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viernes, marzo 20, 2009

La palabra

Ellos manejan la palabra. En sus labios la palabra “pueblo” suena a clarines, a historia interminable, a jornadas gloriosas. Hablan bien. Hablan durante horas. Esgrimen palabras como armas arrojadizas: descalifican al “enemigo”: apátridas, antipatria, oligarcas, neoliberales, capitalistas, burgueses. Y el sonido del insulto les debe producir algún placer erótico, porque uno ve como se enamoran de sus palabras, como casi llegan al orgasmo cuando gritan “traidores!” o mencionan al “pueblo” o a los “trabajadores”.
Del otro lado, escuchando, están los “otros”. No el “pueblo” movilizado por los aparatos de la prebenda, del plan social o de los punteros, sino el pueblo real: el que no sabe de política y sí de trabajar en lo suyo. El que apenas maneja la palabra, pero gusta de los gestos.
Pero la palabra, sola, desaparece en las páginas del diario que mañana las recogerá. En la política valen mucho, en la economía muy poco: una palabra no reemplaza la libertad de comprar, contratar, emplear, vender, almacenar, invertir, cuidar, gastar, reservar, ahorrar. Todas esas acciones valen más que el millón de palabras que la presidente nos tiene destinados, a mil palabras diarias, durante mil días. La catarata de palabras termina hundiendo a su emisor. El receptor, cierra los oidos, cambia de canal y se olvida del fárrago.
“Mejor que decir es hacer” dijo su Padre, pero no cumplió esa promesa. Sus hijos (Chávez, Fidel, Cristina, Correa, Ortega, Evo) no pueden evitar la palabra: con ella construyen sus fantasías y entierran la realidad. Las necesitan como el aire: un discurso por día , con sus ritos, sus aplausos, sus guiños, sus silencios y sus miradas cómplices.
Mientras ellos actúan de cara a la tribuna, la realidad pasa por otro lado, muy lejos de sus sueños gloriosos.

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