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martes, octubre 23, 2007

Lecciones de Winston Churchill

La lectura de “ La Segunda Guerra Mundial” de Winston Churchill debería ser obligatoria en la Universidad argentina, y en especial , debería ser texto de estudio para cualquier aspirante a político. ¿Cómo animarse a competir por el poder desconociendo el pensamiento y la acción de quien se hizo cargo del gobierno de su país en la más dramática hora?
“ En tres semanas- escribe- el famoso Ejército francés sufrió una derrota aplastante y nuestro Ejército británico fue arrojado al mar y perdió todo su equipo. En un plazo de seis semanas nos encontramos solos, casi desarmados, con Alemania e Italia, triunfantes , dispuestas a echársenos encima, con toda Europa expuesta al poder de Hitler y con Japón fulminándonos desde el otro lado del mundo. En medio de estos hechos y estas perspectivas que se avecinaban asumí mis obligaciones como primer ministro y ministro de Defensa y encaré la primera misión de formar un gobierno compuesto por todos los partidos para dirigir los asuntos de Su Majestad…”

Qué ocasión! Durante muchos años, solo, contra la opinión del Gobierno y de los partidos de la oposición, Churchill había alertado sobre el peligro nazi, había informado detalladamente de cada avance del arrollador Reich en la construcción de un ejercito, una armada y una aviación que superarían en pocos años las capacidades de Gran Bretaña y de Francia juntas. Había denunciado cada aflojada frente al avance alemán (la ocupación de Renania en 1936, la anexión de Austria en 1938, la entrega de los Sudetes y el desmembramiento de Checoeslovaquia en ese mismo año, el vergonzoso pacto de Munich y por último la amenaza a Polonia).
Era su hora!
La hora de la venganza, de la “purga”, el pase de facturas, la destrucción de los politicos enemigos!

“Nadie tenía más derecho que yo a pasar una esponja sobre el pasado; por lo tanto, me resistí a esas tendencias perjudiciales. “Si el presente- dije algunas semanas después- trata de juzgar al pasado, perderá el futuro”. Este argumento y el tremendo peso que imponían las circunstancias aplastaron a los que pretendieron montar una caza de brujas”

Imaginemos alguna situación similar en nuestro contexto. ¿Desaprovecharía alguno de nuestros politicos la ocasión de deshacerse de sus enemigos, de poner en claro quien manda, de destruir toda oposición interna en su partido, de cegar toda futura conflictividad, de dar una lección de “ejercicio del poder” y de asegurar su reelección futura? Pregunta retórica.
Se lanzarían, seguramente con voracidad, a disfrutar del poder y vengar así el “ninguneo” a que hubieran sido sometidos antes, gozarían con infinitos festejos, actos, discursos, homenajes, pedidos de disculpa, reconocimientos, besamanos, colocación de placas alusivas, firmas de declaraciones y conferencias de prensa.

“ Es justo considerar ruin el poder que se complace en tratar con prepotencia a los demás seres humanos o en contribuir a la pompa personal. Pero el poder en una crisis nacional, cuando un hombre cree saber las órdenes que tiene que dar, es una bendición”. (…) estando en la cima todo es mucho más fácil. Un lider que ha sido aceptado sólo tiene que estar seguro de lo que conviene hacer , o al menos tomar una decisión al respecto. Los apoyos con los que cuenta un número uno son impresionantes. Si tropieza, hay que respaldarlo. Si se equivoca , hay que disimularlo. Si duerme, no hay que molestarlo sin necesidad. Si no sirve, hay que eliminarlo. Pero este último proceso extremo no puede realizarse todos los días y, por cierto, menos cuando acaba de ser elegido.”


Es central en el pensamiento organizativo de Churchill (el cómo organizar la maquinaria de gestión del estado en guerra) la claridad en las funciones, la ausencia de mezcla. Las decisiones estrategicas son unipersonales: el Primer ministro es a su vez Ministro de Defensa y está a cargo del esfuerzo de planear y ejecutar la guerra contra el Eje.

“La posicion del Primer Lord del Almirantazgo y la de los secretarios de Estado de Guerra y Aviación se vio afectada de forma decisiva de hecho, aunque no en la forma. Ya no pertenecían al gabinete de Guerra (…) pero rápidamente y de forma imperceptible dejaron de ser responsables de la formulación de planes estratégicos y de la conducción diaria de las operaciones(…) Pero la dirección efectiva de la guerra quedó en muy poco tiempos en muy pocas manos, y lo que antes parecía tan difícil se volvió mucho más sencillo (…). A pesar de la turbulencia de los acontecimientos y de los numerosos desastres que tuvimos que soportar, la maquinaria funcionaba de forma casi automática, y uno vivía en una corriente de pensamiento coherente que se podía traducir con gran rapidez en una acción ejecutiva”

Es decir, la planificación estratégica se independiza de la gestión organizativa, el día a día no oscurece la claridad de un “pensamiento coherente” que es lo primero que debe garantizar una organización. Algo asi como “darle espacio al pensamiento estratégico”.


“ Soy un gran partidario de resolver los asuntos oficiales por escrito. (…) Salvo en la jerarquía de la disciplina militar, siempre es mejor expresar opiniones y deseos que dar órdenes. Sin embargo, las directrices escritas procedentes del jefe de un gobierno legítimamente constituido eran tan importantes que , aunque no se expresaran como órdenes, con mucha frecuencia se concretaban formalmente”(..) emití la siguiente minuta “Que quede bien claro que todas las órdenes que yo emita se darán por escrito(…)”

.

“A medida que fue aumentando la confianza , el gabinete de Guerra tuvo una intervención cada vez menos activa en cuestiones operacionales, aunque las observaban con suma atención y pleno conocimiento. Me quitaron de encima casi todo el peso de los asuntos internos y del partido, con lo que pude concentrarme en el tema principal.”


Fragmentos del libro


Tras la caída de Francia, todos nuestros amigos y enemigos se preguntaron: «¿Se rendirá también Gran Bretaña?» En la medida en que cuentan las declaraciones públicas frente a los acontecimientos, en nombre del gobierno de Su Majestad muchas veces manifesté nuestra decisión de seguir luchando solos. Después de Dunkerque, el cuatro de junio, utilicé la expresión «si es necesario, durante años, si es necesario, solos). Este comentario no se introdujo por azar, y el embajador francés en Londres recibió instrucciones, al día siguiente, de averiguar lo que realmente quise decir. Le dijeron que «exactamente lo que se dijo». Tuve ocasión de recordárselo a la Cámara en mi discurso del dieciocho de junio al día siguiente de la caída de Burdeos. Entonces di «ciertos indicios de los fundamentos prácticos y concretos en los que basábamos nuestra inflexible decisión de continuar la guerra». Pude garantizar al Parlamento que nuestros asesores profesionales de las tres armas tenían una confianza razonable en que al final conseguiríamos la victoria. Les dije que había recibido mensajes de los primeros ministros de los cuatro dominios apoyando nuestra decisión de seguir luchando y declarándose dispuestos a correr la misma suerte que nosotros:
«Cuando me planteo este pavoroso balance y considero con desilusión todos los peligros que corremos, veo muchos motivos para el esfuerzo y la vigilancia, pero ninguno para el pánico o el temor.» Y añadí: «Durante los primeros cuatros años de la última guerra, los aliados no sufrieron más que desastres y desilusiones. [oo.] Muchas veces nos preguntamos: "¿Cómo vamos a ganar?", y nadie podía responder con demasiada precisión hasta que al final, de pronto, inesperadamente, nuestro terrible enemigo se derrumbó frente a nosotros, y nos saturamos tanto con la victoria que, en nuestra locura, la desperdiciamos.»
Finalicé diciendo:
«Lo que el general Weygand llamaba la batalla de Francia ha acabado. Supongo que está a punto de comenzar la batalla de Gran Bretaña, de la que depende la supervivencia de la civilización cristiana. De ella depende nuestra propia vida como británicos y la continuidad de nuestras instituciones y de nuestro imperio. Toda la furia y el poder del enemigo se volverán muy pronto contra nosotros. Hitler sabe que tendrá que derrotamos en esta isla o perder la guerra. Si podemos ponemos a su altura, toda Europa puede ser libre y la vida del mundo puede avanzar hacia amplios terrenos bañados por el sol. En cambio, si fallamos, todo el mundo, también Estados Unidos, incluido todo lo que hemos conocido y apreciado, se hundirá en el abismo de una nueva edad oscura, que parece más siniestra y tal vez más prolongada bajo las luces de la ciencia pervertida. Por tanto, preparémonos para cumplir nuestras obligaciones y tenga¬mos en cuenta que, si el imperio británico y su Comunidad de naciones duran mil años, los hombres dirán que "éste fue su mejor momento".»

Todas estas palabras, tantas veces mencionadas, se hicieron realidad a la hora de la victoria, pero entonces no eran más que palabras. Los extranjeros que no comprenden el carácter de la raza británica cuando se les sube la sangre a la cabeza habrán supuesto que no eran más que una fachada atrevida, levantada como un buen preludio para las negociaciones de paz. Era evidente que Hitler necesitaba acabar con la guerra en el oeste y que estaba dispuesto a ofrecer las condiciones más, tentadoras. Para aquellos que, como yo, habíamos estudiado sus movimientos no parecía imposible que consintiera en mantener intactos a Gran Bretaña, a su imperio y a su Flota firmando una paz que le hubiera dado carta blanca en el este, de la cual ya me habló Ribbentrop en 1937, y que era lo que él más anhelaba. De momento, no le habíamos causado demasiados perjuicios. En realidad, tan sólo habíamos añadido nuestra propia derrota a su triunfo sobre Francia. ¿Puede uno extrañarse de que no se convencieran los astutos calculadores en muchos países, ignorantes como eran en su mayoría de los problemas de una invasión extranjera y de la calidad de nuestra Fuerza Aérea, y que vivían bajo la abrumadora impresión del poder y el terror alemanes? No todos los gobiernos surgidos de la democracia o del despotismo, ni todas las naciones, aunque estuvieran bastante solas y, según parecía, abandonadas, se habrían expuesto a los horrores de una invasión, desdeñando una oportunidad bastante buena de paz para la que se podían presentar muchas excusas plausibles. La retórica no era ninguna garantía. Habría aparecido otro gobierno. «Los belicistas habían tenido su oportunidad y habían perdido.» Estados Unidos se había mantenido distante. Nadie tenía ninguna obligación con la Rusia soviética. ¿Por qué no iba Gran Bretaña a unirse a los espectadores que, en Japón y en Estados Unidos, en Suecia y en España, observarían con un interés imparcial, o incluso con placer, una lucha mutuamente destructiva entre el imperio nazi y el comunista?
A las generaciones futuras les costará creer que las cuestiones que he resumido aquí no se consideraran dignas de ocupar un lugar en el orden del día del gabinete, o que ni siquiera se mencionaran en nuestros cónclaves más privados. La única manera de acabar con las dudas es por medio de los hechos. y los hechos estaban por venir.


………….

En los últimos días de Burdeos, el almirante Darlan se convirtió en una figura muy importante. Mis contactos con él habían sido pocos y formales. Lo respetaba por el trabajo que había realizado en la recreación de la Armada francesa que, después de diez años de estar bajo su control profesional, era más eficiente que en ningún otro momento desde la Revolución francesa. Cuando vino a Inglaterra en 1939 le ofrecimos una cena oficial en el Almirantazgo. En respuesta al brindis, lo primero que hizo fue recordamos que su bisabuelo había muerto en la batalla de Trafalgar, lo que me hizo pensar que se trataba de uno de esos buenos franceses que odian Inglaterra. Las discusiones navales anglofrancesas que se desarrollaron en enero también demostraron lo celoso que era el almirante de su posición profesional con respecto a quien fuera el ministro político de la Armada. Esto se había convertido en una auténtica obsesión y, creo yo, desempeñó un papel decisivo en su comportamiento.
Por lo demás, Darlan estuvo presente en la mayoría de las conferencias que he descrito y, a medida que se acercaba el fin de la resistencia francesa, me aseguró varias veces que, ocurriera lo que ocurriese con la Flota francesa, ésta no debía caer jamás en poder de los alemanes. En Burdeos llegó el momento decisivo en la carrera de este almirante ambicioso, interesado y competente. Su autoridad sobre la Flota era, a todos los efectos prácticos, absoluta. Bastaba con que diera la orden de que los barcos se dirigieran a puertos británicos, estadounidenses o a los de las colonias francesas (de hecho, algunos ya habían zarpado) para que lo obedecieran. La mañana del diecisiete de junio, tras la caída del gabinete de Reynaud, le anunció al general Georges que estaba decidido a dar la orden. Al día siguiente, Georges se reunió con él por la tarde y le preguntó qué había ocurrido. Darlan le respondió que había cambiado de opinión. Cuando le preguntó por qué, respondió simplemente: «Ahora soy ministro de Marina.» Esto no quería decir que hubiera cambiado de opinión para ser ministro de Marina, sino que, como ministro de Marina, tenía una perspectiva diferente.
¡Qué vanos son los cálculos que hacen los hombres por interés! Pocas veces ha habido un ejemplo más convincente. Hubiera bastado con que Darlan zarpara en cualquiera de sus barcos hacia cualquier puerto fuera de Francia para convertirse en el amo de todos los intereses franceses al margen del control alemán. No habría llegado, como el general De Gaulle, tan sólo con un corazón invencible y un puñado de almas gemelas, sino que habría llevado consigo, fuera del alcance alemán, a la cuarta Armada del mundo, cuyos oficiales y hombres le eran fieles a él en persona. Actuando así, Darlan se habría convertido en el jefe de la Resistencia francesa, con una poderosa arma en la mano. Los astilleros británicos y estadounidenses se habrían puesto a su disposición para el mantenimiento de su flota. La reserva de oro francesa en Estados Unidos le habría garantizado, una vez reconocido, abundantes recursos. Todo el imperio francés se habría unido en torno a él. Nada le habría impedido convertirse en el libertador de Francia. La fama y el poder que deseaba tan ardientemente estaban al alcance de su mano. En cambio, pasó por dos años de preocupaciones y un cargo ignominioso, hasta una muerte violenta, una sepultura deshonrosa y un nombre que sería execrado durante mucho tiempo por la Armada francesa y el país que hasta entonces había servido tan bien.


…………….

En esos días de verano de 1940, tras la caída de Francia, nos quedamos completamente solos. Ninguno de los dominios británicos, ni la India, ni las colonias podían enviamos ayuda decisiva, ni enviamos a tiempo lo que tuvieran. Los ejércitos alemanes, nutridos y victoriosos, totalmente equipados y con la gran reserva de las armas y los arsenales capturados, se preparaban para el ataque final. Italia, con fuerzas numerosas e impo¬nentes, nos había declarado la guerra y se afanaba por lograr nuestra destrucción en el Mediterráneo y en Egipto. En el Lejano Oriente Japón lanzaba miradas inescrutables y, de forma significativa, solicitaba el cierre de la carretera de Birmania a los productos procedentes de China. La Rusia soviética estaba vin¬culada a la Alemania nazi por su pacto y prestaba una ayuda importante a Hitler en cuanto a materias primas. España, que ya había ocupado la zona internacional de Tánger, podía volverse contra nosotros en cualquier momento y reclamar Gibraltar, o pedir ayuda a los alemanes para atacado, o montar baterías para dificultar el paso por el Estrecho. La Francia de Pétain y de Burdeos, que poco después se trasladó a Vichy, podía verse obligada cualquier día a declaramos la guerra. Lo que quedaba en Talón de la Flota francesa parecía estar en poder alemán. Sin duda, no nos faltaban enemigos.
Después de Orán, a todos los países les quedó claro que el gobierno y la nación británicos estaban decididos a luchar hasta el final. Pero aunque no hubiera ninguna debilidad moral en Gran Bretaña, ¿cómo superar los espantosos hechos físicos? Era sabido que los ejércitos que había en el país casi no tenían más armas que fusiles, y que tendrían que pasar meses antes de que nuestras fabricas pudieran compensar siquiera las municiones perdidas en Dunkerque. No es extraño que el mundo en general estuviera convencido de que nos había llegado la hora.
Cundió la alarma en Estados Unidos y, sin duda, por todos los países libres que quedaban. Los estadounidenses se preguntaron seriamente si era correcto desprenderse de algunos de los recursos que tenían tan limitados para permitirse un sentimiento generoso aunque desesperado. ¿No debían forzar cada nervio y cuidar cada arma para remediar su propia falta de preparación? Se necesitaba un criterio muy seguro para elevarse por encima de estos argumentos convincentes y realistas. La gratitud de la nación británica se debe al noble presidente, a sus excelentes oficiales y a sus importantes asesores que nunca, ni siquiera antes de la llegada de las terceras elecciones presidenciales, perdieron su confianza en nuestra suerte o en nuestra. voluntad.
Es posible que inclinara la balanza el carácter optimista e imperturbable de Gran Bretaña, que yo tenía el honor de manifestar. Aquí teníamos un pueblo, que en los años previos a la guerra había llegado a los límites extremos del pacifismo y la imprevisión, que se había permitido el juego de la política de partidos y que, a pesar de disponer de tan pocas armas, se había introducido alegremente en el centro de las cuestiones europeas, y que ahora tenía que rendir cuentas al mismo tiempo por sus impulsos virtuosos y su falta de preparación. Pero ni siquiera se inmutaban, sino que desafiaban a los conquistadores de Europa. Parecían dispuestos a dejar que su isla quedara hecha un caos antes que rendirse. Esto escribiría una página bonita en la historia, pero había otras historias de este tipo. Atenas había sido conquistada por Esparta. Los cartagineses presentaron una resistencia desesperada ante Roma. No pocas veces, en los anales del pasado, y mucho más en las tragedias jamás registradas u olvidadas hace tiempo, han desaparecido unos estados valientes, orgullosos y tranquilos, e incluso razas enteras, de modo que sólo se conserva su nombre, o ni siquiera se los menciona.
Pocos británicos y muy pocos extranjeros comprendían las peculiares ventajas técnicas de nuestra insularidad; tampoco se supo en general cómo se mantuvieron los aspectos fundamentales de la defensa aérea y, últimamente, de la marítima. Habían pasado casi mil años desde la última vez que se vieron en suelo inglés las hogueras de un campamento extranjero. En el momento culminante de la resistencia británica, todos mantuvieron la calma, satisfechos de jugarse la vida. Que tal era nuestro estado de ánimo lo fueron reconociendo poco a poco nuestros amigos y enemigos en todo el mundo. ¿Qué había detrás de todo esto? Algo que sólo se podía resolver mediante la fuerza bruta.
También había otro aspecto. Uno de nuestros mayores peligros durante el mes de junio consistió en desperdiciar nuestras últimas reservas en una vana resistencia francesa en Francia, y la fuerza de nuestra aviación se agotó paulatinamente mediante sus vuelos o su transferencia al continente. Si Hitler hubiera estado dotado de una sabiduría sobrenatural habría reducido el ataque al frente francés, haciendo quizá una pausa de tres o cuatro semanas después de Dunkerque, en la línea del Sena y, mientras tanto, habría desarrollado sus preparativos para invadir Inglaterra.Así habría tenido una oportunidad decisiva y podría habernos torturado en el atolladero de abandonar a Francia en su agonía o desperdiciar los últimos recursos para nuestra existencia futura. Cuanto más instábamos a Francia a seguir luchando, más obligados estábamos a ayudarla, y más dificil habría sido hacer preparativos para la defensa de Inglaterra y, sobre todo, para mantener en reserva los veinticinco escuadrones de aviones de combate de los que todo dependía. En este punto, no deberíamos haber cedido jamás, aunque la negativa hubiera despertado amargos resentimientos en nuestro aliado y hubiera envenenado todas nuestras relaciones. Incluso fue con cierta sensación de alivio que algunos de nuestros altos mandos se enfrentaron con nuestro nuevo y tan simplificado problema. Como le dijo el portero de uno de los clubes de las Fuerzas Armadas en Londres a un socio que tenía un aspecto ali¬caído: «De todos modos, señor, hemos llegado a la final, y se va a jugar en nuestro campo.»


…………………

Ni siquiera en este momento el Alto Mando alemán subestimó la fuerza de nuestra posición. Ciano cuenta que, cuando fue a ver a Hitler a Berlín, el siete de julio de 1940, mantuvo una larga conversación con el mariscal Van Keitel que, igual que Hitler, le habló del ataque a Inglaterra, repitiéndole que todavía no se había tomado ninguna decisión definitiva. Le parecía posible el desembarco, pero lo consideraba «una operación sumamente difícil, que hay que emprender con la máxima precaución, teniendo en cuenta el hecho de que la información se¬creta disponible sobre la preparación militar de la isla y sobre las defensas costeras es escasa y no demasiado fiable» .

El diecinueve de julio Hitler pronunció un discurso triunfal en el Reichstag en el que, tras predecir que yo no tardaría en refugiarme en Canadá, realizó lo que se llamó su oferta de paz. Este gesto fue acompañado, durante los días siguientes, por delegaciones diplomáticas a Suecia, Estados Unidos y el Vaticano. Naturalmente, Hitler se habría quedado muy con¬tento si, después de someter a Europa a su voluntad, hubiese podido acabar la guerra consiguiendo que Gran Bretaña aceptara lo que había hecho. En realidad, no era una oferta de paz sino un intento de lograr que Gran Bretaña renunciara a todo por lo que había entrado en guerra para mantenerlo.
Lo primero que pensé fue en un debate solemne y formal en las dos cámaras del Parlamento, pero a mis colegas les pareció que esto sería darle demasiada importancia a la cuestión, sobre lo que estuvimos todos de acuerdo. En cambio se decidió que el ministro de Asuntos Exteriores rechazara el gesto de Hitler en una emisión radiofónica. La noche del día veintidós, «dejó de lado» los «llamamientos de Hitler de someterse a su voluntad». Contrastó la imagen que Hitler tenía de Europa con la imagen de la Europa por la que luchábamos y declaró que «no dejaremos de luchar hasta asegurar la libertad». En realidad, el rechazo a toda idea de una negociación ya había aparecido en la prensa británica y en la BBC, sin que el gobierno de Su Majestad hiciera nada al respecto, en cuanto se escuchó por radio el discurso de Hitler.
Ciano hace constar en su diario que «la noche del día diecinueve, al conocerse la frialdad de la primera reacción británica ante el discurso, se extendió entre los alemanes una sensación de desilusión mal disimulada». A Hitler «le gustaría llegar a un acuerdo con Gran Bretaña. Él sabe que la guerra con los británicos será dura y sangrienta, y sabe también que en todas partes la gente está en contra de los derramamientos de sangre». Mussolini, por el contrario, «teme que los ingleses en¬cuentren en el discurso demasiado ingenioso de Hitler un pre¬texto para iniciar las negociaciones». Señala Ciano que «eso sería una lástima para Mussolini que, ahora más que nunca,quiere la guerra» *. No hacía falta que se preocupara: tendría toda la guerra que quisiera.
…………………….

A medida que nos acercábamos al final del año cobramos plena conciencia de sus luces y sus sombras. Estábamos vivos. habíamos derrotado a la Fuerza Aérea alemana. No habían invadido nuestra isla. El Ejército nacional era más poderoso. Londres había soportado triunfalmente todas las pruebas. Todo lo relacionado con nuestro dominio del espacio aéreo sobre nuestra propia isla mejoraba rápidamente. La difamación de los comunistas que obedecían órdenes de Moscú farfullaba acerca de una guerra imperialista capitalista. Pero las fabricas bullían de actividad y toda la nación británica trabajaba duro, día y noche, entusiasmada por una ola de alivio y orgullo. Resplandecía la victoria en el desierto libio y, al otro lado del Atlántico, la gran república se acercaba cada vez más a sus obligaciones y en nuestra ayuda.
Estoy seguro de que podemos calificar este año tremendo como el más espléndido, y también el más mortal, en nuestra larga historia inglesa y británica. Una gran Inglaterra, organizada de forma curiosa, destruyó a la Armada Invencible. Una' intensa llama de convicción y resolución nos impulsó durante los veinticinco años del conflicto que enfrentó a Guillermo III y Marlborough con Luis XlV. Hubo una época famosa con Chatham. Estuvo la larga lucha contra Napoleón, en la que conseguimos sobrevivir gracias al predominio marítimo de la Armada británica bajo el liderazgo clásico de Nelson y sus colegas. Un millón de ciudadanos británicos murieron en la primera guerra mundial. Pero no hubo nada peor que 1940.
A finales de ese año, esta isla pequeña y antigua, con su comunida de Naciones, sus dominios y sus añadidos bajo todos los cielos, demostró ser capaz de soportar todo el impacto y el peso del destino mundial. Sin rechistar ni titubear, y sin fallar. El espíritu del pueblo y de la raza británica demostró ser invencible. El baluarte de la Commonwealth y el imperio no pudo ser tomado por asalto. Solos, aunque con el apoyo de todos los latidos generosos de la humanidad, desafiamos al tirano en el momen to culminante de su triunfo.

Toda nuestra fuerza latente estaba viva. Ya sabíamos lo que era el terror aéreo. La isla era intangible, inviolable. De allí en adelante nosotros también tendríamos armas con las que luchar. De allí en adelante también nosotros seríamos una máquina bélica sumamente organizada. Le habíamos demostrado al mundo que éramos capaces de defender lo que era nuestro. La cuestión de que Hitler dominara el mundo tenía dos aspectos. Gran Bretaña, a la que tantos habían descartado, seguía luchando, mucho más fuerte que nunca, y cada día más. El tiempo había vuelto a ponerse de nuestra parte, y no sólo del lado de nuestro país. Estados Unidos se estaba armando rápidamente y cada vez se acercaba más al conflicto. La Rusia soviética que, por un cruel error de cálculo, nos juzgó inútiles al estallar la guerra y le compró a Alemania una inmunidad efímera y una parte del botín, también se había vuelto más fuerte y se había asegurado posiciones avanzadas para su propia defensa. De momento, Japón parecía intimidado por la perspectiva evidente de una guerra mundial prolongada y, observando con ansiedad a Rusia y Estados Unidos, meditaba profundamente sobre lo que le resultaba prudente y provechoso hacer.
Esta Gran Bretaña y los distantes estados y dependencias relacionados con ella, que les había parecido que estaban a un paso de la ruina, con el corazón a punto de traspasarse, hacía quince meses que se concentraban en el problema de la guerra, entrenando a sus hombres y dedicando a la lucha la variedad infinita de sus vitalidades. Atónitos y aliviados, los países neutrales más pequeños y los estados subyugados veían que las estrellas seguían brillando en el cielo. La esperanza y, con ella la pasión, volvían a renacer en el corazón de cientos de millones de hombres.
La buena causa triunfaría. La bandera de la libertad, que en esta hora fatídica era la bandera británica, seguiría ondeando hacia todos los vientos.
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2 comentarios:

Eugenio Palopoli dijo...

Excelente post. Pocos hombres del siglo XX han sido tan grandes como Winston Churchill.

Siempre recuerdo la impresión que me causó una remera exhibida en un puesto callejero, en Londres. Imitaba el estilo de las remeras de los grupos de rock cuando salen de gira, sólo que la "banda" era el ejército nazi, con una gran foto de Hitler en uniforme. Abajo se leía "European Tour 1939-1945", y se reproducía el mapa de Europa con las fechas de las caídas de las principales ciudades como si fueran las fechas de los recitales. Sólo que la silueta de las islas británicas estaban pintadas de rojo, y allí se leía "Cancelled".

Me pareció genial la remera, quise comprarla pero no lo hice, pensando que seguramente algún boludo acá iba a pensar que era propaganda nazi. De esa forma tan simple pude entender el orgullo dl pueblo inglés por la hazaña de haber resistido la invasión. Una verdadera proeza. ¿Hace falta comparar esa historia con la nuestra? Sí, pero da vergüenza apenas pensarlo. Pero la culpa de todo siempre es del imperialismo.

En fin.

esteban dijo...

eSEguramente una votacion popular sobre "el hombre del siglo" lo ubicaría a Lenin o a Fidel en el tope. Nadie recuerda ya al viejo Winston y su digna defensa de Inglaterra y de la democracia amenazada... Un saludo

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