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martes, noviembre 18, 2008

El judeoportugués

A veces cedo a la tentación de pensar como hijo de Israel, ahora que soy públicamente cristiano y el remordimiento no me deja dormir. Se que no es justo aparentar una cosa y ser, profundamente, otra. Aparentar creer en el Cristo Josuah y saber que él no quiso jamás fundar una nueva Fé y sí, equivocado, se creyó llamado por Di´s a reformar la Ley. Luego, otros se aprovecharon de sus ambiguas lecciones y fundaron una Iglesia Universal Romana que se dotó de Poder mundano y gobierna el Orbe, a sus Reyes y Señores.
Se que hago mal. No hay que agitar las brasas si no quieres avivar el fuego. Sé que debo agradecer al Señor la dicha de haber podido sobrevivir y prosperar. No debo ser tan exigente. Pero en el fondo de mi ser, muy adentro y lejos de la superficie, se macera un odio y una humillación permanente.

Llegué a estas costas a fines del siglo pasado. Un caserío miserable, un puerto inexistente, un triste fuerte y unas feas iglesias eran todo lo que se veía de la Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres.
Yo, judío portugués, criptojudío, temeroso de la Inquisición, creyente en la Ley de Moisés aparentando un cristianismo que no sentía, me dispuse a ser señor de esa aldea olvidada.
Ya que las mieles de la contemplación religiosa y del estudio de la Ley me estaban vedadas, ya que el destino me ponía en este sitio apartado del mundo, ya que se me prohibía aparecer como era, dividida mi esencia de mi existencia, ya que me condenaban a ser como las sombras de la caverna de Platón, un mero y lejano reflejo de mi Ser, entonces obraría fríamente, sin amor por esa gente que me despellejaría vivo si conociera mi verdadera esencia judía. Esa gente, los “beneméritos” creían ser miembros de una aristocrática minoría: pero eran simples hijosdalgo a los cuales España arrojó a las costas lejanas, en busca de rápida fortuna y poder. Se aferraban a su lugar en las alturas de la pobre pirámide bonaerense: eran los caciques de una paupérrima aldea.
Y eran cabezas duras. Creían que el destino de Buenos Ayres debía ser tan solo el de cuidar las espaldas de la opulenta Lima, el ser una Plaza militar al servicio de su Majestad. Al servicio del Perú, pensaba yo.
De ahí esos aires de campamento militar que se olían apenas llegar: marchas, ejercicios, maniobras a la espera del ataque holandés o portugués. Para ellos solo cabía la propiedad rural, la Curia o la Administración Pública. Devaluaban el comercio y las profesiones, la ciencia y la poética.
Yo sabía, en cambio, que el futuro era el comercio: y el comercio estaba prohibido en este absurdo puerto. Buenos Aires no podía exportar ni importar ni una taza o una vela: ningún navío, de ningún lugar, ni siquiera de la propia España podía vadear su rada.
A poco de llegar supe que la gente, en el fondo sabía esa verdad: que el aislamiento, la ausencia de oro y plata y de indios, la soledad de esa planicie solo podía compensarse transformando a Buenos Aires en la gran entrada a las Indias por el Sur, en el camino alternativo al penoso recorrido de Lima a Panamá y de Panamá a Sevilla. En el Gran Puerto americano del Atlántico. Para eso trabajé en los años que me quedaron, para que los habitantes de Buenos Aires sean conocidos como “porteños”.
Fui contrabandista, mercader, banquero, jefe de partido, hombre fuerte del Cabildo, compré cargos, soborné funcionarios, lidié con el Gobernador Hernando Arias- tan honesto como equivocado-, arreglé con sus sucesores, introduje libros prohibidos, empezando por los de Erasmo y siguiendo con los Libros de la Ley, construí un palacio, la casa más grande y rica de la ciudad, platiqué con los Jesuitas - muchos de ellos tan cristianos como yo- listos para discutir sobre la Mishná y el Talmud. Me cartee con mis paisanos en Ámsterdam, organizamos el comercio de esclavos, la exportación de cueros y – más prohibida aún- la de plata proveniente de Oruro. Acumulé peso tras peso, hice obras de caridad, me casé con una hermosa cristiana vieja, hija de beneméritos, mezclando las sangres y conformando así una nueva etnia, extraña e imprevista: judíos ibéricos mezclados con cristianos españoles en tierras del Nuevo Mundo.
Ya en año de 1619 se alzaron voces pidiendo la instalación de un Tribunal del Santo Oficio en Buenos Aires. Por suerte, la insignificancia de esa plaza impedía concretar semejante gasto. Solo Lima y México podían darse el gusto de instalar esas horribles oficinas y realizar cada tanto siniestras fogaratas donde quemaban decenas de “judaizantes”. En eso Buenos Aires sería distinto y por eso llagaban a estas costas tantos compañeros del Brasil. Por eso hablaban de este puerto como “lleno de portugueses judaizantes”. Pero aquí, los que sabían, callaban y rogaban que el Rey no insistiera tanto con esas Cédulas Reales que exigían la expulsión de los portugueses de estas costas. Éramos el diablo, la corrupción, al Anticristo, la Sombra, el Otro, los enviados de Satanás…sí, pero también éramos los que traían riqueza a estas soledades, paños de Flandes, loza inglesa, cerámica de Talavera, adornos, telas, ideas y libros, vestidos, muebles, los que movían el comercio, los que enriquecíamos “ilegalmente” a Buenos Aires, transformándola en pocas décadas de un villorrio olvidado en un punto de destino de cientos de peninsulares. Los odiados judeoportugueses fuimos el primer médico y el primer maestro y el primer músico de Buenos Aires, el primer banquero y el primer mercader.
No creo que el futuro nos recuerde. Nuestras sangres mezcladas, nuestro profundo ser ahogado bajo capas de apariencias harán que desaparezcamos de la memoria de las gentes. Aunque quizás esa historia oculta explote algún día, surja libre y plena. Desvaríos de un viejo. ¿No?

Diego de Vega

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