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lunes, marzo 16, 2009

Entender el totalitarismo

Con varios post dispersos armé este artículo sobre los dictadores, y sus imitadores.


Es cierto que la lectura de la historia ayuda a comprender el presente. Es que ciertas invariancias se repiten, solo con cambios cosméticos, y conviene, por lo tanto, saber en que desembocaron, como terminaron ciertos procesos. No para “anticipar” el futuro sino para crear escenarios alternativos y otorgarles cierta probabilidad estimada.
Por ejemplo: la emergencia de nuevos líderes políticos - los futuros dictadores- viene normalmente acompañada por la aquiescencia, la inactividad, la prescindencia de los viejos políticos del sistema, los conservadores, aquellos que en poco tiempo serán las primeras víctimas del nuevo líder.
“Es un loco lindo, pero perfectamente manejable por nosotros, los expertos” se dijo de Mussolini, de Hitler, de Stalin, de Perón, de Chávez. ”Mussolini es ahora nuestro prisionero” dijo el liberal Benedetto Croce, luego de votar por el inminente Duce…
Entonces, la primera invariancia es: los liderazgos emergentes toman por sorpresa a la clase política tradicional, la cual nunca se imagina la audacia, el pragmatismo y la amoralidad del nuevo competidor, y se despreocupa, creyendo que es un fenómeno momentáneo o fácilmente manipulable.

Otra invariancia es la rapidez y la audacia para tomar decisiones originales por parte del nuevo Líder. La marcha sobre Roma, la anulación de la oposición y el asesinato de Matteoti sucedieron en dos años. La construcción del peronismo sucedió en dos años, desde el golpe de 1943 a la apoteosis del 17 de octubre del 45. La “coordinación” nazi- la nazificación de todas las instituciones alemanas - sucedió en un año. Stalin se movió rápidamente para desalojar a sus competidores pese a la orden de Lenin de no permitir que lo suceda el primitivo y violento georgiano.
Las instituciones son lentas: los parlamentos, los partidos donde rige cierta tradición democrática son de largos cabildeos, de extensas negociaciones, de finales abiertos. Eso exaspera a los líderes emergentes, los cuales tratarán de anular las viejas instituciones y crear nuevas: milicias propias (los squadristi fascistas, las SA alemanas, la Alianza Libertadora Nacionalista de Perón), nuevas Constituciones, uso y abuso del Referéndum popular.
Los líderes emergentes tratarán de administrar dosis cada vez más altas de violencia: como amenaza, para amedrentar, como castigo a los opositores, pero también para imponerse en su propio y usualmente tumultuoso movimiento, a posibles competidores (Rohm asesinado por Hitler, Cipriano Reyes, preso siete años por Perón, Cienfuegos y Mattos, muertos o presos en la Cuba castrista, o Stalin, que en 1937 y 1938 hizo fusilar a toda la vieja guardia leninista)
Nadie imagina esa audacia, esa rapidez, esa violencia. Cuando llega, todos callan, esperando no ser la próxima víctima. Mientras tanto el Caudillo se hace dueño del Escenario Público.
La teatralización de los actos de masas se transforma en la más bella de las artes de su política, prácticamente en la única o principal herramienta de fanatización de las masas. La puesta en escena hitlerista, los mitines fascistas, los 17 de octubre peronistas, las multitudinarias marchas en la Plaza de la Revolución de La Habana o en la Plaza Roja de Moscú, cumplen ese objetivo estratégico: no son los contenidos los que importan sino la forma Pueblo-Lider que adquieren esas liturgias.

Para los “pichones” de dictador, aquellos que aun deben lidiar con instituciones penosamente democráticas, deliberativas, esos espectáculos los seducen y los hacen soñar. Los Evo, los Correa, los Ortega añoran la fuerza de esos modelos y desean terminar de algún modo con ese 40% de opositores que se empeñan en no votarles los referéndums, o en votarles diputados adversos.
Entonces remedan patéticamente a sus modelos, hacen como si todos los opositores fueran agentes del enemigo, pagados por poderes ocultos y se ponen extraordinariamente nerviosos. Desearían tener la libertad de movimientos de un Hitler o un Stalin, pero tienen que vérselas con periodistas preguntones , opositores, jueces o militares apegados a la Ley. No saben lidiar con el disenso.

Ahora bien. La clave para entender el totalitarismo no reside en la psicología de sus lideres, las complejas motivaciones infantiles de Hitler o Mussolini. La clave reside en entender como una sociedad política democrática y civilizada va cediendo al empuje del hiperactivo líder, va concediendo, retrocediendo, va justificando, permitiendo, consintiendo, explicando la violación de la Constitución y las leyes por parte de los lideres emergentes. La clave es entender cómo sectores del pueblo, antes con ilusiones democráticas y libertarias, van cediendo, van convenciéndose de la necesidad de un gobierno de fuerza, con un poder casi ilimitado para cumplir borrosos objetivos que tienen que ver con la “grandeza de la nación”, “ la pureza racial” o la “felicidad del pueblo”.
Es apasionante- y esclarecedor- observar como sociedades enteras van cayendo en la más absoluta pasividad frente al abuso, la violencia, la discriminación, el racismo o la liquidación de los derechos fundamentales. Es patético analizar los justificativos que jueces, legisladores, pensadores, periodistas buscan para explicar lo inexplicable.
¿Es solo temor? ¿O algo más siniestro y oculto?¿No será que las prácticas totalitarias de los líderes de masa conectan con pulsiones muy profundas, con instintos, pasiones, deseos, necesidades apenas reconocidas, apenas hechas conciencia? ¿Qué elementos de nuestra animalidad, de nuestra irracionalidad, de nuestra infancia como humanos despiertan estos taumaturgos? ¿Como es que las multitudes se dejan manipular como niños tras unas pocas consignas repetidas sin cesar?
Preguntas que es necesario contestar, a menos que queramos ser impotentes testigos de un nuevo totalitarismo en ciernes: la combinación letal de populismo, nacionalismo, antisemitismo, teocracia islámica, izquierdismo infantil, antioccidentalismo, antidemocratismo, indigenismo, orientalismo, ecologismo y esoterismo.
Cuando despuntaba el absolutismo real, Le Boetie, hacia 1550 escribió:

De lo que aquí se trata es de averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar; que sólo puede molestarles mientras quieran soportarlo; que sólo sabe dañarles cuando prefieren sufrirlo que contradecirle. Cosa admirable y dolorosa es, aunque harto común, ver a un millón de millones de hombres servir miserablemente y doblar la cerviz bajo el yugo, sin que una gran fuerza se lo imponga, y si solo alucinados al parecer por el nombre Uno , cuyo poder ni debería ser temible por ser de uno solo, ni apreciables sus cualidades por ser inhumano y cruel. (…)
Pero lo que sucede en todos los paises, con todos los hombres y todos los días, que un solo hombre pueda esclavizar cien mil ciudades y privarlas de sus derechos. ¡Quién lo creyera a no haberlo oído con certeza o visto con sus propios ojos! Si se refiriera únicamente como cosa acontecida en países extraños y tierras remotas, se creería más bien ser un esfuerzo de invención que el puro idioma de la verdad. Pero ello es así, y aún más prodigioso si se considera que este tirano sería destruido por sí mismo, sin necesidad de combate ni de defensa, con tal que el país no consintiera en sufrir su yugo; no quitándole nada sino con dejar de darle. Si un país trata de no hacer ningún acto que pueda favorecer al despotismo, basta y aún sobra para asegurar su independencia. Los pueblos deben atribuirse a sí mismos la culpa si sufren el dominio de un bárbaro opresor, pues que cesando de prestar sus propios auxilios al que los tiraniza recobrarían fácilmente su libertad. Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece.



Con enorme perspicacia Le Boetie no se admiraba de que hubiera reyes “malos”, sino de que sus pueblos aceptaban sumisamente inclinar la cerviz. Esta es la esencia de la lucha por la libertad: una lucha que se libra primero en el alma de cada individuo, una lucha entre un instinto de conservación, búsqueda de seguridad y pasividad y un instinto de vida, de libertad y de dignidad. No es otra la pelea. Nadie pelea por una ley más o un reglamento menos: se pelea por la dignidad de ser libres y por el derecho a equivocarse.
Nadie enseña hoy día esta Historia: desde la Revolución Francesa la polémica es sobre quien (qué clase, que fracción, qué raza, qué pueblo) debe gobernar el Estado, sin cuestionar la autoridad misma del Estado. La pantomima marxista de “desaparición del Estado” concluye en el HiperEstado soviético, chino o cubano: es un despropósito que más bien parece una idea de marketing político, para seducir a incautos, más que una realidad doctrinaria del comunismo, que es la forma más extrema y totalitaria del Estado.

Delirios

La dictadura personal absoluta genera y nace de los delirios personales del autócrata. Como en un circuito de retroalimentación, el Conductor necesita victorias, para confirmar su infinita sabiduría, para lo cual necesita crear enemigos, no siempre disponibles. Para crear enemigos necesita fundamentar teorías conspirativas. Teorías que se alimentan de aspectos mitificados como “decadencia de tal o cual raza”, “incapacidad sexual de los ingleses” (Mussolini dixit), “conspiraciones judeomasónicas”, o mandatos que vienen del fondo de la historia , como “volver al Imperio Romano” , o “ refundar la raza aria”. O “cumplir el sueño de Bolívar”.
Lo más interesante de estos delirios es que ofrecen pistas evidentes de que un líder está en camino de autocracia. Por ejemplo, Mussolini hasta mediados de los años veinte no se perdía en ensoñaciones extrañas, aunque mostraba abruptos cambios de idea, saltando en una misma mañana del socialismo más extremo, a la defensa apasionada del capitalismo.
El problema- la señal de que la locura del poder ya ha hecho efecto – es cuando aun en la intimidad no cesa el tono declamatorio, la mirada extraviada, el gesto altisonante. Es así como muchos testigos describen al Mussolini ensoberbecido por su victoria en Etiopía: como un “Duce invencible”, que se comparaba en privado con Garibaldi. “un Mussolini dominado por su propio mito, obsesionado por él “(Marck Smith , Mussolini). Sigue el texto:
“Bastiniani lo describía ahora como si estuviera tratando de ocultar una personalidad tímida al tratar concientemente de hacerse temer, como resultado de lo cual ya no le era posible hablar libremente a quienes estaban a su alrededor. Era como si un muro lo separara de los demás, y el que se acercaba demasiado era humillado o castigado. Al estar rodeado de personas insignificantes, ya no veía la política como el arte de encontrar una conciliación o de ajustar diferencias, sino que le complacía golpear, impedir que los demás tomaran cualquier iniciativa, actuar como si pudiera “tomar por asalto el mundo” por sí solo. Cualquier ministro que se atreviera a sugerir que Gran Bretaña era todavía una potencia que se debía tomar en cuenta, podría recibir la airada indicación que mantuviera la boca cerrada. Los demás fascistas, dijo Bastiniani, se abstenían de intentar dirigirse a él honrada y abiertamente, ya que tenía una tan imperativa necesidad de creer que siempre estaba en lo correcto” .
¿De quien esta hablando, solo de Mussolini? ¿No parece estar describiendo con exactitud los comportamientos de Hugo Chávez o los de nuestro fracasado aspirante a dictadorzuelo, residente en Olivos?
La necesidad de creerse un semidiós, de despreciar a sus ministros o a los cuadros partidarios, de creerse siempre con la razón marca el camino del desastre final: no son capaces de observar la realidad, y actuar, sino que se inventan una realidad y así actúan, confirmando el dibujo previo. Cuando Chávez festeja su victoria como si hubiera aplastado a la” oposición oligárquica”, como si 46% de votos al NO, no fuera nada- solo una brizna de polvo que no alterará el destino de grandeza que quiere compartir con Bolívar - está anticipando su derrota final; cuando Kirchner se confunde y quiere al “campo de rodillas”, a la “oligarquía derrotada”, se equivoca y está anticipando su derrota final.
En general, entonces, estos dictadores anticipan con su distanciamiento de la realidad y su reemplazo por delirios, su decadencia. El problema es que a veces esa decadencia se eterniza, como en el caso de Fidel, se hace secular. La decadencia no es sinónimo de caída, de derrota: es solo la señal de que ésta puede venir. Pero hay que darle un empujoncito. Solo un pueblo temeroso de los delirios de su Conductor, solo funcionarios aterrorizados por una mirada del Líder, permiten que la decadencia se eternice, que esos países vivan en el limbo durante décadas.
En cambio, la entereza, la dignidad, impide que esos delirios duren demasiado tiempo.


Decálogo para todo dictador que se precie


A modo de sarcástica broma, se puede enumerar un conjunto de reglas que, in toto o parcialmente, han sido aplicadas por grandes y pequeños dictadores de nuestra era:

1- Instaurarás un sistema de gobierno muy complicado y contradictorio, donde nunca nadie sabrá exactamente donde empiezan y donde terminan sus atribuciones. Solo tú sabrás interpretar ese complejo sistema, y serás así el Árbitro

2- Instaurarás el sistema de que cada problema, error o desastre siempre tendrá un responsable (generalmente alguien de baja jerarquía) que cargará con la culpa

3- Todos serán vigilados por todos. Nadie, ni los más altos Ministros, dormirá tranquilo

4- Necesitaras siempre una Conspiración de la antipatria, a fin de mantener el tensión todo el sistema, y a fin de deshacerte más fácilmente de tus enemigos

5- Te encargarás de hacer callar especialmente a los viejos cuadros políticos, a los que acompañaron tu juventud y son testigos de tus errores, omisiones o traiciones

6- Le quitarás cada vez más poderes a los órganos deliberativos (Soviets, Parlamentos), judiciales, y representativos (sindicatos, colegios de graduados, etc.) para concentrar las decisiones exclusivamente en tu persona. Solo los mantendrás como decoración, de cara a la opinión pública nacional e internacional. Eliminarás toda forma de federalismo o autonomía provincial.

7- Harás cada vez más chica la “mesa de conducción”: nunca más de 5 miembros. Harás reuniones de a uno o dos, pocas veces plenarios. Tratarás de que sean enemigos mortales unos de otros

8- Armarás una policía política que cada vez responda menos a las leyes del Estado y más a ti, exclusivamente

9- Armaras grupos de choque encargados de espantar a los opositores… y a los aliados.

10- Crearas una legalidad extraconstitucional, al margen de los mecanismos legales y jurídicos previstos en la Constitución (esa que tú mismo has dictado), que te permitirá actuar con las manos libres.



Mussolini: retrato del Dictador Perfecto

Mussolini, más que Hitler o Stalin es el modelo de referencia conciente o inconciente que los aprendices de dictador siguen al pie de la letra. Hitler, es sabido, rondaba los vericuetos de la locura y Stalin era una fría y letal máquina asesina, sin calor popular ni carisma.
Mussolini, en cambio…
Vivía la política como un permanente espectáculo, del cual el “popolo” era espectador entusiasta. Se divertía enormemente con esa representación. Amaba su papel. Sus principales rasgos políticos y de carácter podrían sintetizarse en:

-Un pensamiento dialéctico, cambiante, contradictorio, lanzado a probar al mismo tiempo la verdad de doctrinas diversas: era, al mismo tiempo…
- Pacifista y belicista, en la Primera Guerra
- Socialista y derechista
- Nacionalista e internacionalista
- Anticlerical y católico convencido
- Antialeman y proaleman
- Pactaba con Hitler, pero avisaba a los belgas que serían invadidos
- Pactaba con Hitler, pero reforzaba su frontera con Austria por temor al ataque germánico
- Racista y antirracista

- Un Ego absolutamente totalizador que centralizaba todas las decisiones: llegó a ser titular de seis ministerios; quiso dirigir las acciones militares siendo un ignorante de temas bélicos; nombraba ministros casi débiles mentales, a fin de destacar como el Único inteligente; no consultaba las decisiones, no tenía siquiera una “mesa chica” donde intercambiar información y discutir política

- Como viejo periodista, para él la política sin los medios no existía: solo los medios justifican las decisiones políticas, se hace política para generar los titulares de la prensa del otro día. Le importaba más la difusión periodística de sus órdenes que la efectividad de las mismas, el anuncio, más que el control de su aplicación; la propuesta más que el balance; el futuro, más que el presente.

- Una cobardía a toda prueba: jamás reconocía sus culpas. Todos sus erróneos cálculos eran atribuidos a errores de sus subordinados. Siempre describía como victoria, lo que era una derrota inapelable. Ejercía la mentira y el doble o triple discurso como una segunda naturaleza, lo cual lo transformaba en un actor permanentemente cambiando papeles. La tensión mental que esto implicaba no tenía jamás un momento de relajación, nunca confesaba sus miedos y dudas, daba la apariencia de la absoluta firmeza, de tener convicciones seguras y determinación. Odiaba las malas noticias, no las creía hasta que eran ya inocultables. Entonces descargaba su cólera sobre sus subordinados. Humillaba en público a sus generales y ministros. En sus entrevistas con Hitler no utilizaba intérprete y con su pobre alemán apenas comprendía, entonces, las complejas propuestas del Fuhrer.

- Creía la información mentirosa que el mismo construía: que tenía un ejercito de diez millones, cuando apenas superaba el millón, que tenía la fuerza aérea más poderosa del Mediterráneo, cuando apenas podía despegar de sus bases; que Italia era autárquica, cuando dependía del carbón alemán; que ganaría la guerra a Albania en un par de días, cuando estuvo meses allí; que podía tomar El Cairo en pocas semanas, etc.

- Era cruel, aunque no en el nivel de Stalin o Hitler. Pero no dudaba en tirar gas mostaza a los árabes en Libia o a los etíopes; mandaba a sus “squadristi” a golpear, torturar y a veces a asesinar a los opositores, decía que Italia necesitaba una guerra con varios miles de muertos, para acostumbrar al pueblo italiano a sufrir y endurecerlo.

- Era de un machismo patológico: odiaba que las mujeres estudien. Solo las imaginaba en el hogar, pariendo hijos: una decena para él era lo mínimo, para fortalecer la “raza italiana” y generar millones de futuros soldados.

- Desprecio al pueblo italiano: proyecto de crear una “nueva raza” dura, guerrera, valiente y dejar atrás al italiano “blando”, alegre, despreocupado, superficial, inmaduro, desprovisto de carácter, poco heroico, exageradamente sentimental y artista, de demasiado buen talante y trivial (todas palabras utilizadas por Mussolini refiriéndose al pueblo italiano)

Semejante conjunto de errores, sostenidos sobre la mentira permanente, la ocultación y la exageración explotaron, todos juntos, cuando Italia entró en guerra. En pocos meses las derrotas se hicieron inocultables y el país empezó a vivir la decadencia final del Duce, con su propio yerno alentando golpes de estado. Como en una serie de explosiones encadenadas, todas las mentiras del Régimen fueron destruyéndose una a una. El momento de la verdad llegó inexorablemente. El Globo se le escapó de las manos, como en la película de Chaplin.

Los revolucionarios

“La revolución que hemos hecho no es una revolución nacional, sino una revolución nacional socialista ; incluso podemos subrayar la palabra “socialista”. Nuestra única defensa contra la reacción la representan los grupos de asalto , porque son la encarnación absoluta de la idea revolucionaria. El que milita en las camisas pardas desde el primer día se compromete con el camino de la revolución y no se desviará un pelo hasta que consigamos nuestro objetivo final”
Ernst Röhm, Jefe de las SA nazis

Con leves cambios esta podría ser una proclama de cualquier líder revolucionario latinoamericano

“La revolución que hemos hecho no es una revolución nacional, sino una revolución nacional socialista ; incluso podemos subrayar la palabra “socialista”. Nuestra única defensa contra la reacción la representan las formaciones especiales , porque son la encarnación absoluta de la idea revolucionaria. El que milita en esas formaciones desde el primer día se compromete con el camino de la revolución y no se desviará un pelo hasta que consigamos nuestro objetivo final”
(Chavez? Firmenich? el Ché?)

Para los que aun no entienden la profunda hermandad entre revolucionarios de “derecha” y revolucionarios de “izquierda” bien vale refrescar algunas cosas:

Ambos desprecian los sistemas democráticos, la negociación, el parlamentarismo.
Ambos combaten al “ capital”, especialmente el financiero, a los “imperios” anglosajones y en grados variables a los judíos y coinciden en su odio a Israel
Ambos ejercitan un fuerte apego a las armas y a la violencia como método de resolución de la politica.
Ambos apelan al golpe sorpresivo (queman el Reichtag o protagonizan la toma del Palacio) y aplican crudamente la violencia para “marcar territorio” (La “noche de los cuchillos” de Hitler, los fusilamientos del Ché en Sierra Maestra, las infinitas represiones de la cheka leninista y del aparato de matar stalinista y maoísta)
Ambos son místicos, heroicos, aman el peligro, juegan con la muerte.
Ambos terminan con un religioso culto a la personalidad del Lider, el cual contra toda idea igualitaria es un Semidios por el cual hay que dar la vida (“La vida por Perón”, “doy mi vida por Fidel”)
Ambos desprecian al individualismo: las masas son las protagonistas de la Historia (siempre que las conduzcan ellos)
Ambos se ríen del “humanitarismo burgués”, el sentimentalismo, la piedad por las víctimas, la idea del perdón,
Ambos son antirreligiosos: no soportan a alguien superior a ellos que los juzgue desde el Cielo.
Ambos tienen como objetivo “recrear” al Hombre, o a la Familia, o el Trabajo, o la Patria. Creen que su poder no tiene límites: juegan a ser dioses en la Tierra.
Transitan de un lado al otro de la frontera: Mussolini pasa del Partido Socialista a crear el Movimiento Fascista; crea la Republica Social en su ocaso, hablando de la Italia Proletaria contra la Italia Plutocrática; Joe Baxter, que pasa de la Tacuara filo- nazi a la guerrilla guevarista, Abal Medina similar prodigio
Pactan o se alían con el “enemigo”: Hitler con Stalin, Fidel Castro con el Gral. Videla, la izquierda laica y moderna con el Islam fundamentalista, homofóbico, sexista y medieval.
Como el personaje de Ibsen creen que el pueblo solo es progresista si los revolucionarios se encargan de dirigirlo: sino son masas idiotas, lumpen, gente sin conciencia de clase.
Ambos llevan al fracaso y la muerte a su pueblo: Decenas de millones de muertos rusos, chinos, alemanes, italianos, camboyanos, coreanos del norte. Miles de europeos del este, cubanos.
Ambos reprimen, torturan, encierran, ocultan, impiden la prensa libre, al acceso a las comunicaciones.
Ambos desprecian las tradiciones, la costumbre, el derecho consuetudinario, las instituciones del orden espontáneo, la evolución, el ensayo y error, el cambio en paz.
Ambos, por último, creen que el hombre es un medio, una máquina reemplazable y no un ser único e irrepetible: por sobre el hombre común, siempre se alza la Patria, el Movimiento, la Clase, el Pueblo, la Nación, el Partido, el Estado, el Líder, el Conductor, el Jefe, la Unidad Básica, el Comité de Defensa de la Revolución, la Célula del Partido, la Organización, la Ideología, las Ideas correctas, el Comité Central, las infinitas siglas, la Comunidad Organizada, los Ministerios del Poder Popular.
Pero cuando pueden ambos se revientan a tiros, se matan, se secuestran, se asesinan, se enfrentan como la Triple A y los Montoneros, como ejércitos privados nazis y ejércitos privados comunistas en la Alemania prehitleriana.
Ambos compiten para arrearnos a su mundo perfecto.

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