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viernes, abril 11, 2008

Artículo de Pilar Rahola sobre la crisis argentina

K en el nido de la serpiente

Publicado en La Nación bajo el título: "El derecho de disentir"

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¿Cómo lo ves?, me espetan, con zozobra, las heterogéneas voces que conforman mi paisaje argentino. Y me invitan a una reflexión serena, quizá con la esperanza de que mi condición de extranjera aporte una mirada singular. Lo cierto es que percibo lo contrario. Mi inevitable extranjería incomoda mi sentido crítico, atenazado por el pudor de meterme en casa ajena, y el lógico respeto al amable país que me acoge.



Sin embargo, por su importancia geoestratégica y por el liderazgo que tiene el país en el pensamiento global, lo que ocurre en la Argentina, ocurre en el mundo, y reflexionar sobre ello forma parte de la agenda de todo analista. Así ha sido con los artículos internacionales sobre los acontecimientos argentinos. El común denominador de todos ellos obliga a una doble conclusión: la Argentina es importante; y lo que ha ocurrido, ha preocupado mucho.



Para muestra, dos botones significativos. El editorial del diario El País , que subtitulaba: "El final de la huelga deja un inquietante poso sobre el estilo político de la Presidenta", y el artículo de The Wall Street Journal : "Los Kirchner controlan el Poder Judicial, el Congreso, el Banco Central, la policía y el gasto en las provincias. La única avenida que quedó libre para expresar disconformidad es la desobediencia civil, y ese camino también se estaría cerrando".



Por supuesto, estos artículos y otros muchos que han salpicado los periódicos de todo el mundo, con notable y sorprendente unanimidad, pueden ser tipificados de obras de "enemigos del pueblo", especialmente por aquellos que creen que el pueblo es de su posesión.



Pero lo cierto es que el ruido argentino ha traspasado fronteras, ha ocupado reflexiones y ha preocupado conciencias. Por mucho que mi admirado amigo Marcos Aguinis hablara del mito de Casandra, que gritaba sus verdades y la tomaban por loca, lo cierto es que puede estar tranquilo. O aún más intranquilo: no sólo Casandra grita que la Argentina no va bien. Acepto, pues, la invitación de mis amigos y aporto mi mirada particular, quizá con la intención de patear aún más el tablero de las ideas. Por supuesto, no analizaré lo concreto, diseccionado estos días por notables periodistas argentinos. A ustedes corresponde la lupa cercana. Pero con la lupa lejana, la realidad política argentina adolece de algunos males, cuya derivada parece una carrera enloquecida, cuesta abajo.



"¡Es la economía, estúpido!", gritó James Carville, asesor de la exitosa campaña de Bill Clinton en 1992, a un desconcertado Bush padre. Y en la Argentina de estos tiempos habrá que gritar, con furor gaucho: "¡Es la democracia!, señorías". Dejemos el "estúpido" para otros estilos



Sí. Es la democracia. Más allá de las contingencias de la huelga del campo e incluso más allá de la torpe actuación de la dirigencia de la Casa Rosada, que no demostró vocación de bombera, sino de pirómana, los síntomas de la Argentina actual suman un conjunto de indicadores altamente tóxicos para la salud democrática de un país. Por supuesto, no pongo en cuestión la democracia argentina; pero me atrevo a decir que no goza de buena salud.



Hace años, en un congreso sobre terrorismo, en París, utilicé el concepto de "democracia herida", justamente para reflexionar sobre los retos que la libertad afronta ante las tentaciones autoritarias. Dichas tentaciones no derivan de líderes dictatoriales, sino, a menudo, de cancillerías democráticas que, sin embargo, recortan sensiblemente las exigencias que la libertad impone al poder público. Y de ese recorte se alimenta el huevo de la serpiente, en su letargo en democracia.



Veamos dichas tentaciones, en el contexto argentino. La primera tentación es un clásico muy eficaz del populismo: el control de la información pública y el desprecio a la prensa libre. La democracia consolida la prensa como uno de sus pilares, y una presidencia que no respete esa independencia, o que ningunee a los periodistas situándolos bajo sospecha, pervierte la naturaleza misma de la democracia. En este sentido, no deja de ser preocupante la actitud de la presidenta Cristina Fernández, mucho más favorable a hablar ante las masas que ante un periodista. ¿Sabrá la Presidenta que ese estilo, el de hablar directamente al pueblo, sin la incómoda cortapisa de la prensa, es propio de países como China, Cuba y, en su momento, la Unión Soviética?



De la tentación de convertir el periodismo en un ejercicio sospechoso cuelga la segunda tentación, la de la confusión entre la nación, la institución y la persona, en una derivada mesiánica propia de los salvadores de patrias. Quiero pensar que la presidenta argentina no tiene esa vocación, pero algunas de sus alocuciones públicas, bien pertrechada por coros de aduladores que se sitúan estratégicamente en los mítines, contienen mensajes claramente mesiánicos. Desde el clásico "yo soy el pueblo" hasta la denuncia de una especie de complot universal contra el país cada vez que un grupo opositor hace lo que tiene que hacer en democracia: oponerse libremente.



En su "La anulación del disenso", que publicó en LA NACION, Carlos Pagni radiografió perfectamente ese fenómeno. Fenómeno que también es un clásico autoritario y que ha tenido su expresión más inquietante en la contundente huelga agropecuaria de estos días. El mecanismo es tan simple como eficaz y letal: el Gobierno propone medidas que lesionan a un sector social, el sector social protesta, el Gobierno se transmuta en la esencia de la Nación; ergo, el sector social se transforma en enemigo de la Nación, y así lo que era una protesta ciudadana acaba siendo una traición al país.



No respetar las dinámicas ciudadanas de protesta, el activismo de la sociedad civil y la lógica opositora de los partidos y confundir a un funcionario público -¿qué es, al fin y al cabo, un presidente?- con la institución nacional es tanto como transformar la política en una religión y las acciones políticas en dogmas de fe. A partir de ahí, los inquisidores de la fe -o de la revolución, tanto monta- se convierten en la mano derecha de los gobiernos. Luis D Elía, por poner el ejemplo más reciente... y más desagradable, es exactamente eso, un guardián de la fe, y como todos ellos a lo largo de la historia no tiene problemas con la violencia.



Mentado el personaje, él es el paradigma de la tercera tentación del populismo: la creación de un poder opaco dentro del poder, generalmente formado por tipos sin demasiados escrúpulos, que conforman un cuerpo ajeno, pero muy visible, que toma decisiones, presiona, controla y a veces, como se ha visto en la Plaza de Mayo, hasta apalea.



Como decía Alfredo Leuco, una auténtica Guardia de Corps al estilo mussoliniano. En este punto no puedo evitar la mención del delirante monólogo que D Elía hizo en el programa de Fernando Peña, donde vomitó su odio y su amenazador verbo con la frialdad que da la impunidad. ¿Puede la presidenta Cristina pasearse por las calles de París, bien emboinada, pidiendo la libertad de Ingrid Betancourt y, al mismo tiempo, mostrarse flanqueada por la izquierda más reaccionaria de América latina, auténtica defensora de las barbaridades de la guerrilla colombiana? Más aún: un país tan importante como la Argentina ¿puede permitirse que un lacayo del Gobierno amenace a las clases económicas y construya un discurso de enfrentamiento propio de las ideas totalitarias?



Que personajes de la inmoralidad de los D Elía, capaces de viajar a Irán y reírse de las víctimas de la AMIA en su propia cara, o brindar por los atentados del 11-S, o considerar héroes a un grupo de terroristas que narcotrafican, secuestran y matan, que esos personajes sean los asesores áulicos de una presidenta democrática sólo puede señalar una cosa: que la herida de la democracia argentina es muy profunda.



El listado de tentaciones del poder, en su afán por estrechar los límites de la libertad, es aún más amplio: presión sobre las clases medias, demonización de los sectores económicos, desmovilización de las entidades no controladas, uso indiscriminado de la calle, control del ámbito judicial, desprestigio del policial, uso perverso de la memoria histórica, con fines revanchistas, y, en definitiva, la creación de una cultura del miedo. "El problema era el miedo", dijo Pepe Eliaschev en Perfil , y remató Joaquín Morales Solá: lo que ha ocurrido "es un gesto de debilidad". Sin duda.



Pero lo cierto es que la Argentina vive, hoy por hoy, en una dualidad demoníaca. Está en el mejor de los momentos, la preside una mujer fuerte y decidida y su sociedad vuelve a tener el dinamismo de las mejores épocas. A la vez, la contamina el odio de la historia, las prácticas autoritarias del poder y la violentación de la calle. La peor realidad en el mejor momento. En esa situación, que no se equivoque la Presidenta cuando, viéndose rodeada por la masa, se cree fuerte. Lo dijo Ibsen en su Enemigo del pueblo : "El hombre más fuerte del mundo es el que está más solo". La claque, el griterío, la adulación y la violencia sólo les dan razón a los lerdos. Lo malo es que pueden imponer la sinrazón a los sensatos.

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