miriam Celaya, como siempre, aguda: Fidel el senil

>Un Túnez caribeño

Sin Evasión


Por unos momentos, mientras miraba atónita a la pantalla de mi televisor, supuse que de alguna parte saldrían unos paramédicos y, camisa de fuerza mediante, sacarían definitivamente al decrépito orate de la escena, tal como ocurrió años atrás con Bourguiva en el lejano Túnez. Era el sábado 7 de agosto último, y me costaba creer que el señor F, en alocución pública y transmitida en vivo, se dirigiera al Parlamento cubano en pleno para (des)hilvanar la mayor avalancha de disparates que jamás hubiese espetado, con total desparpajo y sin que uno solo de los presentes se atreviera siquiera a carraspear. Tras medio siglo de absurda y vívida irrealidad, no acabo de perder la capacidad de sorprenderme.

Confieso que –muy a mi pesar– sentí pena; de esa que llaman “pena ajena”, la que se sufre en presencia de la magnificación del ridículo que hacen otros. Imagino también la incomodidad que sentirían los más lúcidos de aquellos espectadores (diputados, les dicen) al fingir que tomaban en serio los bochornosos desatinos brotados de un cerebro ya demasiado deteriorado. Encima, a muchos de ellos les quedó desvergüenza suficiente para aplaudir, hacer preguntas y hasta adular al orador. Fue la mayor farsa que haya visto jamás. Sin embargo, a pesar de las exageradas muestras de sumisa adhesión (o quizás precisamente por ellas), nunca me pareció F tan solitario y desvalido.

Solo en los primeros minutos el locuaz octogenario se las ingenió para referirse a “los soviéticos” (que “están trabajando” para evitar la conflagración nuclear que se avecina) y a la “Unión Soviética” (que tiene actualmente serios problemas con los incendios forestales), con una convicción de presente como si no hubiesen transcurrido veinte largos años desde el desmerengamiento de aquel engendro socialista llamado URSS. Los desatinos del anciano se sucedían uno tras otro con absoluta impunidad. Así, F incluyó novedades científicas como que “La evolución comenzó hace aproximadamente 4 mil años…”, o que “Hace 18 mil años solo había fuego en la Tierra…” y hasta alguna que otra sabia advertencia: “Ya sabemos que el sol se va a acabar un día…”. Mi ansiedad crecía a medida que transcurría el tiempo y comencé a morderme las uñas, pero no aparecieron los paramédicos con una salvadora camisa de fuerza. Definitivamente, esta vez F no solo era víctima de su proverbial arrogancia… era obvio que algunos sectores de la cúpula tenían particular interés en exponer públicamente este despojo parlante.

No pude resistir la pena y apagué mi televisor, convencida de que este país está enfermo. Desde entonces me embarga una sensación extraña que se mueve entre la vergüenza, la impotencia y el enfado. Por primera vez excuso (a medias) a F por lo que ahora está ocurriendo: él no es más que un anciano que padece de incapacidad mental para discernir críticamente entre la realidad y sus propios desvaríos. Quizás ya no tenga lucidez siquiera para pagar por sus numerosos crímenes. Pero aquella enorme sala estaba repleta de otros culpables; allí estaban el Presidente de este país y el Presidente del Parlamento, allí estaban los más de 300 diputados e invitados de ocasión, todo un hato de estafadores que siguen medrando a la sombra de los beneficios que reciben por sus cargos simbólicos o por sus méritos como participantes activos en el hundimiento de Cuba, mientras la sociedad se sumerge cada vez más en la peor de sus permanentes crisis. Ellos serán también responsables por lo que ocurra en lo adelante.

¿Qué intereses se mueven tras este lamentable teatro y qué estrategia perversa es capaz de apoyar un sainete como el orquestado el sábado 7, aun a riesgo de provocar mayor inestabilidad de la que ya vivimos? Solo ELLOS lo saben, pero sospecho que hoy tenemos más motivos de alarma que de risa. Si los bandos que se disputan el poder en Cuba se dividen entre un engañoso y tardo reformador y un enajenado druida con manías mesiánicas, estamos listos. Entretanto, la Isla se balancea sin timonel y sin mando. ¡Cuánto hubiese dado yo esa mañana de sábado por que, ya que los cubanos no contamos con un verdadero Parlamento, al menos hubiésemos tenido algunos paramédicos tan oportunos y eficientes como los de Túnez!

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