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lunes, febrero 23, 2009

La tarea central de la historia

La historia no tiene un sentido, sea el despliegue de la racionalidad o una resolución previsible de contradicciones dialécticas. Ahora lo sabemos. Sabemos que el Socialismo no es superación del Capitalismo, sino, por ejemplo, el prólogo al gobierno de las mafias, como en buena parte de los países de la ex URSS. O que el mercado libre se puede reintroducir en China, generando el mayor crecimiento económico que registre país alguno en dos mil años de historia, pero bajo la férrea conducción del Partido Comunista Chino. Un Capitalismo de Partido único, que no figura en ningún manual: ni en los de Marx, ni en el de Adam Smith.
Creo, sin embargo, que buena parte de la Historia es, como enseñó Lord Acton, el despliegue de la libertad, la lucha por la libertad, la lucha por la individuación, la lucha por controlar el poder absoluto del Rey. O del Legislador. O del lider popular.
Dice Lord Acton:

Por libertad quiero decir la garantía de que todos los hombres contarán con la protección para hacer lo que creen que es su deber frente a la influencia de la autoridad, las mayorías, las costumbres y la opinión.
En los tiempos antiguos, el Estado asume facultades que no le pertenecen y se entromete en el dominio de la libertad personal.
En la Edad Media, tiene escasa autoridad y permite a otros entrometerse.
Los Estados modernos caen habitualmente en ambos excesos.
La prueba más eficaz para determinar si un país es realmente libre la constituye el grado de seguridad con que cuentan las minorías.


La pelea secular es, entonces, aquella que libra la idea de la libertad, entendida como la garantía para hacer lo que es su deber, aun contra la opinión de la autoridad, de las mayorías, de las costumbres y de la opinión prevaleciente.
La no aceptación de la autoridad tiránica como algo “natural”,
Mucho antes de Acton, cuando despuntaba el absolutismo real, Le Boetie, hacia 1550 escribió:

De lo que aquí se trata es de averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar; que sólo puede molestarles mientras quieran soportarlo; que sólo sabe dañarles cuando prefieren sufrirlo que contradecirle. Cosa admirable y dolorosa es, aunque harto común, ver a un millón de millones de hombres servir miserablemente y doblar la cerviz bajo el yugo, sin que una gran fuerza se lo imponga, y si solo alucinados al parecer por el nombre Uno , cuyo poder ni debería ser temible por ser de uno solo, ni apreciables sus cualidades por ser inhumano y cruel. (…)
Pero lo que sucede en todos los paises, con todos los hombres y todos los días, que un solo hombre pueda esclavizar cien mil ciudades y privarlas de sus derechos. ¡Quién lo creyera a no haberlo oído con certeza o visto con sus propios ojos! Si se refiriera únicamente como cosa acontecida en países extraños y tierras remotas, se creería más bien ser un esfuerzo de invención que el puro idioma de la verdad. Pero ello es así, y aún más prodigioso si se considera que este tirano sería destruido por sí mismo, sin necesidad de combate ni de defensa, con tal que el país no consintiera en sufrir su yugo; no quitándole nada sino con dejar de darle. Si un país trata de no hacer ningún acto que pueda favorecer al despotismo, basta y aún sobra para asegurar su independencia. Los pueblos deben atribuirse a sí mismos la culpa si sufren el dominio de un bárbaro opresor, pues que cesando de prestar sus propios auxilios al que los tiraniza recobrarían fácilmente su libertad. Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece.


Con enorme perspicacia Le Boetie no se admiraba de que hubiera reyes “malos”, sino de que sus pueblos aceptaban sumisamente la cerviz. Esta es la esencia de la lucha por la libertad: una lucha que se libra primero en el alma de cada individuo, una lucha entre un instinto de conservación, búsqueda de seguridad y pasividad y un instinto de vida, de libertad y de dignidad. No es otra la pelea. Nadie pelea por una ley más o un reglamento menos: se pelea por la dignidad de ser libres y por el derecho a equivocarse.
Nadie enseña hoy día esta Historia: desde la Revolución Francesa la polémica es sobre quien (qué clase, que fracción, qué raza, qué pueblo) debe gobernar el Estado, sin cuestionar la autoridad misma del Estado. La pantomima marxista de “desaparición del Estado” concluye en el HiperEstado soviético, chino o cubano: es un despropósito que más bien parece una idea de marketing político, para seducir a incautos, más que una realidad doctrinaria del comunismo, que es la forma más extrema y totalitaria del Estado.
No nos emociona la lucha por la libertad contra el Rey o e Lider, sino contra el dominador extranjero o el patrón capitalista: la materia de la ficción se nutre de esas luchas y no de la más central y compleja que es la lucha contra la voluntad de ser dominados, de agachar la cerviz y de someterse al Rey-Conductor-Líder.
Esa batalla, que se libra en la mente de las personas, que obliga a imaginar un futuro sin “guía”, sin “conductor”, libre (o sea, lleno de temor por las consecuencias de nuestras decisiones) debería ser la fuente de inspiración literaria más fecunda.

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