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sábado, julio 09, 2011

Épica

La verdadera contradicción de estos tiempos es entre Épica y Administración.
O sea, entre los que anuncian catástrofes inminentes, conspiraciones imperiales, desafíos inmensos y se proponen como héroes para aventar esas desgracias, y los modestos administradores que saben que la realidad transita lejos de esos desvaríos y solo proponen que la Administración Pública sea el lugar del arbitraje, de la defensa de los derechos civiles y el garantizador de que la “cosa pública” funcione en igualdad de condiciones para todos los ciudadanos.
Los primeros, como es evidente, obtienen siempre la primera plana de los medios, sedientos cada día de la catástrofe necesaria para mantener la tensión y hacer que la gente, asustada, compre el diario o encienda las noticias que le revelarán la gravedad de la situación.
Otros, en cambio, se ocupan de las rutinas de un Estado administrador que solo cree en el deber de mantener el equilibrio para permitir que espontáneamente la gente invierta, innove, descubra, comercie, intercambie, estudie, y, a su manera, busque la felicidad. Esas historias solo interesan a las revistas ignotas que se leen en los consultorios médicos. Están fuera del interés público.
Esto no es nuevo. Si uno busca en Google “Revolución francesa” encuentra- solo en español- 2,300.000 referencias. Si busca “Revolución americana”, 800.000. La épica revolucionaria de la Revolución Francesa atrae mucho más miradas que la tranquila Revolución Americana, el primer ensayo democrático de la humanidad.
La lógica de los políticos está mucho más cercana al desvarío épico que a la aburrida y poco glamorosa administración de la cosa pública. ¿Alguien recuerda el nombre del presidente suizo, o del primer ministro holandés o dinamarqués? No tienen prensa, porque no se proponen cruzadas épicas contra algo.
La épica necesita como el agua, al Otro, un Enemigo mortal, hábil, astuto, que se disfraza de partidario, que hay que detectar, denunciar, combatir allí donde se encuentre: en los medios, en los mercados, en la oposición, en las universidades, en las iglesias, en los clubes. Un enemigo que conspira desde hace siglos para esclavizar a los pueblos.
La épica requiere gestos y, sobretodo, el discurso que anuncia, comenta y difunde el hecho. Como decía Mussolini, “lo único real es la ilusión”. Como buen periodista, sabía cómo hacer sus anuncios y a qué hora, para ganar los titulares de la prensa matutina.
La épica habla de Proyecto Nacional, Modelo, Doctrina, pero por sobre todo, de lealtad y amor al Líder.
Dijo Eva Perón :”En esta Escuela Superior Peronista habrá que enseñar
justicialismo, pero eso no servirá de nada si no aprenden los argentinos a querer a Perón, porque cuando llegue el día de las luchas y tal vez sea necesario morir, los mejores héroes no serán los que enfrenten a la muerte diciendo ¡La vida por el justicialismo!, sino los que griten ¡La vida por Perón!”

O sea: lucha a muerte por amor al Líder, la quintaesencia de la épica revolucionaria.
En el siglo XXI las grandes batallas épicas las da el islamismo extremo y los restos del socialismo- especialmente en Latinoamérica- que sobreviven gracias a la continua apelación a la lucha a muerte contra el Enemigo. En Venezuela, un Chávez enfermo, trasforma su personal lucha contra la enfermedad en una lucha nacional: “esta batalla también la ganareMOS”. O sea, hasta su batalla personal se transforma en batalla colectiva, en gesta popular.
En Argentina la épica gubernamental va variando de Enemigo, pero siempre hay una batalla gloriosa que emprender: contra el FMI, contra el campo, contra Clarín, contra la Oposición golpista.
Si se les acaba la épica, se quedan sin nada. Y aparecen desnudos

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