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domingo, marzo 08, 2009

Los orígenes clásicos del culto al Estado

Un capítulo brilante del historiador Fustel de Coulanges, de su "La Ciudad Antigua", 1864. Cualquier semejanza con los Jacobinos, con Lenin, con Mussolini, con Hitler, con Stalin, con Mao, con Pol Pot, con Fidel Castro, con Kim il Sung, con Sadam Hussein, con Ceasescu, con Franco, con Trujillo, con Somoza, con Salazar, con Perón, con Chávez, con Ortega, con Evo NO ES CASUAL.



DE LA OMNIPOTENCIA DEL ESTADO. LOS ANTIGUOS NO CONOCIERON LA LIBERTAD INDIVIDUAL

La ciudad estaba fundada sobre una religión y constituida como una iglesia. Éste era el origen de su fuerza, de su omnipotencia y del imperio absoluto que ejercía sobre sus miembros. En una. sociedad fundada y establecida bajo tales principios no podía existir la libertad individual. porque el ciudadano estaba sometido a la ciudad en todo y sin reserva alguna, perteneciendo enteramente a ésta. La religión que había creado al Estado, y el Estado que mantenía la religión, se sostenían mutuamente, constituyendo un todo; y estas dos potencias, asociadas y confundidas, formaban un poder casi sobrehumano, al que se hallaban sometidos en cuerpo y alma: Nada había en el individuo que fuese independiente de este poder. Su cuerpo pertenecía al Estado, y estaba consagrado a su defensa, siendo obligatorio el servicio militar en Roma hasta los cincuenta años, en Atenas hasta los sesenta y en Esparta indefinidamente. Su fortuna estaba siempre a disposición del Estado, pudiendo la ciudad, cuando tenía necesidad de dinero, ordenar a las mujeres. que le entregasen sus joyas; a los acreedores. que le cedieran sus créditos; y a los que tenían olivares, que entregasen gratuitamente el aceite que tuviesen almacenado.

Ni la vida privada se eximía de la omnipotencia del Estado. La ley ateniense prohibía, en nombre de la religión, al individuo que permaneciese célibe. Esparta castigaba no sólo al que no se casaba, sino al que lo hacía tarde, El Estado podía prescribir en Atenas el trabajo, en Esparta la ociosidad, y ejercía su tiranía hasta en las cosas más pequeñas, como, por ejemplo: en Locres prohibía la ley a los hombres que bebiesen vino puro, y en Roma, en Mileto y en Marsella se lo prohibía a las mujeres. Era común que las leyes de cada ciudad fijasen invariablemente la forma de los trajes, y por eso vemos que la legislación de Esparta arreglaba el peinado de las mujeres, que la de Atenas les prohibía llevar más de tres vestidos cuando iban de viaje. y que en Rodas y en Bizancio la ley castigaba a los que se afeitaban.
El Estado tenía el derecho de impedir que sus ciudadanos fuesen deformes o contrahechos, y en su consecuencia ordenaba al padre que tenía algún hijo con tales defectos que le matase. Esta ley se hallaba en los antiguos códigos de
Esparta y de Roma, y no sabemos si existía también en Atenas, pero sí que Aristóteles y Platón la citaron en sus legislaciones ideales.
Hay en la historia de Esparta un rasgo que menciona Plutarco. Acababa Esparta de sufrir una derrota en Leuctros, en la cual habían perecido muchos ciudadanos. y al recibirse la noticia los parientes de los muertos tuvieron que presentarse en público con el semblante alegre. La madre que sabia que su hijo se habia salvado del desastre y que iba a volver a verle, demostraba aflicción y lloraba, mientras la que no habia de volver a ver a su hijo demostraba alegría y recorría los templos dando gracias a los dioses. . ¡Cuál no seria el poder del Estado cuando ordenaba un trastorno semejante en los sentimientos' naturales y era, sin embargo, obedecido!
El Estado no admitía que el individuo se mostrase indiferente a los intereses generales, y no permitía que el filósofo o el hombre entregado al estudio hiciese vida aparte, porque tenia obligación de ir a votar en la Asamblea y de ser magistrado cuando le tocase en suerte. En tiempos en que eran frecuentes las discordias, la ley de Atenas no permitía que permaneciese neutral el ciudadano; tenia que combatir en uno u otro partido, y al que quería mantenerse separado de las facciones y permanecer tranquilo, la ley dictaba la pena de destierro y confiscación de bienes.
Muy lejos estaba de ser libre la educación entre los griegos, cuando, por el contrario, en nada ponía tanto cuidado el Estado como en dirigirla. En Esparta no tenia el padre derecho alguno sobre la educación de sus hijos, y aunque en Atenas parecía menos rigurosa la ley, sin embargo, la ciudad hacía que fuese común la educación, dirigida por maestros elegidos por ella. Aristófanes nos presenta en un párrafo elocuente a los niños de Atenas acudiendo a la escuela formados, distribuidos por barrios, en filas compactas, sufriendo bajo la lluvia, la nieve o los rigores del sol, y no pareciendo sino que ya comprendían que cumplían con un deber cívico. El Estado quería dirigir él solo la educación, y Platón aclara el motivo de tal exigencia:
"Los padres no deben tener la libertad de enviar o no a sus hijos a aprender con los maestros escogidos por la ciudad, ya que los niños pertenecen más a ésta que a sus padres." El Estado consideraba que el ciudadano le pertenecía en cuerpo y alma. y por eso quería formar aquel cuerpo y aquella alma del modo que pudiese sacar mejor partido. Le enseñaba gimnasia, porque siendo el cuerpo del individuo un arma para la ciudad, era conveniente que esta arma fuese muy fuerte y manejable; y le enseñaba los cantos religiosos, los himnos y las danzas sagradas, porque tales conocimientos eran necesarios para practicar bien los sacrificio y las fiestas gratas a las deidades.
Se reconocía al Estado el derecho de impedir que hubiese una enseñanza libre diferente de la suya. Atenas promulgó una ley prohibiendo instruir a los jóvenes sin previa autorización de los magistrados y otra que vetaba especialmento el derecho de enseñar la filosofía.
No teniendo el individuo libertad de elegir sus creencias, debía someterse a la religión de la ciudad. Podía odiarse o despreciarse a los dioses de la ciudad vecina; y en cuanto a las divinidades de un carácter general o universal, como Júpiter Celeste, Cibeles o Juno, cada uno era libre de creer en ellas; pero no debía ocurrírsele a nadie dudar de Atenea Poliada ,o de Erectea o de Cécrope, porque hubiera cometido una grave impiedad contra la religión y el Estado, que le hubiese castigado severamente. Por este crimen fue Sócrates condenado a muerte. La libertad de pensar, con relación a la religión del Estado, fue absolutamente desconocida entre los antiguos; y al contrario, era obligatorio conformarse con todas las reglas del culto, figurar en todas las procesiones y tomar parte en el banquete sagrado. La legislación ateniense castigaba a los que dejaban de celebrar religiosamente una fiesta nacional.
No conocían, pues, los antiguos la libertad en la vida privada, ni la libertad religiosa. La personalidad humana tenia muy poco valor ante la autoridad casi divina que se llamaba la patria o el Estado. Este no tenia sólo, como en nuestras sociedades modernas, el derecho de hacer justicia a los ciudadanos, sino que podía disponer a su albedrío de la vida e intereses de los gobernados. Seguramente que Arístides no había cometido ningún delito cuando la ciudad decidió arrojarle de su territorio por el único motivo de haber adquirido por sus virtudes demasiada influencia sobre sus conciudadanos. Llamábase a esto el ostracismo, y no era esta institución peculiar de Atenas, porque se la encontraba también en Argos, en Megara y en Siracusa, pudiendo creerse que existía en todas las regiones griegas. El ostracismo no era, por tanto, castigo, sino precaución tomada por la ciudad contra un ciudadano de quien temía recibir daño algún día. En Atenas se podía formar causa y condenar a uno por incivismo, o sea por desafecto al Estado. Roma hizo una ley que permitía matar a todo el que tuviese intención de hacerse rey. Formulada por la antigüedad la funesta máxima de que la salud del Estado era la suprema ley, se creía que el derecho, la justicia, la moral y todo debía quedar supeditado al interés de la patria. Es, pues, un gran error haber creído que el individuo disfrutaba de libertad en las ciudades antiguas, cuando ni siquiera tenia idea de ella, ni imaginaba que pudiese existir derecho' opuesto a la ciudad ni a sus dioses. Pronto veremos cómo cambió muchas veces el gobierno de forma, pero la naturaleza del Estado quedó siempre poco más o menos lo mismo, sin que su omnipotencia disminuyese casi en nada. El gobierno fue llamándose monarquía, aristocracia o democracia, pero ninguna de aquellas revoluciones sirvió para mejorar la libertad del hombre. Tener derechos políticos, votar, nombrar magistrados, poder ser arconte: esto es lo que se llamaba libertad, pero el individuo no dejaba por eso de estar sometido al Estado. Los antiguos, y sobre todo los griegos, exageraban la importancia y los derechos de la sociedad, por causa, sin duda, del carácter sagrado y religioso que revestía a la sociedad desde su origen.

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