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miércoles, enero 06, 2010

Fragmento de Alberto Mansueti


No podemos ni debemos esperar demasiado de los gobiernos. Son vanas las ilusiones estatistas del Humanismo secular, e ingenuas las esperanzas de progreso y cambio de la naturaleza humana mediante la educación universal. El Gobierno es sólo un mal necesario, resultado de la desobediencia y caída del hombre. Necesario solamente para tres apremiantes urgencias: defensa nacional y policía; tribunales de justicia; y caminos, carreteras y puentes para facilitar la comunicación y el comercio. Nada más. Sólo una herramienta algo tosca e imperfecta, para tareas algo rudas, aunque de vital importancia.
– Sus instituciones tienen cinco notas o rasgos esenciales y característicos que se acomodan y ajustan muy bien a sus funciones: fuerza, jerarquía, uniformidad, formalismo, y disciplina vertical.
– Y los entes privados lucrativos y no lucrativos tienen exactamente los cinco opuestos: consenso, orden plano, variedad, informalidad y disciplina horizontal.

1) Fuerza vs. consenso. El orden social nace de un
pacto o acuerdo tácito, por el cual aceptamos o
decidimos vivir en sociedad, respetando ciertas
reglas mínimas de convivencia. Y el Gobierno es
para contener por la fuerza a quienes las violan
gravemente: asesinos, ladrones, estafadores, etc.
Las cuotas o “contribuciones” a los gastos comunes
(tributos, a la tribu) también terminan siendo
“impuestas” por la fuerza, a causa de los renuentes
“free riders” (coleados): quienes pretenden viajar
gratis aprovechando los beneficios del orden social
sin pagar. Eso es todo. Pero la fuerza es de la esencia
del Estado. Sin la capacidad de ejercer violencia, y
sin la coerción mediante la fuerza, ¿cómo combatir
al enemigo en la guerra, y cómo perseguir y apresar
al criminal? ¿Cómo aplicar penas a los reos de
delitos? ¿Cómo colectar impuestos? De hecho la ley
del número propia de la democracia mayoritaria es
un recordatorio de la fuerza física potencial.
En cambio no hace falta la fuerza para fabricar
zapatos o camisas, ni para enseñar o para curar, procesos
voluntarios que no requieren la espada. Las entidades
privadas no son para forzar o imponer sino para
negociar y acordar, voluntariamente, a fin de comerciar,
producir, educar, curar, cuidar, etc. Se basan en arreglos
y contratos, conforme un orden voluntario y consensual,
“espontáneo” aunque no del todo, porque el Estado es
condición sine qua non para el mercado libre, sólo que
un Estado limitado. Porque sí se requiere la espada para
el transgresor, para quien mata, roba o secuestra, que no
impida a la gente fabricar, cultivar, enseñar o aprender,
curar o hacerse curar. Pero se requiere que tampoco lo
impida el poder de la espada: que sea limitado.
Esta diferencia de naturaleza es la primera y más
importante, y en buena parte las otras cuatro derivan
de ella.
2) Escalas jerárquicas vs. entes planos. El Estado
requiere obediencia, por eso las jerarquías verticales
y rígidas son esenciales; y altamente funcionales
en el ejército, diplomacia, policía, judicatura,
servicio civil, etc., para el cumplimiento de sus
deberes. No así en las organizaciones privadas y
mercados libres; ellas requieren iniciativa antes
que obediencia. Por eso conforman un orden plano
u horizontal, y algo plástico -maleable, adaptablecomo
se recomienda a las empresas mercantiles y
a las asociaciones voluntarias.
3) Uniformidad vs. variedad. La unidad de comando
es consustancial a las organizaciones jerárquicas,
y el centralismo. Siendo el Estado, el “monopolio
de la fuerza”, no puede haber sino un solo ejército,
un solo cuerpo diplomático, un sólo poder judicial,
etc. ¿Cómo podría ser de otro modo? En cambio
en los mercados hay competencia, policentrismo
y diversidad. En las empresas hay multiplicidad y
variedad, y han de competir unas con otras, y para eso
basta que el Estado a ninguna confiera monopolios
mediante estatutos legales de preferencia.
4) Solemnidad vs. informalidad. Formalidad y
hasta solemnidad son esenciales en las relaciones
diplomáticas, los tribunales, la policía y la contratación
de obras públicas. Porque las decisiones deben ser
públicas, notorias, visibles, y quedar firmes. De
otra manera, ¿Cómo hacer la guerra? ¿Cómo pelear
contra el crimen? ¿Cómo dictar justas sentencias?
¿Cómo licitar y adjudicar contratos honestos? Pero
en las relaciones entre particulares no es necesario
tanto formalismo, y es perjudicial: a las empresas y
organizaciones voluntarias conviene la flexibilidad,
agilidad y adaptación.
5) Disciplina vertical vs. horizontal. En el sector
público, premios y castigos le llegan al funcionario
desde arriba, los jefes; en el privado, las recompensas
y las penas son utilidades y pérdidas, y le llegan
al empresario y al accionista desde los costados:
consumidores, proveedores y competencia. La
disciplina de los mercados libres no es menos
sino quizá más severa y exigente; precisamente
el problema del Estado es que no tiene el rigor de
ese “cuadro de resultados” o libro de ganancias y
pérdidas que le indica a la empresa si va mal o bien.
Conclusiones:
– Los cinco rasgos naturales del Estado son
apropiados para sus fines, siempre y cuando
se mantengan limitados. De otro modo ¿cómo
garantizar seguridad externa e interna, aplicar
multas y penas tan severas como la capital, y
contratar con eficacia y decencia?
– El Estado no ha servido ni sirve para sembrar
ajos o papas, fabricar tornillos, educar a los niños
y jóvenes (o a los adultos), sanar a los enfermos, ni
atender a las “viudas y huérfanos”. Ni servirá.
Pero si no obstante su incapacidad ontológica, los
obcecados políticos estatistas (y las gentes que siguen
votando por ellos) insisten en dotar a los Gobiernos de
omnímodos superpoderes y toneladas de dinero para
hacer lo que por naturaleza no pueden hacer -como
cortarse las uñas con un hacha- con ello sólo logran
acumular un inmenso poder y una inmensa riqueza en
pocas manos;
– así serán inevitables toda clase de abusos,
– entre ellos la corrupción. Porque todo ese
poder y esa riqueza terminará corrompiendo en
mayor o menor medida a sus jefes, directivos y
funcionarios. Que necesitarán impunidad.
– Y tarde o temprano van a comprar a la policía
y a los tribunales y oficinas de administración de
justicia,
– que serán de esa forma inutilizados para
perseguir, capturar y encausar a los criminales,
que saldrán impunes.
Es a las entidades particulares -empresas, bancos,
escuelas y centros de enseñanza, clínicas, cajas de
jubilaciones y pensiones- y no a los Gobiernos a
quienes cabe actuar en los mercados, herramientas
quizá menos toscas e imperfectas que el Estado, para
tareas más delicadas, de no menor importancia.

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