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jueves, abril 23, 2009

La sabiduría del historiador Lord Acton, siglo XIX

Los atenienses no sólo eran valientes, patriotas y capaces de un sacrificio generoso, sino también los más religiosos de los griegos.
Veneraban la Constitución que les había dado prosperidad, igualdad y libertad, sin cuestionar nunca las leyes fundamentales que regulaban el enorme poder de la Asamblea.
Toleraban una considerable variedad de opiniones y una gran libertad de expresión; su benevolencia hacia los esclavos provocaba incluso la indignación de los partidarios más inteligentes de la aristocracia.
De este modo llegaron a ser el único pueblo de la antigüedad que se hizo grande a través de instituciones democráticas.
Pero la posesión del poder ilimitado, que corroe la conciencia, endurece el corazón y confunde el entendimiento de los monarcas, ejerció su influencia desmoralizadora sobre la ilustre democracia de Atenas.
Malo es ser oprimido por una minoría, pero peor es serlo por una mayoría, porque en el caso de las minorías existe en las masas un poder latente de reserva que, de ser activado, pocas veces es resistido por la minoría.
Pero cuando se trata de la voluntad absoluta del pueblo, no hay recurso, salvación, ni refugio, excepto la traición.

La clase más numerosa y humilde de los atenienses reunió el poder legislativo, el judicial y, en parte, el ejecutivo.
La filosofía que entonces había ganado fama, postulaba que no hay ley superior a la del Estado; el legislador está por sobre la ley.
Como consecuencia de esto, el pueblo soberano tenía el derecho a hacer todo aquello que estuviera dentro de su poder y no estaba limitado por ninguna regla del bien o del mal, sino que por su propio juicio de lo que estimaba conveniente.
En una asamblea memorable, los atenienses llegaron a declarar que consideraban monstruoso que se les impidiera hacer lo que quisieran.

No existía ninguna fuerza que pudiera restringirlos, y resolvieron que no los limitaría ninguna obligación ni se regirían por ninguna ley que no fuera establecida por ellos mismos.
De esta forma, el pueblo emancipado de Atenas se volvió tirano
y su gobierno, pionero de la libertad europea, fue condenado sin excepción por todos los sabios de la antigüedad.
Destruyeron su ciudad tratando de conducir la guerra mediante debates en el mercado.
Al igual que la República Francesa, dieron muerte a sus comandantes desafortunados.
Trataron sus posesiones con tal injusticia, que perdieron su imperio marítimo.
Saquearon a los ricos hasta que éstos conspiraron con el enemigo público, y coronaron su culpa con el martirio de Sócrates.
Cuando el dominio absoluto de las multitudes llevaba cerca de un cuarto de siglo, y al Estado no le quedaba más que perder sino su propia existencia, entonces los atenienses, cansados y desalentados, confesaron la verdadera causa de su ruina.
Comprendieron que para que hubiera libertad, justicia e igualdad ante la ley era necesario limitar la Democracia tal como ella había limitado a la oligarquía.
Resolvieron decidirse una vez más por las antiguas formas y por restablecer el orden de cosas existente cuando se había sacado el monopolio del poder de manos de los ricos, pero sin que pasara a los pobres.
Luego de fracasar una primera restauración, –sólo memorable debido a que Tucídides, cuyo juicio en política nunca parece erróneo, lo declaró como el mejor gobierno que Atenas había tenido–, se volvió a hacer el intento con más experiencia y mayor unidad de objetivo.
Los enemigos se reconciliaron y proclamaron una amnistía, la primera en la historia.
Resolvieron gobernar por consenso.
Las leyes, que tenían la sanción de la tradición, fueron transcritas a un código; ningún acto de asamblea soberana tendría validez si no estaba de acuerdo con éste.
Se estableció una gran diferencia entre las líneas sagradas de la Constitución que se consideraban inviolables y los decretos que satisfacían, de tiempo en tiempo,las necesidades e intereses del día.
Y se independizó la estructura de la ley, es decir, el resultado del trabajo de generaciones, de las variaciones momentáneas de la voluntad popular.

Los atenienses se arrepintieron demasiado tarde para salvar la República.
Pero la lección de su experiencia perdurará siempre porque demuestra que el gobierno de todo el pueblo, es decir, el gobierno de la clase más numerosa y poderosa, es tan malo como el de una monarquía absoluta y requiere, prácticamente por las mismas razones, de instituciones que lo protejan de sí mismo y defiendan la permanente supremacía de la ley contra las mutaciones arbitrarias de la opinión.

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