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lunes, febrero 02, 2009

Alberdi, el genial

LA OMNIPOTENCIA DEL ESTADO ES LA NEGACIÓN DE LA LIBERTAD INDIVIDUAL
(1880)
(Fragmento)

Una de las raíces más profundas de nuestras tiranías modernas en Sudamérica es la noción grecorromana del patriotismo y de la patria, que debemos a la educación medio clásica que nuestras universidades han copiado a la Francia.
La patria, tal como la entendían los griegos y los romanos, era esencial y radicalmente opuesta a lo que por tal entendemos en nuestros tiempos y sociedades modernos. Era una institución de origen y carácter religioso y santo; equivalente a lo que es hoy la Iglesia, por no decir más santa que ella, pues era la asociación de las almas, de las personas y de los intereses de sus miembros.
Su poder era omnipotente y sin limites respecto de los individuos de que se componía.
La patria así entendida era y tenía que ser la negación de la libertad individual, en la que cifran la libertad todas las sociedades modernas que son realmente libres. El hombre individual se debía todo entero a la patria; le debía su alma, su persona, su voluntad, su fortuna, su vida, su familia, su honor.
Reservar a la patria alguna de esas cosas, era traicionarla; era como un acto de impiedad.
Según estas ideas, el patriotismo era no sólo conciliable,. sino idéntico y el mismo que el despotismo más absoluto y omnímodo en el 'orden social.
La gran revolución que trajo el cristianismo en las nociones del hombre. de Dios, de la familia, de la sociedad toda entera, cambió radical y diametralmente las bases del sistema social grecorromano.
Sin embargo, el renacimiento de la civilización antigua de entre las ruinas del Imperio romano y la formación de los estados modernos conservaron o revivieron los cimientos de la civilización pasada y muerta, no ya en el interés de los estados mismos, todavía informes, sino en la majestad de sus gobernantes, en quienes se personificaban la majestad. la omnipotencia y autoridad de la patria.

De ahí el despotismo de los reyes absolutos que surgieron de la feudalidad de la Europa regenerada por el cristianismo.
El estado, o la patria, continuó siendo omnipotente respecto de la persona de cada uno de sus miembros, pero la patria personificada en sus monarcas o soberanos. no en sus pueblos.
La omnipotencia de los reyes, tomó el lugar de la omnipotencia del estado o de la patria.
Los que no dijeron: “El estado soy yo”, lo pensaron y creyeron como el que lo dijo.
Sublevados contra los reyes, los pueblos los reemplazaron en el ejercicio del poder de la patria, que al fin era más legítimo en cuanto a su origen. La soberanía del pueblo tomó el lugar de la soberanía de los monarcas, aunque teóricamente.
La patria fue todo y el único poder de derecho, pero conservando la índole originaria de su poder absoluto y omnímodo sobre la persona de cada uno de sus miembros; la omnipotencia de la patria misma siguió siendo la negación de la libertad del individuo en la república, como lo había sido en la monarquía: y la sociedad cristiana y moderna, en que el hombre y sus derechos son teóricamente lo principal, siguió en realidad gobernándose por las reglas de las sociedades antiguas y paganas, en que la patria era la negación más absoluta de la libertad.
Divorciado con la libertad. el patriotismo se unió con la gloria, entendida como los griegos y los romanos la entendieron.
Ésta es la condición presente de las sociedades de origen grecorromano en ambos mundos.
Sus individuos, más bien que libres, son los siervos de la patria.
La patria es libre en cuanto no depende del extranjero; pero el individuo carece de libertad en cuanto depende del estado de un modo omnímodo y absoluto. La patria es libre en cuanto absorbe y monopoliza las libertades de todos sus individuos, pero sus individuos no lo son, porque el gobierno les tiene todas sus libertades.
Tal es el régimen social que ha producido la Revolución Francesa, y tal la sociedad política que en la América grecolatina de raza han producido et ejemplo y repetición, que dura hasta el presente, de la Revolución Francesa.
El Contrato social de Rousseau, convertido en catecismo de nuestra revolución, por su ilustre corifeo el doctor Moreno, ha gobernado a nuestra sociedad, en que el ciudadano ha seguido siendo una pertenencia del estado o de la patria, encarnada y personificada en sus gobiernos, como representantes naturales de la majestad del estado omnipotente.
La omnipotencia del estado ejercida según las reglas de las sociedades antiguas de Grecia y Roma ha sido la razón de ser de sus representantes los gobiernos, llamados libres sólo porque dejaron de emanar del extranjero.

Otro fue el destino y la condición de la sociedad que puebla la América del Norte.
Esa sociedad, radicalmente diferente de la nuestra, debió al origen trasatlántico de sus habitantes sajones, la dirección y complexión de su régimen político de gobierno, en que la libertad de la patria tuvo por límite la libertad sagrada del individuo. Los derechos del hombre equilibraron allí en su valor a los derechos de la patria, y si el estado fue libre del extranjero, los individuos no lo fueron menos respecto del estado. Eso fue en Europa la sociedad anglosajona y eso fue en Norteamérica la sociedad angloamericana, caracterizadas ambas por el desarrollo soberano de la libertad individual, más que por la libertad exterior o independencia del estado, debida mayormente a su geografía insular en Inglaterra y a su aislamiento trasatlántico en Estados Unidos.
La libertad en ambos pueblos sajones no consistió en ser independientes del extranjero, sino en ser cada ciudadano independiente de su gobierno patrio.
Los hombres fueron libres porque el estado, el poder de su gobierno no fue omnipotente, y el estado tuvo un poder limitado por la esfera de la libertad o el poder de sus miembros, a causa de que su gobierno no tuvo por modelo el de las sociedades griega y romana.
Montesquieu ha dicho que la Constitución inglesa salió de los bosques de la Germania, en lo que tal vez quiso decir que los destructores germanos del Imperio romano fueron libres porque su gobierno no fue de origen ni tipo latinos.
A la libertad del individuo, que es la libertad por excelencia, debieron los pueblos del norte la opulencia que los distingue.
Los pueblos del norte no han debido su opulencia y grandeza al poder de sus gobiernos, sino al poder de sus individuos. Son el producto del egoísmo más que del patriotismo. Haciendo su propia grandeza particular, cada individuo contribuyó a labrar la de su país. ( La Riqueza de las naciones, por Adam Smith)
Este aviso interesa altamente a la salvación de las repúblicas americanas de origen latino.
Sus destinos futuros deberán su salvación al individualismo; o no los verán jamás salvados si esperan que alguien los salve por patriotismo.
El egoísmo bien entendido de los ciudadanos sólo es un vicio para el egoísmo de los gobiernos que personifican a los estados. En realidad, el afán del propio engrandecimiento es el afán virtuoso de la propia grandeza del individuo, como factor fundamental que es del orden social, de la familia, de la propiedad, del hogar, del poder y bienestar de cada hombre.
Las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos, esperan una cosa que es contraria a la naturaleza. Por la naturaleza de las cosas, cada hombre tiene el encargo providencial de su propio bienestar y progreso, porque nadie puede amar el engrandecimiento de otro, como el suyo propio; no hay medio más poderoso y eficaz de hacer la grandeza del cuerpo social, que dejar a cada uno de sus miembros individuales el cuidado y poder pleno de labrar su personal engrandecimiento.
Ése es el orden de la naturaleza, y por eso es el mejor y más fecundo en bienes reales. De ello es un testimonio la historia de las sociedades sajonas del norte de ambos mundos.
Los estados son ricos por la labor de sus individuos; y su labor es fecunda porque el hombre es libre, es decir, dueño y señor de su persona. de sus bienes, de su vida, de su hogar.
Cuando el pueblo de esas sociedades necesita alguna obra o mejoramiento de público interés, sus hombres se miran unos a otros, se buscan, se reúnen, discuten, ponen de acuerdo sus voluntades y obran por sí mismos en la ejecución del trabajo que sus comunes intereses necesitan ver satisfecho.
En los pueblos latinos de origen, los individuos que necesitan un trabajo de mejoramiento general alzan los ojos al gobierno, suplican, lo esperan todo de su intervención y se quedan sin agua, sin luz, sin comercio, sin puentes, sin muelles, si el gobierno no se los da todo hecho.

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