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viernes, febrero 12, 2010

Evolución,un relato de los orígenes

EVOLUCIÓN


Creación
In memoriam Italo Calvino


El centro de la Tierra gira más rápido que la superficie

Un grupo de científicos estadounidenses descubrió que el centro de la Tierra gira más rápido que sus capas superiores.

"Lo que estamos diciendo es que el núcleo central rota ligeramente con más rapidez. En otras palabras, cada día rota un poco más que la corteza y el manto terrestre”.

Este fenómeno, llamado "súper rotación" es de entre 0,3 y 0,5 grados cada año. Lo que significa que, en 900 años, el centro de la tierra habrá completado una rotación más que el resto del planeta.


En efecto, yo estuve ahí. Recuerdo que tuvimos algunas discusiones con wertqx2 y el mismísimo dios Terruno (en aquellos años primigenios era bastante común cruzarte con el dios local y charlar sobre planes futuros. Yo mismo, recuerdo, le sugerí que sería bueno ver brillar algo de noche, para no extrañar tanto al sol. Luna, la llamó)

El asunto fue que con mi amigo wertqx2 – un gas inerte- mientras nos observaba la proto molécula orgánica HOC5O4 (Jé, cuantos recuerdos...) apostamos a quién llegaría antes al centro del planeta. Mi amigo insistía en que el centro sería un plasma entre líquido y sólido, lleno de áreas de paso, fácilmente franqueable. Yo, por el contrario, aducía que podríamos llegar hasta cierto punto, pero que la materia se volvería tan dura y comprimida que sería imposible seguir avanzando. Ahí fue cuando consultamos con Terruno, requeteocupado , juntando material para crear la Luna . Casi no nos atendió. Lo que recuerdo es que dijo con una enigmática sonrisa: cuando lleguen verán algo muy especial.
No le pudimos sacar ni una sola palabra más. Ni HOC5O4, esa seductora protomolécula pudo ablandar al dios local. (Guau, que linda era...)
Así que, acicateados por la duda y con el afán extraño de descubrir- justo en un momento en que más que descubrir lo existente era más tentador adivinar lo porvenir; por ejemplo cómo sería esa bendita Luna, qué órbita recorrería, etc.- digo que mientras la mayoría de nuestra gente (átomos sueltos, premoléculas, algún neutrino y los inefables rayos gamma) escudriñaba las novedades del cielo (parece que había una competencia entre dios Terruno y el dios Martuno por ver quien hacía el planeta más elegante) nosotros queríamos sumergirnos en la profundidad, no se sabe bien para qué.
Tenía una sospecha. Y HOC5O4 tenía que ver con esa sospecha. No eran celos, exactamente (sentimiento complejo que un átomo seguramente no puede tener) pero teníamos un deseo insistente, irreprimible, de hacer algo realmente original y recibir de parte de HOC5O4 una mirada alentadora, una sonrisa solo dirigida a mi (o a wertqx2, depende).

Un buen día (en aquellos tiempos cada día duraba tres meses de los de ahora, creo que porque el eje de rotación del planeta no estaba aún en la posición que finalmente – tras las muchas vacilaciones de nuestro hamletiano dios local- iba a tener, mil millones de años después), un buen día nos decidimos; y cada uno por su lado , nos metimos en el magma hirviente en busca del Centro mismo del mundo.
No voy a aburrir con detalles. Penetrábamos rápido : nada nos quemaba, nada disolvía nuestra estrecha unidad Proton-Neutron- Electrón , ninguna fuerza normal podría hacerlo (al menos hasta 1945), nada nos impedía por lo tanto sumergirnos cada vez más en la entraña de la Tierra.

Ver, no veíamos nada: ni siquiera nos hacíamos esa pregunta. Nuestros sentidos no eran los de ahora. Nosotros sentíamos a través de las vibraciones, que venían a ser una fuente maravillosa de información.

Atravesamos mares de hierro líquido, cascadas que fluían hacia el centro, contrapuestas a chorros de alta presión que emergían desde abajo con fuerza inusitada. Todo bullía, tal cual como una sopa en el caldero: los trozos de calabaza emergen de pronto, desplazando a la batata y siendo desplazados a su vez por el repollo. Para evitar ese circuito tratábamos de aferrarnos a las cascadas de lava que caían y saltar en cuanto la contracorriente nos tiraba para arriba.

Así llegamos.

No les voy a mentir: me emocioné. Una esfera inmensa, oscura, sólida rotando inmersa en otra enormemente mayor, líquida, casi transparente. Esa era la maravilla que Terruno, alabado sea su nombre, nos tenía reservada. Solo nosotros dos, mi buen amigo y competidor wertqx2 y, yo, un servidor: qwerty, tuvimos el privilegio de ser testigos de esa osadía. Lágrimas no podían derramar mis no-ojos (en aquella época abundaban los prefijos negativos: por ejemplo decíamos: tenemos una No-luna muy linda; espero que esa No-pantera no me ataque Pocas cosas existían y pocas tenían nombre asignado), pero ambos nos no-miramos en silencio, conmovidos.

Entonces, algo tiró de mí y me vi arrastrado hacia esa masa dura: crucé la frontera entre ambas esferas, atravesé varias dimensiones, hice un salto epistemológico (así lo llamaría Althusser cinco mil millones de años despues) y comprendí la esencia del mundo que había creado Terruno.

Esa esfera se movía sutilmente más rápido que la mayor. Y yo me alejaba segundo a segundo un poco más de mi amigo. Noté, sin embargo, que wertqx2 no hacía ningún gesto para rescatarme. En cambio, vi una leve sonrisa en sus moléculas frontales y supe que me dejaría allí, solo y a la deriva, mientras él subiría ansioso, para quedarse con HOC5O4 como premio.

900 años tardé en volver. Un giro completo del núcleo.

Subí rápido, en un chorro de Níquel y aparecí en la superficie de la Tierra, exactamente en el punto en el que un milenio atrás me había sumergido en lo profundo.

Todo estaba cambiado. En esa brizna de tiempo que es un milenio, un leve estornudo de la eternidad, las cosas estaban realmente cambiadas.

Por empezar, en el cielo brillaba la Luna, una Luna apta para cantarle serenatas, blanca, iluminando la triste noche, haciéndola menos negra y borrosa. Sol y Luna.Ying y Yang

Mis amigos wertqx2 y HOC5O4 habían conformado una no-pareja, (un potencial Ying y Yang) que con el tiempo quizás fructificaría en nuevas formas de existencia, blandas, gelatinosas, con la rara capacidad para replicarse y lograr así la eternidad de la descendencia.

Terruno era ya inencontrable. Sus fuerzas parecían haberse agotado después de crear la Luna y enterarse que Martuno -siempre excesivo- había creado dos lunas en Marte. Eso lo deprimió y juró vengarse de algún modo. Tierra y Marte. Ying y Yang

A quién se le ocurre crear una maravilla y enterrarla en el lugar más inaccesible del planeta. Solo yo pude apreciarla. Pero sé, también, que siempre habrá quienes la busquen fuera: en los cielos, en las estrellas, en dioses estridentes y pomposos, sin saber que ella está ahí adentro. En lo más básico de Todo, hay un núcleo que gira y sostiene al resto. Núcleo y periferia. Ying y Yang.

Cuando saludé a mis amigos, sin rencor, supe lo que significa volver a casa. Y no dejé de apreciar en HOC5O4 una emoción especial, un ardor en su forma de no-mirarme con sus no-ojos. Sabía que me había comprado un problema, y que tardaría un par de miles de millones de años en resolverlo: yo quería ser el papá de la primera célula de vida de la Tierra. Y mantener a wertqx2 como amigo: Ying y Yang.

Y así sería para siempre. Nada volvería a ser único y simple. Yo sabía que Él había creado un mundo doble y complejo, a su imagen y semejanza


Singularidad


I

Cuando al fin nació, el Universo entero supo que era una Singularidad. Le recordaba, a cada átomo, ese glorioso instante en que todo existió simultáneamente (aunque esa no es la expresión adecuada ya que el tiempo aun no existía). En fin, les recordaba ese día único cuando todo tomó forma, cuando al fin el espacio nació, se expandieron los primeros átomos, brillaron encendidas las partículas, nació la luz, el sonido, la distancia, la forma, la energía, los futuros dioses y- nadie los sospecharía aun- la autoconciencia y el dolor.

Eso aún requirió muchas eras, en las que lo indiferenciado fue dando lugar a lo heterogéneo, pequeñas discontinuidades, fuerzas que se acumulaban más en un punto que en otro, obligando a las partículas cercanas a detener un tanto su expansión y, quizás contra su voluntad, empezar a adaptar su ritmo al de la singularidad naciente, esas proto galaxias, o proto estrellas, esos agrupamientos de fuerzas que convocaban como en clarines a cerrar filas.

II

En algunos de esos grumos de materia se cocían estrellas y planetas. Y en algunos de ellos, quizás solo en uno, especial, único, se cocía otra cosa.

Algo muy Singular: un trozo de materia con comportamiento… elemental, todo lo que se quiera , del tipo: frio –no, calor –sí. Partículas agrupadas en combinaciones complicadas, donde reinaba el Carbono. Y bullía algo más. Todo el Universo lo sabía, de algún modo.

En alguna charca cálida, en algún momento, el experimento daría resultado: tanto crear comportamientos sin poder traspasarlos a otras moléculas era descorazonador. Las moléculas de carbono ensayaban movimientos distintos, sentían amor y repulsiones (sí a la luz, no a la oscuridad) pero eran incapaces de compartir esas experiencias, traspasarlas, comunicarlas a pares, a conformaciones similares de átomos.

III

Alguna vez , entonces, en el seno de una de esas protovidas algo comenzó a acumular información, con intención de que otra cosa la leyera y actuara como su par. ¿Y qué otra cosa mejor que una parte de si misma? ¿Qué cosa más cercana mí, que yo? habrá intuido Mamá Célula hace cinco mil millones de años.

Entonces, como sucede en las grandes ideas, todo fue simple, bello e iluminador. Se trataba de duplicar la información, creando una doble linea de código, una larga espiral doble para poder replicar en un momento, duplicandoME, pariendoME en dos (Madre>>>Hija), naciendo en el mismo momento, dividiéndose entre YO-TU, una Singularidad enorme, casi tan estruendosa y bella como ese día inicial del Big Bang.

IV

¿Sucedió unicamente aquí, a unos cientos de kilómetros de tu casa? ¿O en aquella lejanía que ni imaginamos? Cuesta pensar que fue acá , en el barrio. Tanto estruendo, tanto Big Bang, tanto Dios, para que , digamos, aca nomás, cerca del Ecuador o en el Pelourinho da Bahia , una molécula extraña con Carbono, Oxigeno y Hidrogeno se partiera en dos, se pariera en dos, se replicara, se duplicara y el Universo- ese portento- creara al fin a su relator, a su testigo, su dolor y su nostalgia.



Nacer

Mi hipótesis es que la tarea original de la conciencia fue anticipar el éxito y el fracaso en la resolución de problemas y señalar al organismo en la forma de placer y dolor si éste encontraba la senda correcta o equivocada para la solución del problema.

Karl Popper, “El conocimiento y la configuración de la realidad”



Al principio todo era sombra. Solo se sentía vivo el tacto, la sensibilidad al frio o al calor. Había también alguna noción de lo mojado y lo seco. Con lo mojado tendíamos a abrir nuestras duras conchas para que entraran briznas de alimento: pedazos ínfimos de carnes muertas, algunas pequeñas gotas orgánicas. De eso nos alimentábamos, sin ojos para ver la luz y el cielo y el sol. Solo una viscosa carne entre las dos tapas duras, que servía para aferrarnos a la roca, a esperar el golpe de ola que nos traía el alimento. En esa vida, parecida a la de una tumba, sin movimientos, esperando simplemente con la boca abierta la llegada de materia, nada había para cambiar, nada estaba mal. Pero nada estaba bien.

Algunos de nosotros sentíamos esa carencia. el vacío. Pero podíamos hacer poco. Yo, a veces lo intentaba. Moverme. Despegarme de la roca. Lo fui logrando de a poco. Al menos eso me permitía en las peores horas del mediodía, cuando bajaba la marea y el sol calentaba, moverme hacia lo húmedo y fresco, escapar de lo seco y caliente. Tardé muchos siglos en lograr algo parecido a unas piernas o brazos y lograr moverme.

Muchos milenios más necesité para darme cuenta de que sería bueno saber qué hay unos centímetros más allá: si un animal listo para devorarme, o una sombra deseable, o un charquito lleno de pequeños bichos. Anticipar algo el futuro, y poder así tomar alguna decisión de dónde dirigirme.

Al principio no sabía cómo. Notaba que diferenciaba día y noche, no solo por la caricia del sol y el frío de su ausencia. Al fin pude expresarlo, imaginarlo: el día resplandecía, era claro, luminoso. Roté, giré hasta que al fin pude determinar qué parte mi cuerpo era más sensible a ese resplandor.

Cuando me sentí capaz abrí un canal y esa parte de mi cuerpo pudo al fin, por primera vez, mirar.

Me cegó la luz directa del sol, aprendí a escapar de ella, aprendí a ver qué hay allá: un peligro o una paz, sombra, luz o alimento.

Así fue que aprendí a aprender. Lo básico: sombras y luces, la silueta de algún animal al acecho, donde encontrar comida, y donde amor. Supe que más que esperar que las esporas de vida se juntaran al azar de las corrientes, era mejor acercarse al otro e intercambiar nuestros jugos para crear nueva vida. Sobre todo, más excitante. Habíamos empezado a ejecutar un juego, cada vez a que llegaba el momento. Porque gracias a los ojos podíamos diferenciar a los individuos. Y podíamos así elegir. Nos mostrábamos, entonces. Algunos empezaban a colorear sus pieles, a mostrar brillos inesperados en picos y uñas. Nos elegíamos así por grandes, o por bellos, o por originales, o por los colores, o por las formas de penachos, picos, colas, alas o patas.

En algún momento supimos que podíamos volar, mudar de lugar, escaparnos del frio o la seca, buscar el lugar más seguro para parir y criar, el mejor para encontrar agua o alimento.

Llenamos el bosque de gritos, alcanzamos llanuras, conocimos otros peligros y otras costas, otros peces para comer, otros gatos para temer.

Nos equivocábamos. Algunos de nosotros morían inclementemente por haber errado en su diseño: achicharrados de calor, o presa de animales más fuertes, o fundidos por cambios climáticos sorpresivos. Había mucho de mala o buena suerte. Y mucho de malos o buenos diseños.

Gozábamos. Cada cacería bien terminada, cada acercamiento con otro, cada amistad, cada amor nos volvían inmensamente felices, como puede serlo un conejo, un águila o el tiburón. Algunos amaban ir en grupo, otros eran solitarios, algunos valientes, otros pequeños y asustadizos.

Cambiábamos. A veces un cataclismo mataba a casi todos y solo sobrevivían los asustadizos y pequeños. A veces todo era favorable para crecer hasta el cielo, ser enormes masas de músculo y garras, dueños de todo el bosque. Otras convenía ser pequeños y muy veloces.

Últimamente, los más inteligentes , refugiados en inaccesibles árboles de la jungla desarrollábamos estrategias de caza en grupo, con jefes y lugartenientes. Y alguna forma elemental de comunicar ordenes o avisar peligros. Nos llamamos “monos”.





Piteca


Al principio los monos del grupo de Piteca, y ella misma, se peleaban a toda hora. Las hembras tenían muy pocos hijos- uno cada cinco años-, nadie se preocupaba por darle de comer a la madre mientras criaba al niño -sobre todo en los peligrosos meses iniciales- y la pobre se las tenía que arreglar sola. Por eso las mamás cargaban todo el día a la cría, mientras buscaban qué comer. Para eso le servían los largos pelos, en los que el bebé se enroscaba, aferrado a la mamá desesperadamente. Es que subían a los árboles y desde ahí, una caída es el fin.

El problema era que con tan pocos hijos, el grupo casi no crecía: eran demasiado pocos, rodeados de enemigos más tontos que ellos, pero más numerosos. La muerte de un niño era una tragedia que ponía en riesgo la existencia misma de la especie.

Otro problema que teníamos es que cuando una hembra se ponía en celo- o sea estaba lista para recibir a un macho y así quedar embarazada- las peleas entre los machos eran terribles. Todos querían ser el primero en acercarse a la hembra en celo. Y así no hay grupo que aguante.

Una solución que algunos grupos adoptaban era que todas las hembras fueran de un único macho, El Macho Dominante. Papito. El tipo normalmente era el más grande, el más alto, el más fuerte, el más fiero. En algún momento de su vida había desafiado al Macho Dominante anterior y lo había vencido. Ahora era él quien disfrutaba, con todas las hembras a su disposición. El problema es que los que se quedaban fuera del harén se volvían locos, lo provocaban, lo buscaban, hasta que el tipo abandonaba por cansancio, permanentemente retado a duelo por los más jóvenes y agresivos. Tiranía y resistencia a la opresión

Otros grupos no tenían macho dominante: eran todos contra todos, a lo que salga. Anarquía total.

En suma, los machos se entretenían peleando, y nadie atendía a las hembras, ni les buscaba comida, el grupo no crecía, los alimentos empezaban a escasear, los rondaban tigres y leones; las cosas se ponían cada vez peor.

Una noche, Piteca tuvo un sueño: unas imágenes que se le empezaron a conformar en su cabeza, como una visión del futuro. Ella, de pie -no como ahora, arrastrando los nudillos, mal caminando en cuatro patas-. De pie, caminando en sus dos patas traseras, cargando a su bebé con un brazo, mientras que con el otro se dedicaba a recoger frutos, tallos, raíces jugosas, hojas frescas.

Despertó con un deseo único, fuerte, dominante: tenía que lograr ponerse de pie, caminar en dos patas, erguida, vertical, dominando el horizonte, mirando a los machos desde el poder de la maternidad, eligiendo al más amable: uno que se dedicara a traerle comida - pequeñas ardillas, insectos húmedos, crocantes. Así podría alimentarse mejor, producir leche más nutritiva, fortalecer al bebé desde el primer día.

Pero para eso tenía que lograr tener un hombre a su entera disposición, dedicado a ella. No buscando desesperado donde depositar su esperma, siempre listo ante cualquier hembra en celo. No señor. Para eso había que inventar algo inaudito: lograr estar SIEMPRE en celo a fin de retener a SU hombre.

Un millón de años le costó a Piteca lograr el objetivo: tuvo que aprender a caminar en dos patas; desarrollar los senos y otros atributos de reclamo sexual para su pareja; parir y criar a un chico cada dos años; mejorar la alimentación; aumentar la masa corporal y el tamaño del cerebro, (eso aumenta el tamaño de la cabeza de los fetos, lo cual acelera el nacimiento -porque si no, no pasa-, lo cual obliga a parir criaturas cada vez menos completas, más débiles, lo cual obliga a mayores cuidados maternos, lo cual..) aprender técnicas de recolección y caza cada vez más elaboradas; producir herramientas, ropas y utensilios; elaborar normas grupales de educación, trabajo, crianza, defensa, herencia, etc.; establecer rituales de identificación grupal; mejorar la comunicación oral; expresar sentimientos a través del arte; comenzar a creer en fuerzas poderosas- dioses y demonios-; enterrar a los muertos; temer a la muerte; tener angustia. Ser humano.

Ahora los machos no se pelean por las hembras, cada pareja conforma familias duraderas, las hembras comparten tareas y se ayudan, los machos salen a cazar. Está todo bien.

Lástima que cada tanto un joven entrometido intenta seducir a la esposa de un macho adulto, o roba una joya para regalar a su novia, o discute una decisión de los ancianos. Es apresado y, a veces, asesinado a golpes. Su cuerpo se pudre a la vista de todos, sus hermanos juran venganza, secuestran y asesinan al macho ofendido, o a la hembra que denunció al joven; o sucede que un padre expulsa a su hijo del hogar, o una madre seduce a alguien inconveniente, o tribus ajenas los atacan una noche para robarles las provisiones, o un jefe abusa de su poder.

Se inventa la historia y los que la narran: los homeros, cervantes y balzacs de cada siglo, que cuentan las historias que pueblan las noches y nos asombran. Todo porque a Piteca se le ocurrió una extraña idea, allá lejos y hace tiempo.


Australopitecus

A principios del año 3.457.391 desde el Descenso del Arbol, fui enviado por “Novedades Afarenses” (típico semanario oral de provincias, que mi amiga Lucy dirige desde hace medio siglo) a cubrir una noticia que ella con su viejo olfato de editora, intuyó de una importancia central en la historia nuestra de la creación del Hombre. Porque, no sé si ustedes lo saben, estábamos empeñados en crear al Homo Sapiens.

Hacía al menos un millón de años un grupo de precursores se juramentó: “antes de llegar a los 3.500.000 años desde que bajamos de los árboles, un nuevo ser: alto, espléndidamente bípedo, con caja craneana de 1000 cc, verá la luz en las sabanas africanas. Y será el nacimiento de la Era del Hombre. Nosotros: homínidos de Afar, de Tanzania y de Sudafrica nos comprometemos a comenzar ya mismo el proceso de selección de los mejores, a fin de alcanzar la meta soñada: la que nos permitirá dominar el mundo en poco menos de cien mil años, de la mano del Homo Sapiens”.

El asunto es que Lucy, enterada de los tejes y manejes de los sudafricanos – los australopitecus- , decidió enviarme a mi- su Redactor en jefe- a fin de investigar una extraña historia sobre homínidos acuáticos que, al parecer estarían generando una variante prehumana muy interesante: superficies de piel tersa (¡sin pelos!), capacidad bipedista bien desarrollada para poder caminar con el agua a las rodillas, etcétera. Se trataba de que yo averigüe bien de que se componía ese “etcétera”.

Estába claro que el primero de los tres grupos que consiguiera crear el protohomínido más sustentable, pasaría al gran libro de la Prehistoria, con el Título de “los Fundadores, o los Creadores, o los Padres de la Humanidad”, y nadie quiere ser desplazado de esa carrera. Lo que comenzó como un progresista empeño científico humanista (crear al Hombre) se fue convirtiendo en una comedia de enredos, con zancadillas, conspiraciones, robo de secretos, espías, etcétera. Campo propio para que un periodista como yo , especializado en escándalos políticos, descubriera como se cocían las habas.

Porque hay que contar que en cada zona se planearon muchos intentos de selección de los más aptos. A veces se ponía de moda seleccionar los machos más fuertes: 50 mil años obligando a estos a procrear cuantos hijos pudieran y prohibiendo contacto sexual a los otros. Esto generaba tremendas broncas que a veces llegaban al amotinamiento y asesinato. Por eso los “fundadores” se organizaban en sociedades secretas, a fin de regular la vida de los homínidos comunes, sin ser víctimas de sus odios (justificados , por otra parte).

Otras veces, se prefería a los ágiles, gráciles y más bien delgados. Entonces: ostracismo para el resto de los machos, que rumiaban su bronca y armaban enormes peleas para matar el tiempo.

Las modas mandaban, determinaban vidas o muertes, éxitos reproductivos o vidas olvidadas de toda alegría familiar. Nunca se llegó a extender la moda de la eliminación física completa de las poblaciones postergadas, por el costo de organizar maquinarias de muerte (incluyendo campos donde concentrar a las víctimas, guardias para vigilarlas, comida para alimentarlas, mientras se las mataba sin que se dieran cuenta, lo cual obligaba a ocultamientos, construcciones de túneles secretos, etcétera). Lo sé porque investigué largamente el caso de Tanzania , donde hacia el 3.245.000 un cruel consejo de Fundadores decretó muerte en la hoguera a los menores de ochenta centímetros (ley que condenaba a uno de cada tres machos tanzaneses). Eso fue tremendo. A partir de ese episodio, un Macroconsejo de Fundadores - reunido en Simposio Interétnico- acordó prohibir a eliminación sistemática de “Poblaciones No - favorecidas” (como se las denominó allí) aunque admitió, bajo circunstancias especiales, la posibilidad de ejercer restricciones y controles sobre dichas poblaciones.

Los menores de ochenta centímetros nunca pudieron recomponerse totalmente. Durante mucho tiempo siguieron desconfiando y por más que se los tratara con cierta dulzura y conmiseración, sospechaban que en cualquier momento se reflotarían viejos odios y la orden de eliminación podía emitirse implacable.

Lucy sospechaba que los sudafricanos estaban generando esa nueva población pre-humana a fuerza de un estrictísimo sistema de castas y tenía fundadas sospechas de que se estaba ejerciendo el “derecho de selección forzada”, lo que en los hechos significaba Campos de Exterminio, aunque se alegara la necesidad de ejercer “ restricciones y controles sobre Poblaciones No- Favorecidas, bajo la Carta del Simposio de Fundadores “.

Fui a Sudafica, a entrevistarme primero con un funcionario del Consejo , y después a una misión secreta: llegar a un contacto que me guiaría hasta un testigo, una víctima del sistema sudafricano de selección.

Cuando pregunté al funcionario autralopitecus, Jonessi Burguensis, qué había de cierto en los rumores de que estaban eliminando a miles de personas bajo la acusación de ser “temerosos al agua” me contestó lo siguiente:

- Mire Afari, nuestro territorio es respetuoso de la Carta del Simposio de Prohibición de Eliminación Física de Poblaciones No- Favorecidas. Y asimismo, necesitamos fortalecer nuestro propio programa de mejoramiento de la especie, en vistas a cumplir las Metas mundiales , por todos compartidas, de llegar al 3.500.000 con el Homo Sapiens hecho una realidad viva y no solo un sueño de nuestros Fundadores. Sudáfrica reconoce y acata el orden internacional pero sostiene con dignidad su derecho al camino propio, la Vía Sudafricana al Homo Sapiens. Esto incluye un audaz proyecto de colonización marítima y nadie nos puede negar el derecho de promover el Amor al Mar, los ejercicios de Natación y submarinismo y todo tipo de actividad acuática.

- No, claro, pero se dice por ahí que a todas las poblaciones montañesas, que no han visto el mar en su vida, las están obligando a tirarse a las olas: las que sobreviven son bien tratadas, pero, según parece miles mueren por día en las playas sudafricanas.

- Nosotros no podemos impedir que ignorantes montañeses emigren a nuestras bellas y desarrolladas costas, y se empeñen en disfrutar del agua sin saber nadar. Usted sabe lo brutos que son.

-Pero no me va a negar que esto favorece los planes de selección que impulsa el Consejo de Fundadores Sudafrenses...

- Reitero nuestro inquebrantable apego a las resoluciones del Simposio, al espíritu de confraternidad que nos hermana, pero asimismo a la tajante defensa de nuestra soberanía. En este sentido, lamento comunicarle que se le ha revocado la visa de periodista y tiene media hora para abandonar nuestro sagrado territorio.

“En esta primera crónica, - escribí entonces- llega mi relato a este punto: Me están por echar de Sudáfrica y estoy por contactarme con el fugitivo, el cual me relatará los métodos sudafricanos de eliminación de poblaciones No- favorecidas, alegando el articulo 4 de la Carta del Simposio de Prohibición de Eliminación Física de Poblaciones No- Favorecidas. Espero ansioso la segunda crónica, que no se cuando podré hacerla. ¿Cómo podré escapar de la orden de deportación?”

No pude. En cambio, me descubrieron intentando hablar con el testigo y estuvieron a punto de mostrarme sus métodos de inmersión forzada en el mar. Por suerte, Lucy apareció en el momento justo, con un Salvoconducto del Consejo de Fundadores y me rescató del chapuzón mortal. No sé nadar.

Me liberaron con la condición de no publicar más notas sobre Sudáfrica, cosa que Lucy se comprometió a cumplir.

Lo que nunca supo ella es que escribí esta crónica y lo pasé clandestinamente de mano en mano. Así el mundo supo del crimen sudafricano y pudo, décadas después obligarlo a desistir de esa política.




Guerra

El mundo se dividió, en algun momento, entre siesteros y noctámbulos, entre tradicionales madrugadores que tienen que recuperarse de una a cinco, y gente que compacta más el día, levantándole más tarde, saltándose la siesta y yendo a dormir a la una o dos de la madrugada. Son casi dos etnias distintas, dos subespecies enfrentadas, creo, al punto que hubo una guerra, antes siquiera de la escritura, por eso no hay crónicas de ella, salvo la que ensayaré ahora, a modo de reconstrucción de memoria.

La batalla típica que ganaban los noctámbulos empezaba a las tres de la tarde. A esa hora fatídica para los siesteros, el cuerpo es una pesada bolsa que se encoge sobre sí misma, se aplasta al suelo, al colchón, a la cama de paja o de lo que fuera, se extiende horizontal en busca del silencio. Si es verano, es aun más neto el efecto y fuerte el deseo. El cuerpo se estira gozoso, casi en un orgasmo. Cada músculo exhala como un pequeño placer, segrega como una cosquilla que se suma a cientos de cosquillas exhaladas desde otros músculos. Ese río interno va creciendo, llega a la boca y el bostezo final libera esos mínimos y placenteros aires, los ojos se cierran liberando lágrimas de satisfacción y ahí el siestero conoce la gloria.

En ese momento un alarido de alarma conmueve el campamento y decenas de activos noctámbulos, en el cenit de su movilidad, se abaten sobre los catatónicos cuerpos entumecidos del placer de la siesta, con resultados habitualmente demoledores. Toda batalla jugada a las tres de la tarde se convertía en una derrota segura de los siesteros.

Estos se vengaban inundando de flechas el campamento enemigo a las cinco de la madrugada.

En este equilibrio de ataques diurnos y nocturnos la naciente humanidad iba desangrándose y condenándose a la pronta extinción. De seguir las cosas así, en pocos siglos, digamos hacia el 50 mil A de C no hubiera quedado humano vivo en la faz de la Tierra y ni yo ni ustedes escribiríamos o leeríamos acerca de esa inicial batalla de la Humanidad.

Hoy día se conoce que fueron los Neandertalenses los siesteros que perdieron la inicial guerra de exterminio, esa limpieza étnica implacable. Los hábiles Homo Sapiens sapiens, noctámbulos, los vencieron, en un largo verano que obligaba a los retozones neandertalenses a extender horas y horas su descanso. Parece que eso ocurrió en el año 49789 antes de la venida de Nuestro Señor.

Desde aquella fecha, se hizo evidente que los trabajos de la humanidad estarían a cargo de una nueva raza que podía al mismo tiempo madrugar y ser noctámbula, y sobrepasar las horas muertas de la tarde sin caer en la tentación de la cama. Pocos lo lograban de manera consistente o permanente. La mayoría, gente débil al fin, caía en tentación de siesta. Los más voluntariosos emigraron hacia el Norte, allí donde el sol del mediodía casi no calienta y la cama no nos llama, y ejercieron durante milenios el duro arte de eludir la tentación de la siesta. Se preparaban durante toda la vida para resistir esa y cualquier otra de las tentaciones, con el recuerdo siempre fresco de los peligros de la siesta: los aullidos que las viejas decían recordar, los ecos de la masacre permanente que se cometía a las tres de la tarde, la antigua guerra perdida de los neandertales.

Hoy, es claro, esa subespecie domina, maquinando planes mientras el resto duerme: firma leyes y decretos entre los bostezos de la mayoría y se asegura siempre la mejor porción del pastel por medio de la sabia administración de sus horas de sueño. Esa gente no está nunca cansada, siempre sabe exactamente qué hacer en cada circunstancia, no tiene la duda como fantasma, no se queja del frío, ni del hambre, no tiene cansancio, no se sabe cando desahoga su vejiga, aguanta doce horas seguidas en banquetes oficiales, siempre tiene tema de conversación con la comensal que le toca al lado - quizás la tía del Subsecretario Interino, a quien apenas conoce- y mira con frío desprecio a la gente que comenta alguna debilidad, que menta algún deseo, que añora algo en la vida.

Hay que destruir el neandertal que llevamos adentro, gritan (es un decir: simplemente lo sugieren de hecho, no es gente de andar a los gritos).

Y así, desde siempre, nos hemos dedicado a eliminar ese salvaje interno, perezoso, amante de la siesta y de los placeres de la tarde tranquila, esas bestias sedientas de cama que nos incomodan con sus deseos, con su piel siempre dispuesta al placer, con sus apetitos despiertos, tan poco proclives al sacrificio, a la templanza, al trabajo duro. A veces, quizás con demasiada frecuencia, creemos detectar que cierto grupo humano es una reencarnación del neandertal exterminado, una amenazante rediviva de aquellos pre-hombres. Los matamos, los limpiamos, los holocaustamos en rápidas y feroces blitzkriegs, no vaya a ser que el monstruo de la tentación nos gane la partida y seamos presa fácil, a las tres de la tarde, de cualquier homo sapiens sapiens al acecho.


Cosmología de aldea


Ahora soy el tonto de la aldea, o de la tribu, para ser más preciso. El brujo Awaca dice que no valgo para nada, solo para molestarlo con preguntas raras, y las más extrañas teorías.

Como soy tonto, nadie me ha enseñado nada: ni cazar, ni recolectar frutos , ni cocinar , moler mandioca o hervir mazorcas, ni hacer cestos ni mucho menos, a construir casas o reducir las cabezas de nuestros enemigos, los malditos Gaguguros, que viven del otro lado del Gran Agua Mississipia. Nadie pierde el tempo conmigo.

Así que no hago nada: solo pienso. Miro el mundo y pienso.

Y le hago preguntas al viejo Awaca, que pese a poner cara de fastidio, me tiene cariño a su manera, brusca.

-Jefe, le pregunto, usted dice que el mundo siempre existió no?

-Si, Wacato

-Y que los dioses crearon la serpiente, la hicieron copular con la tierra y de allí nacieron los cangrejos .Y que un cangrejo copuló con la diosa Atwacaca y de ahí salio el primer Hombre Valiente, no?

-Si

- Y que la Luna y el Sol son hijos de la Madre Tierra

-Si

-Mire esto.

Agarré un guijarro, lo arrojé a la quieta laguna y entonces hubo una agitación en el centro del agua y de ese centro emergieron círculos perfectos que se alejaban sin deshacerse, cada vez más hasta casi desaparecer en la grandura.

-Y?

-Eso fue lo que pasó, pienso; un enorme dedo como la piedra que arrojé, quebró una vez la tensa película invisible del Espacio, que era como el agua quieta de la laguna y allí nació el Universo: se hizo visible, se desgarró la tela tensa que existía, que esperaba solo la ocasión para explotar en un Gran Ruido. Eso es el Universo: las ondas circulares que se alejan de la explosion inicial; y en una de las casi infinitas gotas estamos nosotros, El Mundo y los Hombres Valientes.

-Estás mas tonto que de costumbre, Wacato. Además, en la laguna ya no se mueve nada

-Es que no entiende las escala viejo- con todo respeto-: en el cosmos esto sigue ocurriendo desde hace incontables lunas; estamos viajando por el espacio, desde hace millones de millones de lunas.

- Ve a hacer tu penitencia y que no se hable más por hoy

Me quedé con ganas de exponerle otras teorías raras de mi cabeza, a saber

Uno, que es tonto suponer que la Tierra parió al Sol y que éste gira alrededor nuestro. Me parece que es al revés: el que tiene la luz tiene el poder; el Sol es el que manda aquí, es evidente. Ni nuestra Madre Tierra ni la Luna, son fuentes de luz y calor: son hijas del Padre Sol. Giran, imagino, a su alrededor como pollitos a su Gallina.

Dos, somos hermanos de la Luna (que no es un plato llano sino que -se nota por las sombras-, es como un durazno, redondo) Por lo tanto, nuestro mundo no es plano como piel de Búfalo, tal como lo dibuja Awaca, sino pleno como la Hermana Luna. Creo que puede ser recorrido para todas partes y que, seguro, hay mucha más tierra más allá del Gran Agua Salada donde desemboca el Gran Agua Dulce.

Nadie vio qué hay más atrás de las Montañas Madres del Agua Dulce pero imagino que habrá un Agua Salada grande y Pacífica. Si no nos preparamos, creo que es posible que algún día llegue a esta llanura gente distinta proveniente vaya a saber de qué tierras, y estemos en problemas.

Tres, que de ninguna manera los Hombres Valientes descienden de los cangrejos, sino que, supongo, todas las formas animales y las plantas, los infinitos insectos, búfalos, cerdos o tapires provienen de un pequeño Núcleo Originario. Así como el Universo proviene de un Gran Ruido primero, la vida proviene de una pequeña gota de gelatina o de grasa, un Pequeño Huevo inicial.

Y creo que algunos animales muy grandes- de los que a veces recogemos huesos- han desaparecido ya. Habrán habido muchos animales desconocidos, seguro, antes que los Hombres Valientes llegaran al Mundo. No fuimos los primeros.

Tengo más teorías (sobre cómo exactamente unas especies cambian a otras, a largo de los añares; de cómo fundir hierro para fabricar lanzas; de cómo calentar agua y usar ese vapor para mover cosas fundidas en hierro, redondas como lunas; de cómo calcular bien las superficies de los terrenos para evitar problemas en las herencias; y de cómo hacer para curar algunas enfermedades que nos diezman, entre otras)

Pero, por ahora me las guardo en mi tonta cabeza o, mejor, las escribo en estos pergaminos que escondo en la Piedra. Quizás algún día tengan importancia.

(Dicen las leyendas que un Pergamino fue hallado por un vikingo de los de Eric el Rojo, quien lo vendió a un anticuario inglés en 1254. Fue hallado en Génova hacia 1480, y vuelto a perder. Galileo, dicen , guardaba copia de él; y Newton; y Darwin; y Marx, y Freud; y , cuándo no, Leonardo Da Vinci. )




El origen de las especias


En 1423 el naturalista friso Bartlomew Kreins demostró que la única posibilidad de explicar semejanzas y diferencias entre el clavo de olor y la canela era considerando a ambas como subespecias de una especia originaria, de la cual provienen todas las demás. Esta especia originaria debería tener en potencia todas las características que las especias hijas desarrollarían más adelante. Ser, al mismo tiempo, dulce, agria, fragante, salada, amarga, ácida, etc.

La especia originaria debería ser oriunda de un rincón del Mundo que reuniera todas las características posibles: ser llano y montañoso, seco, cálido, húmedo, frío, ventoso y calmo.

Entusiasmado por sus descubrimientos, pasó el resto de sus días buscando ese lugar originario, que supuso el Paraíso terrenal.

Años más tarde, un emprendedor marino genovés- que leyó sus escritos de forma algo apresurada- se empeñó en buscar el lugar primigenio más allá del Mar Océano, al oeste de toda tierra conocida.

Creyó encontrarlo en una isla caribeña que, según el marino “ olía de lejos a todo lo posible: lo que existe y lo que aun no ha sido creado. El Paraíso terrenal”.Este aserto le costó la excomunión, ya que conmovía el relato bíblico según el cual, todas las especias fueron creadas de una vez y para siempre por la Divina Providencia.

Murió desterrado en la isla caribeña, repitiendo a quien quisiera escuchar que “sin embargo, aquí nacen continuamente nuevas especias (eppur nascent novum speciae)”.

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