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domingo, noviembre 25, 2007

Excelente artículo de Elena Valero Narváez

¿El pueblo nunca se equivoca?
La idea de que el pueblo nunca se equivoca y a la que recurren siempre los políticos populistas, es otro de los mitos que deberíamos abandonar.
A los hechos me remito. Adolfo Hitler fue elegido democráticamente después de que en su libro “Mein Kampf” mostrara sus macabras intenciones hacia los judíos.
El 9 de noviembre pasó, en nuestro país, sin pena ni gloria aunque fue el aniversario de “La noche de los Cristales Rotos”, Kristallnacht, en alemán.
Vale la pena recordar los acontecimientos que presentaron la primera fase de la persecución a los judíos.
El 7 de noviembre de 1938, un judío polaco de 17 años, Herschel Grynszpan, disparó a Ernst von Rath, secretario de la embajada alemana en París, por no responder a su llamado de ayuda a 20.000 judíos polacos. Estos habían sido secuestrados y deportados en masa de la Alemania nacional-socialista a Polonia. Su familia, que estaba entre ellos, sufría, en horribles condiciones, las idas y venidas en la frontera alemana y polaca, porque el gobierno de Polonia no los admitía.
Este hecho, le dio al gobierno alemán la excusa para intensificar el plan a favor de “la raza aria”. Las autoridades del Partido Nacional Socialista y el gobierno, el 9 de noviembre de 1938, mandaron atacar personas, bienes y templos judíos aduciendo que todo eso era una manifestación espontánea del pueblo alemán.
Fueron destruidas más de mil sinagogas, también cementerios, tiendas, y almacenes judíos. Más de 30.000 personas fueron enviadas a campos de concentración y hubo más de 90 muertos entre los cuales algunos no eran judíos. Murieron por “parecerlo”.
Los judíos alemanes, después de semejante atropello, fueron obligados a pagar al gobierno nacional-socialista multas colectivas, millonarias. Con esta calculada maniobra, el gobierno se quedó con las indemnizaciones pagadas por las compañías de seguros y, las colectividades e instituciones judías, quedaron aún debiendo.
También en Viena, vivieron atormentados por el gobierno (Austria ya había sido anexada a Alemania por el Anchluss ) Los vecinos “arios” hicieron su parte. Como cosa mínima, intelectuales y profesores judíos fueron obligados allí, a fregar los pisos, para humillarlos.
“La noche de los cristales rotos”, fue el símbolo de la piedra libre, que los alemanes no judíos dieron a Hitler para iniciar su programa de exterminio del pueblo judío, la “solución final”, a partir de la iniciación de la Segunda Guerra Mundial.
Fue considerada judía toda persona que no pudiera demostrar que sus cuatro abuelos eran arios. Se prohibieron los casamientos mixtos y desempeñar cualquier actividad rentada, exceptuando las expresamente enumeradas. También, viajar en medios de transporte salvo en zonas y mínimos sectores de los tranvías expresamente asignados para los judíos. Estos, debían usar adherida a sus ropas, una estrella de David amarilla para que pudieran ser fácilmente identificables. Todas estas exigencias, y muchas otras más, se intensificaron aplicando las infames leyes de Nürenberg del año 1935..
Buena parte de un pueblo culto, como el alemán, se olvidó y hasta repudió a Albert Einstein, Sigmund Freud, Gustav Mahler, Franz Kafka (que si bien nació en Praga, siempre escribió en alemán), Karl Böhm, Walter Rathenau, Franz Werfel, Arnold Schönberg y Otto Klemperer, formidable director de orquesta (según Toscanini el mejor que él había conocido), entre tantos otros. También a miles de judíos anónimos que querían vivir, trabajar y educar a sus hijos en Alemania, a la que consideraban su patria.
El permiso que le dieron muchos alemanes con su voto y su silencio a Hitler y luego la notoria falta de ayuda a los perseguidos, nos debería hacer reflexionar sobre la Justicia y la Educación.
Yo, que defiendo a la sociedad civil porque es un freno al poder siempre angurriento del Estado, muestro aquí, que el comportamiento de la sociedad depende de que se eduque en los valores universales de la libertad, la responsabilidad, y el respeto por el otro.
Los que protegemos la propiedad privada, resguardamos en primer término nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, nuestras ideas y al mismo tiempo los de nuestros semejantes, cualquiera que ellos sean.
Muchos alemanes estaban infectados de socialismo y nacionalismo. Hitler se valió del nacionalismo para imponer su política aterradora hacia buena parte de la sociedad.
El pueblo, muchas veces se equivoca. Vemos, en Latinoamérica, dictaduras electivas que lo muestran.
La Constitución chavista, es un engendro totalitario. La gente que sufraga por él, tiene claro el programa de Hugo Chávez.
Espero, que no suceda como en la Alemania nacional-socialista. Muchos judíos creyeron que Hitler no se animaría a tanto: fueron los que se quedaron, pudiendo escapar a la política de exterminio que llevó a la práctica el gobierno alemán.
Como se ha dicho muchas veces, “los pesimistas” que creyeron que Hitler cumpliría con lo que había anunciado y por eso salieron como pudieron de Alemania, son los que sobrevivieron.
“Los optimistas” eran los que pensaron que el pueblo alemán reaccionaría e impediría tan horrendos crímenes. Ellos se quedaron en Alemania y fueron asesinados.
A los que dicen que hay que dejar que los países tengan el gobierno que merecen, porque se equivocaron al votar. Y a los que desechan la intervención en países donde la justicia no existe y la población es encarcelada, torturada y tiranizada, les recuerdo este hecho que marca la opresión de un pueblo por ideas locas.
Cuando se juegan valores universales, los países democráticos no pueden permitir que se violen los derechos humanos en ninguna parte del mundo. Hacerlo es éticamente aberrante.
Los totalitarismos, que han nacido dentro de la cultura occidental, son causa del rechazo de algunos grupos a la sociedad de alta complejidad en la que vivimos. Ella requiere de la libertad para progresar y educarnos como ciudadanos del mundo.
Y por último, educar para ser libres es educar para garantizar la democracia que necesita de una sociedad civil que la reverencie y la haga respetar.
LA JUSTICIA, y lo escribo con mayúscula, si se practica, promueve la educación natural del pueblo, va más allá de ella misma. Siembra, los valores universales que son indispensables para que no ocurran hechos deleznables como el que hoy recuerdo.
Donde no existe el estado de derecho, no importa que haya leyes, son violadas permanentemente por los dictadores que se manejan, como en la Alemania nazi, como si fueran los dueños de toda la sociedad.

Elena Valero Narváez
evaleronarvaez@hotmail.com

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