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sábado, diciembre 27, 2008

La guerra de las edades

En 2078 nació un solo bebé en Bélgica. Un rubio flamenco que se prendió al pecho de su madre con desesperación. No pudo sacar nada de los viejos pezones de Hilda Voorst, de 52 años, un milagro de voluntad por ser madre a pesar de todo.
La natalidad belga había descendido a poco más que cero. Las mujeres en edad fértil eran cada vez menos. Y eso condenaba a la desaparición al pueblo belga.
El evidente envejecimiento de la población, no solo en Bélgica sino en toda Europa fue suponiendo unos ajustes económicos, culturales y políticos que pocos percibieron en su conjunto hasta que la Nueva Visión se hizo evidente en decenas de series televisivas , novelas y canciones: los viejos eran ya mayoría. “Por fin podríamos acabar con la prepotencia juvenil, con la violencia de las barras de jóvenes, podremos además ganar poder político” parecían decir los ancianos.
Hacía décadas que la vejez, como en toda Europa, se consideraba como un valor positivo. A diferencia de los finales del siglo XX y comienzos del XXI con su glorificación de los jóvenes, lo moderno, lo cool, la onda, estar conectado y toda esa parafernalia publicitaria, hacia mediados de siglo ya era difícil encontrar jóvenes. Las noches de Bruselas se llenaron de Discos Retro, con música de Madonna o, peor, de Los Beatles.
Veamos.
Para 2050 había tantos jubilados (un 30% de la población) que no había fuerza de trabajo capaz de pagar su jubilación. Simplemente no había suficiente capacidad de creación de riqueza como para alimentar a tres millones de ociosos viejos, ávidos además de “gozar de la vida”: de viajar, comprar todas las chucherías tecnológicas, comer en los mejores restoranes de Bruselas: depredadores insaciables que dejarían seca en pocos años la economía belga.
Que hacer? Las presiones cruzadas eran inmanejables: los trabajadores exigían menores aportes jubilatorios, que se restaban de su ingreso, y los viejos exigían mantener los ingresos jubilatorios sin recortes. Los políticos, además, hacían sus cálculos y veían que un 30% de votos era una torta demasiado suculenta y tentadora como para apartarla, en nombre de la racionalidad económica. Era evidente que desde la pura lógica económica, la ecuación “un activo/un pasivo” no cerraba: Con el trabajo de un solo activo no podía financiarse la juerga de un pasivo.
Primero, obviamente, fueron los programas de TV. Largos “volver a vivir”, en los que los invitados rememoraban su infancia, y los viejos amigos, la primera novia o la maestra de sexto aparecían de improviso, transformando el set en un valle de lágrimas, emociones y sonrisas de satisfacción. Luego, telenovelas con protagonistas longevos, programas de debate sobre la menopausia o los mejores resorts para setentones, recetas de “cocina antiage”. Después, toda la música de los 80, 90, 00, 10, 20 y 30 se pasaba por las radios y en las discos, permanentemente. Los viejos ídolos reaparecían en revivals a toda orquesta. Recitales de decrépitos músicos de rock eran moneda corriente. Sexólogas demostrando que la virilidad no se pierde nunca, modistos especializados en maduritas, actrices que no se retiraban nunca, programas científicos que mostraban los avances médicos en la prolongación de la vida (llegar a los cien años ya no era un milagro). Y teorías que demostraban que la tranquilidad y buen juicio de los mayores eran preferibles al fuego juvenil a la hora de tomar decisiones.
Todo estaba preparado para la “explosión vieja”, la Nueva Visión, el "olddy power".

Mientras tanto los jóvenes, los menores de sesenta, comenzaban a percibir un conflicto de intereses que los enfrentaba con lo viejos. Un conflicto casi tan épico como el antiguo enfrentamiento entre pobres y ricos que poblaba los libros de historia hasta que la Revolución Nanotecnológica terminó para siempre con el hambre y las carencias más básicas de los diez mil millones de seres humanos. Tampoco quedaban ya colonias y eran pocas las causas que enfrentaban a los hombres. Los filósofos críticos ya tenían poco y nada para criticar. Se había logrado la igualdad de género, se respetaban los derechos de las minorías y los de las mayorías, no había dictaduras, aun en Corea del Norte o en China la democracia brillaba, impecable. No era ese el tema. No había explotación, discriminación, racismo, homofobia, machismo, feminismo, se respetaba el Medio Ambiente (aunque el fiasco del “calentamiento global” había puesto en descrédito a los “verdes”). Las armas de destrucción masiva eran cosas del pasado. La soledad era cosa de canciones, nada más: la microcomputacion nos conectaba al instante con cualquiera, se compartían las videoexperiencias-que no eran filmaciones sino transmisiones directas desde el cerebro del que volaba en ala delta, a los cerebros de su “grupo de contactos”, que de esta forma vivían en persona lo que le sucedía a otro. Ni hablar del uso sexual de estos maléficos inventos. En realidad la gente ya casi no fornicaba. Actores porno de una belleza y unas habilidades notables, nos transmitían directamente sus sensaciones y visiones, con o cual la gente simplemente se tiraba en un sillón y obtenía unas experiencias sexuales inimaginables décadas atrás: menaje a trois, bestialismo, sado, grupo, raciales, teens, todas las variantes estaban a disposición de cualquier “grupo de contactos”.
La paz reinaba, lo mismo que el bienestar económico: democracia, libertades, progreso, alegría de vivir: esos viejos sueños de la Humanidad que tanto sudor y sangre habían costado eran la “ realidad efectiva”- como un viejo Himno cantaba- que debíamos a la Nanotecnología.
Como se sabe en aquella época del siglo XXI, el calentamiento global había pasado sin pena ni gloria, con lo cual los paises se habían dedicado a crecer optimistas. La población se había estabilizado en los diez mil millones, el PBI per cápita mundial se ubicaba en los diez mil dólares y, en general, a excepción de Botswana, las necesidades básicas de las poblaciones estaban bien cubiertas. La gente vivía en promedio unos 85 años y moría, eso sí, sin resolver el misterio de la vida y la muerte. La angustia, la falta de sentido, la culpa, los celos, el amor no correspondido, la soledad, el dolor seguían siendo los materiales con los que se conformaba lo humano. A diferencia de los robotitos programables, los humanos seguían siendo, por lo general, imprevisibles, arbitrarios, genios, demonios, santos e idiotas, a veces todo eso en un único espécimen.
El SIDA, el cáncer y las cardiopatías habían desaparecido. La muerte no había sido aun vencida, aunque existían prometedores trabajos en ese sentido - desaceleradores vitales, los llamaban: unas nanomáquinas que atemperaban los procesos vitales y el desgaste de las células.

Pero ahí estaban los viejos, quitándonos la mitad de nuestro salario.
La idea surgió en los foros juveniles. Los pocos jóvenes entre 20 y 25 años eran los más agresivos. Decían: por cada uno de ellos, dos de los nuestros vivirán mejor. Los más extremos se habían confabulado para matarse los abuelos mutuamente. Se sucedieron entonces, a partir de 2059, asesinatos de viejos, incomprensibles para los que no entendían la trama oculta de la cosa.
El viejo grito libertarlo, la vieja consigna de Revolución, el odio de clases, la conjura, la insurrección popular renacían así, volcadas ahora a un nuevo objeto: ni los ricos ni los extranjeros, ni los judíos, ni los negros: los viejos, los malditos viejos que nos quitan la comida.

Mientras tanto, los viejos eran cada vez más, eran un club que se ampliaba y que manejaba vastos recursos: una persona que no trabaja pero que recibe una paga casi equivalente al que sí trabaja, es un ser humano de una cualidad distinta. Han desaparecido para la él las angustias de la lucha por la vida. Tiene más que asegurada su existencia, el disfrute de bienes y servicios. Con muchas horas por día para pensar nuevos negocios, nuevas tramas políticas, nuevas alianzas. Así, el 80% del parlamento se llenó de viejos de setenta y más años, lo mismo que las cátedras, los tribunales, los ministerios.
Se dictaron leyes absurdas que, en general, restringían los beneficios de los trabajadores: cada vez había menos días de vacaciones, más horas semanales de trabajo, se recortaban premios, asignaciones familiares y otros beneficios. En algunos casos se volvía a estándares de mediados del siglo anterior: los explotadores no eran ahora los capitalistas codiciosos, sino los jubilados, que querían seguir gozando de todos los beneficios de la Seguridad Social, en una economía que no producía lo suficiente. Ellos la harían producir más.
La idea nació en algunos cenáculos reservados del Olddy Power. “Por qué no imponer una suerte de semiesclavitud, a fin de que los jóvenes trabajadores laboraran más horas semanales “fue la pregunta. A partir de allí, mediante el poderoso lobby anciano sobre el congreso se dictaron leyes cada vez más duras. Tener un 30% de los votos aseguraba una cómoda superioridad en un parlamento fragmentado en muchos bloques.
Los trabajadores comenzaron huelgas interminables, duramente reprimidas por fuerzas de seguridad. El clima social fue pareciendo cada vez más al del siglo XX.
Algunos viejos proponían una vuelta al viejo colonialismo y hacer redadas en África para raptar mano de obra joven.
Hacía años ya que las migraciones hacia Europa habían cesado, toda vez que África crecía y se enriquecía a ritmo infernal. Mil millones de personas parecían haberse puesto de acuerdo para producir con la mejor calidad y al más bajo precio, con lo cual el mundo se llenó de microchips nigerianos o congoleses. El turismo llegó en bandadas, atraído por la seguridad y la calma de los paisajes africanos, alejadas para siempre las escenas trágicas de las guerras tribales o interestatales que asolaron el continente durante el siglo anterior.
Por eso, los jóvenes africanos no intentaban la emigración a Europa, esa sociedad displicente y racista que los había relegado durante siglos. ¿Ahora le ofrecían grandes salarios para trabajar allí? No gracias, prefiero mi dulce aldea africana… y mi trabajo de programador de software.

La guerra civil parecía ahora inevitable: jóvenes trabajadores cada día más explotados para financiar los lujos de los viejos se organizaban en células terroristas, dispuestos a acabar por la fuerza con la enorme cantidad de viejos explotadores, que tomaban su ginebra en el pub, mientras ellos madrugaban y hacían sus quince horas diarias de trabajo.
Había mucha discusión ideológica que recordaba el ardor de siglos anteriores. Un nuevo Carlos Marx parecía haber sintetizado en una teoría coherente y de enorme fuerza expresiva la posición de los jóvenes.
Sostenía que la Evolución biológica y cultural es protagonizada por los individuos jóvenes, que son los más dispuestos a probar alternativas a fin de ganarse un lugar en la estructura de poder de la sociedad. Esos jóvenes crean modas, música, literatura, ganan las calles de noche, cuando ningún adulto está alerta, se pelean, se foguean en infinidad combates y así se preparan para reemplazar en el mando a los viejos. Se trata de una lucha por el poder: en vez de tomar el de las instituciones existentes la tendencia es a crear nuevas instituciones, a desangrar las existentes para que mueran de anemia. La viejas Instituciones ser resisten (Iglesias, hospitales, escuelas, administración publica, grandes empresas) pero a la larga perecen o son modificadas y bandadas de jóvenes ocupan los nuevos lugares…y se disponen a resistir a la próxima generación. Pero, continúa Carl Marcus, el gurú, la situación -al menos en Europa - esta llegando a un quiebre histórico: se avecina la ultima batalla por la supervivencia: Los viejos han copado todas las instituciones y a los jóvenes “solo les queda perder las cadenas” y emprender una lucha a muerte contra la gerontocracia.
Planteó con toda crudeza la necesidad de imponer una “dictadura joven”, aplicar fuertes controles a los mayores y, eventualmente, emplazar “campos de asilo” donde acomodar a los viejos, imponiéndole un estricto sistema de vida. Calculaba que de ese modo la plusvalía, en vez de alimentar las arcas de la seguridad social se volcaría en los activos, y en incentivos para aumentar la natalidad, única vía para resolver el problema a largo plazo. En eso Marcus era extraordinariamente claro: demostraba con tablas demográficas a la mano que de seguir el ritmo actual de envejecimiento y de baja de la fertilidad, en ochenta años la población belga simplemente desaparecería.
No tardaron en aparecer versiones aun más extremas del marcusismo. No simplemente el terrorismo anárquico de algunos jóvenes extremistas sino toda una concepción de Poder Joven que planeaba el asesinato en masa de los mayores de setenta años. Un lider de esta fracción, Alfred Hedeau, ataviado siempre con uniformes paramilitares, con algunos símbolos medievales en sus banderas hablaba de la vuelta al Mundo Joven del Paraíso, poblado por los bebedores del Agua de la Eterna Juventud, cuya clave decía conocer. Afirmaba que sus contactos con videntes y esoteristas lo había convencido de la existencia de una Fuente de la Juventud ubicada en la Selva Negra.
Se proponía “anexar” esa región al Reino de Bélgica, para lo cual no dudó en encabezar una incursión que terminó en un serio incidente diplomático entre Alemania y Bélgica.
Pero eran tiempos agitados. El viejo espíritu teutón fue conmovido por la acción de Hedeau y la sección germana de la Internacional Poder Joven pronto fue fundada en Munich, en una vieja y célebre cervecería.
Mientras tanto las fricciones entre marcusistas y hedeauistas habían llegado a la sangre. Jóvenes rapados contra jóvenes barbados, ante la mirada socarrona de los viejos, se enzarzaban en luchas cada vez más violentas.
La contraofensiva vieja no se hizo esperar. Aprovechando las divisiones del campo joven, declararon – con el apoyo de sus legisladores- el Estado de Sitio y la Movilización forzada de todas las personas entre 14 y 64 años. Establecieron Empresas Estatales Obligatorias, a las cuales destinaron contingentes de mano de obra semiesclava, argumentando el “estado de guerra fría entre Bélgica y la vecina Alemania”, por l cual el Estado se apropiaba de todas las empresas mayores a 50 empleados. Asimismo enviaron una flota de guerra a las viejas posesiones del Congo con el objeto de capturar esclavos. La necesidad de mano de obra, el bien más preciado dirigía todas las acciones: más trabajadores, que trabajen más horas, y a los cuales se le dedujeran cada vez más ingresos a fin de financiar la Seguridad Social y las Jubilaciones. Este era el simple plan de los viejos en el Poder.
Muchos jóvenes, divididos y sobreexplotados, en jornadas de quince horas, sin conducción y sin esperanzas adoptaron por el remedio extremo.
Ya habían aparecido hacía años sectas redentoristas, que hablaban de inminentes desembarcos extraterrestres, de la necesidad de recibir a los Visitantes Espaciales…en estado de “anima”, esto es, deshaciéndose del cuerpo físico, la envoltura carnal y dejando aparecer la esencia del Ser: el alma incontaminada y eterna.
Algunos suicidios en masa venían realizándose, pero para fines del siglo se organizaban verdaderas orgías suicidas con miles de participantes.
Fracciones marcusistas tomaron el poder en algunas provincias, procediendo a la internación de los viejos en Campos de Asilo, mientras les fanáticos hedeauistas asesinaban en masa a los mayores de setenta años.
Así terminó ese país. El Ejercito Europeo entró a imponer orden, detener la masacre y terminar con los suicidios masivos. Para eso tuvo que bombardear ciudades enteras, asesinando a decenas de miles de ciudadanos belgas, inocentes.
No sabían que en poco tiempo cada país de la Unión Europea protagonizaría un drama similar.

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