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martes, octubre 30, 2007

Una maravilla de Karl Popper

Epílogo
R. Popper
(diciembre de 1984)

Hasta hace muy poco no tuve ocasión de leer la trascripción contenida en las páginas precedentes de los debates que durante tres días se celebraron en Viena. Y me siento en la obligación de expresar mi más profundo agradecimiento a los participantes por su colaboración .
Me siento enormemente insatisfecho de lo que dije el tercer y último día. Y ello porque prácticamente no dije nada sobre lo que constituía el tema de la jornada, «La sociedad abierta». Ahora me gustaría intentar arreglarlo .

La expresión «sociedad abierta», en contraposición a la de «sociedad cerrada», procede de Henri Bergson, el importante filósofo francés (1859-1941), - con un empleo distinto, de mi libro La sociedad abierta y sus enemigos (publicado por vez primera en versión inglesa en 1945). Decidí escribir esta obra el día en que me enteré de la entrada de las tropas de Hitler en Austria .

El libro es una apología de la democracia, escrita en una época en la que no existían muchos partidarios de ella verdaderamente convencidos: casi toda la gente que escribía por entonces, o al menos aquellos con quienes tuve la oportunidad de hablar, profetizaban el próximo final de la democracia y la victoria del fascismo, tanto de derechas como de izquierdas, y todo el mundo se hacía lenguas de la debilidad intrínseca de la democracia .

Con la expresión «sociedad abierta» pretendo designar no tanto una forma de Estado o de Gobierno, cuanto más bien un tipo de convivencia humana en la que la libertad de los individuos, la no-violencia, la protección de las minorías y la defensa de los débiles constituyen unos valores primordiales. Y en las democracias occidentales estos valores constituyen precisamente la cosa más natural del mundo para la mayor parte de las personas .

El hecho de que estos valores sean para nosotros algo tan natural supone uno de los peligros que amenazan a la democracia. Pues sólo pocas personas poseen la fantasía suficiente para imaginarse lo que es vivir en una sociedad moderna no democrática. George Orwell tenía esa fantasía. Su libro 1984 quizá sea un poco exagerado, pero en lo sustancial no lo es. El estado nazi era, desde luego, aún más inhumano de como lo describe Orwell, pero tecnológicamente estaba menos desarrollado .
Pero hablemos mejor de la idea de sociedad abierta y de su principal valor, la libertad del hombre. El camino que conduce a esta idea es muy largo. En Europa encontramos la idea de libertad por vez primera en Homero. Héctor habla a Andrómaca del día en que caerá Troya y las troyanas se verán privadas de su libertad. Habla del «día de la libertad» y el «día de la esclavitud». (Debería haber dicho la «noche de la esclavitud».) Se trataría de la supervivencia tras la pérdida de lo que constituye la esencia del ser humano. Los varones salen mejor librados: mueren en el combate.
Los poemas homéricos, la llíada y la Odisea, fueron los primeros libros de Europa. Fueron fijados por escrito por vez primera en Atenas y hacia 550 a. C. se habían divulgado ya en múltiples ejemplares. Se convirtieron en el catón y la Biblia de Atenas. La ciudad aprendió a leer, los libros fueron copiados y difundidos y Atenas se convirtió en una democracia. Inmediatamente después Atenas pasó a ser el adalid de los pueblos griegos en sus guerras de liberación contra los persas. Ese fue, en resumen, el nacimiento de la idea de libertad y de civilización en Europa .
La democracia ateniense tenía muchas imperfecciones. Los ciudadanos atenienses eran libres. Pero tenían esclavos. Como bien saben todos ustedes, en Rusia y en la Europa central la servidumbre de la gleba existió hasta la segunda mitad del pasado siglo; y hasta esa misma fecha hubo esclavos en América. Allí incluso estalló una espantosa guerra civil antes de que la esclavitud fuera abolida .
La historia de Europa y de las repúblicas americanas es -así podemos afirmarlo perfectamente- la historia de una lucha por la libertad. Esta historia tiene veinticinco siglos de existencia; veinticinco siglos repletos de derrotas. Lo que estaba en juego era la libertad y la igualdad de derechos para todos. Para juzgar hasta qué punto se ha avanzado en los últimos cien años, conviene recordar que en Austria quedó abolida la servidumbre de la gleba en pleno reinado del emperador Francisco José, al que yo mismo llegué a ver de niño en muchas ocasiones.
Pero la lucha por la libertad y por el respeto del ser humano, de la vida y la libertad de los hombres continúa. Porque no existen soluciones fáciles. Se trata de un considerando de capital importancia. Todos nuestros valores tienen sus límites. Y trazar esos límites resulta muy difícil.
Lo mismo ocurre con la libertad. Es evidente que mi libertad debe tener unos límites. Como dijo en cierta ocasión un juez americano: «El límite de tu libertad de mover los puños como mejor te parezca es la nariz de tu prójimo». Llegamos así a lo que el gran filósofo Kant llamó limitaciones de la libertad humana impuestas irremediablemente por la convivencia. Y esas limitaciones deberían repartirse de la manera más igualitaria posible.
Necesitamos al Estado y a sus leyes para lograr que los límites inevitables de la libertad del hombre sean iguales para todos los ciudadanos.

Así es como la idea de libertad conduce irremisiblemente a la idea de igualdad. Pero esta idea de igualdad plantea algunos peligros para la idea de libertad.
Si la tarea del Estado consiste en velar por la igualdad de los derechos y deberes de los ciudadanos, el poder del Estado se convierte en un peligro para la libertad. Han sido muchos los pensadores que se percataron del hecho. El riesgo puede provenir de la burocracia, que acaba por convertirse en la clase dominante y de ese modo amenaza no sólo la libertad, sino en último término también la igualdad, llegando incluso, en determinadas circunstancias, a hacerlas desaparecer: no sólo podemos ser esclavizados por un dictador, por un Mussolini, un Stalin o un Hitler, sino también por el propio Estado, por una burocracia anónima. Dicho peligro fue analizado con suma claridad por Alexis de Tocqueville en su grandiosa obra La democracia en América (publicada en 1835 y 1840), Y posteriormente por Max Weber.
Aún puedo acordarme del lugar preciso de Viena (fue detrás del monumento a Gutenberg, en la Lugeck) en el que en enero de 1918 vi cómo un orden social perfecto, o casi perfecto, dejaba de poder sostenerse en pie: cuando las cosas van bien, la gente se cree que la atmósfera de libertad es algo natural, y deja de estar alerta ante los peligros que amenazan esa libertad. Mientras haya hombres ambiciosos, sedientos de poder, resultará muy fácil arrastrar al infortunio a una sociedad excesivamente afortunada. (Esa fue la idea que inspiró a los ciudadanos de Atenas a instaurar y practicar el ostracismo, expediente que les permitió enviar al destierro a personajes como Arístides, Temístocles y muchos otros.)
Pues lo cierto es que no puede haber una sociedad perfecta.
Existen muchos otros motivos que pueden sumir a un ordenamiento social demasiado perfecto en la absoluta falta de libertad, o bien hacerla totalmente inviable. En América se han ensayado muchas utopías; y de una sociedad abierta deberíamos exigir no sólo que se toleraran, sino incluso que se fomentaran ese tipo de ensayos. Aquellas utopías, sin embargo, que eran libres, no tardaron en desmoronarse; y las que no quedaron hechas añicos, sencillamente es que no eran libres: seguían las directrices de algún dogma religioso o ideológico .
Los ordenamientos sociales no pueden ser mejores que los miembros que los integran. Y pese a lo mucho que es capaz de hacer la educación, lo único que eso significa es que unas personas tienen la posibilidad de influir en otras (sobre todo en las más jóvenes). Pero los buenos educadores no abundan. Y por otra parte, hasta los educadores y maestros natos pueden cansarse de su actividad.
Por la época en que me di cuenta de que no podía haber una sociedad perfecta, formaba parte de un movimiento juvenil. No pasaba de los dieciséis años y era miembro de un grupo juvenil totalmente desorganizado. El grupo no podía ser más simpático. Hacíamos excursiones, salíamos a la montaña, discutíamos y aspirábamos a mejorar el mundo. No fumábamos, no bebíamos alcohol y -por supuesto- no tomábamos drogas.
Pero hasta en el seno de aquel grupo existían tensiones, aunque naturalmente fueran cosa baladí, y desavenencias que no deberían haberse producido. Incluso aquel grupo era una sociedad imperfecta. Aun cuando seguí fiel a aquel modo de vida y pese a mantener incluso hoy día la relación con cinco de aquellos amigos que aún siguen con vida, abandoné el grupo porque me puse a trabajar en unos hogares para niños y con los Amigos de la Infancia. O sea, lo abandoné porque hubo otros grupos que me parecieron más importantes. Pero ninguno era perfecto y las imperfecciones aumentaban a medida que los grupos se hacían más numerosos.
Una y otra vez se han repetido los intentos de mantener la cohesión de los hombres por la fuerza o mediante amenazas. La amenaza del infierno no era más que uno de esos intentos. Las diversas formas de terrorismo tienen más que ver con nuestra época.

Los intentos de nuestras democracias occidentales por utilizar el derecho penal más indulgente, más tolerante que ha habido nunca, no constituyen indudablemente un logro perfecto, pero sí algo mejor que todo lo que ha existido en el pasado y pasemos ahora a la cuestión del poder político. Platón formulaba la cuestión de la siguiente manera: ¿Quién debe gobernar? ¿La minoría o la mayoría? Su respuesta decía: ¡Debe gobernar el mejor! Esa misma habría sido también la respuesta de Mussolini o de Hitler. La cuestión seguía siendo sustancialmente la misma. Marx formulaba la misma pregunta: «¿Quién debe gobernar? ¿Los capitalistas o los trabajadores?».
Pero la cuestión está mal planteada. Yo he propuesto sustituir la pregunta: «¿Quién debe gobernar?» por esta otra: «¿Cómo podemos organizar el Estado y el Gobierno de modo que ni siquiera los malos gobernantes puedan causar unos males excesivamente graves?». La respuesta a este problema es la democracia, que nos permite destituir a un Gobierno sin derramamiento de sangre. No hay más que pensar en la destitución (formalmente una auto-destitución, un cese) del presidente Nixon.
Naturalmente procuraremos tener un buen Gobierno. Pero no siempre lo lograremos. Churchill, que era un buen demócrata, dijo en una ocasión: «La democracia es la peor forma de gobierno que existe, a excepción de todas las demás». Dicho comentario podría tal vez interpretarse de la siguiente manera: si pretendes conseguir una sociedad perfecta, seguramente estarás en contra de la democracia. Pero no conseguirás nada mejor. La política consiste en elegir el mal menor.
Debemos tener muy claro que los demócratas somos sólo responsables de nuestras democracias occidentales. Los Estados del Tercer Mundo no tolerarían que asumiéramos la responsabilidad de lo que son sus propios problemas. Eso no sería más que puro colonialismo. Pero por lo que a nuestros problemas se refiere -la pobreza, el hambre, las sentencias injustas y la crueldad del régimen penitenciario, la protección de las minorías lingüísticas, religiosas o étnicas, la esclavitud y demás formas de servidumbre-, en eso hemos actuado mejor de lo que nunca se había hecho. Y en lo que al gran problema del paro se refiere, estamos intentando encontrar una solución.
Me gustaría resumir todos estos puntos en una sola frase: nuestras democracias occidentales constituyen el ordenamiento social más justo que ha habido a lo largo de la historia; y lo son porque constituyen el ordenamiento social más predispuesto a la reforma y más auto crítico que existe.
Por supuesto que todos desearíamos mejoradas aún más. Los que las consideran algo malo, no saben cómo son las alternativas. Son víctimas de la propaganda que pretende atraemos a un tipo de sociedad mucho menos libre y justa, y que, por tanto, pinta a nuestras sociedades como algo malo.
En cuanto a la guerra y a la bomba atómica, podríamos decir que ésta última ha tenido al menos un efecto positivo: por primera vez en la historia de la humanidad ya nadie desea la guerra, ni en Occidente ni en Rusia. (Los dirigentes rusos esperan que perdamos el valor y vayamos entregándonos sin necesidad de hacer la guerra.) El hecho de que por fin estemos todos en contra de la guerra, es algo importante, sí; pero el modo de evitar la guerra es un problema demasiado serio y no podemos tratado en el epílogo de un debate.
Un estado democrático nunca será mejor que sus ciudadanos. Por eso debemos esperar que los grandes valores de una sociedad abierta - la libertad, la ayuda mutua, la búsqueda de la verdad, la responsabilidad intelectual, la tolerancia- sigan siendo reconocidos como tales en el futuro. Debemos hacer todo cuanto esté a nuestro alcance para ello.

4 comentarios:

Beatriz dijo...

No soy positivista, soy materialista, pero tu blog me ha encantado. Soy española y creo que compartimos intereses comunes. Mi blog es www.beatrizacha.tk

En él aparece citado tu artículo sobre el calentamiento global!!! Genial ;-)
Abrazo

esteban dijo...

Beatriz. Siempre digo que hacer un blog vale la pena aunque lo lea una sola persona. Y si esa persona es como tú, mejor aún. Estuve visitando tu blog y creo que tenemos un punto de vista similar frente a la realidad. Lo incorporaré para linkearlo desde el mío. Un saludo de un "sudaca" que vivió cinco años en Madrid.
Esteban

Orlando Tambosi dijo...

Boa lembrança, Esteban.

Me espanta que ainda se pense (como Beatriz) em Popper como "positivista" - logo ele, acusado de assassinar o postivismo...

esteban dijo...

No se si se trata de eso. Me escapo de la Filosofía, porque generalmente se usan etiquetas mal definidas. Tampoco se a esta altura que sigifica ser materialista.
Pero esta bueno el blog de Beatriz, te lo recomiendo.
Saludos

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