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lunes, mayo 21, 2007

Hayek y los constructivistas

Estuve estudiando. Por ejemplo, Hayek.
Aprendí muchas cosas de este premio Nóbel de Economía. Olvidado, casi, durante décadas y disfrazado ahora (con el “neo liberalismo de los 90”) como un frívolo invocador del laissez fair. Para destruirlo y sacarlo del circuito habitual (diarios, editoriales propias del pensamiento predominante). De hecho no hay casi ningún libro de él en existencias en las principales librerías.
Descubrir a esta altura a Hayek y a su maestro Von Mises parece una impostura. Lo mismo que a su más conocido amigo, Karl Popper.

¿Qué tienen estos viejos vieneses judíos que contarnos a nosotros, sabihondos progresistas asentados en Marx, Sartre y Heidegger?
Voy a tratar de decirlo en mis propias palabras, sin pegotear citas del autor. A ver si puedo.

Hay creaciones espontáneas, construidas en forma anónima por incontables contactos entre seres humanos: el lenguaje, por ejemplo. Sus reglas no requirieron de gramáticos reunidos: surgieron de forma natural, acumulando décadas de cambios paulatinos, construyendo una red de sentido muy difícil de cambiar…por decreto. La Real Academia que supuestamente sistematiza esas reglas, se ha transformado , casi, en legisladora. En vez de descubrir las reglas ocultas, emite decretos sobre el buen uso de la lengua.
Bien. Algo similar ocurre con el mercado y la economía dineraria.
No fue diseñado en ninguna academia o ministerio. La división del trabajo, naturalmente, fue obligando a intercambiar bienes, asignándoles un valor equivalente. Un intercambio libre entre seres libres, guiados por su propio interés y realizando asía un valor social: un intercambio provechoso para ambas partes.
El lenguaje común del mercado es el precio de las mercancías: el sistema de precios informa de modo inequívoco e instantáneo el valor que para los consumidores tienen hoy determinados bienes. Los más demandados aumentaran su precio, obligando al resto del mercado a acomodarse: o crear un producto mejor y más barato, o prepararse para competir, hacer estoqueo, etc. Nadie dirige la operación, porque la información clave es transmitida automáticamente por el sistema de precios.

Hasta aquí lo espontáneo.

El viejo régimen, un muestrario de todas las prácticas intervencionistas fue sucedido por el nuevo régimen. Algo los unía sin embargo: el afán de constructivismo, de ingeniería social: es el legislador el que decide que, como, cuando y a quien comprar.
El racionalismo que trajo la Revolución Francesa, sus incontables profetas, reformadores, utopistas, socialistas científicos o no, partieron todos del desconocimiento de los productos naturales de la sociabilidad y pretendieron legislar para “mejorar el mundo”. Iniciaron así, el “camino de servidumbre”.
Al romper por Ley el sutil sistema de precios, favoreciendo ciertas actividades mediante subsidios, protecciones aduaneras, precios subvencionados, exenciones impositivas, etc. quebraron el sistema de información que proveen los precios libres, alterando así los flujos de inversión y desarrollando arbitrariamente sectores económicos, regiones o productos en detrimento de otros sectores, regiones y productos.
De esta manera la política reemplazó a la economía: un buen lobby empresario puede lograr más que la esforzada búsqueda del producto más barato y mejor.
La vocación política en el sentido de que la obtención del Gobierno es el fin supremo del político, para permitirle cumplir sus “sueños” se ha instalado como un lugar comun indiscutido. Todo se resume, así al “programa” legislativo que el Candidato llevará a la practica. O sea qué sectores de la economía beneficiará y en perjuicio de quién, todo revestido por valores compartidos como “progreso”, “ paz” o “justicia social”.

Los ingenieros sociales en el Gobierno creen que único conocimiento válido es el científico y se saben poseedores (o adquirentes) del conjunto del saber científico. El Estado concentra la poder de la técnica y la ciencia para resolver lo problemas, mediante el Plan. Y todos lo más contentos.
Pero…hay otro conocimiento: el que poseen millones de agentes (trabajadores, empresarios) sobre las características concretas, de tiempo y lugar.
La ciencia necesariamente trata con abstracciones, que desconocen las particularidades locales. El mercado hace exactamente lo contrario. El conocimiento del empresario no se obtiene en la Facultad de Ciencias Económicas sino en el trajín diario en el mercado: características de los productos, de los canales de distribución, deseos y preferencias de los consumidores, maneras de abaratar un costo: esa es la materia de conocimiento del empresario.
Ese conocimiento disperso es no-científico pero imprescindible para que los bienes fluyan.
Pero la fatal arrogancia de los ingenieros sociales es creer que con el conocimiento científico, con los agregados estadísticos, con el formuleo matemático pueden reemplazar el conocimiento disperso en millones de productores y consumidores.

Así llega el Plan.


El socialismo intentó reemplazar millones de decisiones individuales hechas por consumidores soberanos en el mercado, por “el planeamiento económico racional” hecho por pocos investidos con el poder de determinar, quién, qué, cómo y cuando se debe producir y consumir. Esto trajo cortocircuitos, corrupción y masiva frustración de la población. Cuando el gobierno soviético define 22 millones de precios, 460.000 niveles de sueldos, y más de 90 millones de tareas a 110 millones de empleados estatales, el caos, y los cortocircuitos son el resultado inevitable (…)Hay millones de productos y sus variantes, hay cientos de miles de empresas, es necesario tomar millones de decisiones sobre inputs y outputs, el plan debe relacionar fuerza laboral, insumos materiales, salarios, costos, precios, “beneficios planeados”, inversiones, transporte, depósito y distribución, Estas decisiones se originan en diferentes partes de la jerarquía de planificación. Son, como regla, inconsistentes y contradictorias unas con otras porque reflejan los conflictos de intereses de los diferentes estratos de la burocracia.

Yuri N. Maltsev
Academy of Sciences, USSR (1987-89)
April 1990

El ingeniero social ha intervenido secando la savia que recorre el Mercado: savia de vida, conflicto, injusticias, alegrías, fracasos, éxito, broncas, sueños.
No soportan la vida, en realidad. Y , como muestra Popper tienen una concepción conspirativa de la Historia. Siempre un poder ajeno (los extranjeros, los capitalistas, los traidores, Satan) conspira contra el pueblo, al cual hay que defender. Para eso, este pueblo debe ceder algunos pocos derechos a cambio de la seguridad económica, la protección, la tranquilidad.

El pequeño paraiso en la tierra que prometen los constructivistas, claro está, nunca se concretó (tambien por culpa de la permanente conspiración externa).
Y hoy comenzamos regulando el precio del pan y mañana… el infinito: el control total de los deseos de la gente. Esto no reside en la “maldad” del planifcador sino es su lógica profunda. Si dejamos que aflore el deseo prfundo del conumidor estamos afectando “las metas del Plan”.

Ahora sí, una cita de Hayek:

El hecho trágico es que la dirección autoritaria no puede restringirse a la vida económica, sino que está obligada a extenderse y a convertirse en "totalitaria" en el sentido estricto de la palabra. El dictador económico pronto se verá forzado, aún contra sus deseos, a asumir la dictadura sobre toda la vida política y cultural del pueblo. Ya hemos visto que el planificador no sólo debe traducir los "fines", vagos y generales, que rigen la aprobación popular, en una escala de valores concreta y detallada, sino que también debe, si quiere actuar, hacer creer al pueblo que el código de valores particular y detallado que él impone, es el justo. Se ve forzado a crear esta unicidad de propósito que - fuera de las crisis nacionales como la guerra- falta en una sociedad libre. Más aún, si ha de permitírsele llevar a cabo el plan que él cree justo, debe retener el apoyo popular esto es, debe aparentar, a toda costa, tener éxito.
El dictador descubrirá desde un principio que si quiere realizar el deseo del pueblo, tendrá que decirle al pueblo lo que éste debe desear.”

Y lo que “no debe desear”. En palabras de Andre Kaminski, en su “Kiebitz”

“- Y me puede decir usted a quien no se le pueden prestar esos libros?

- Eso no se lo puedo decir, camarada. Sobre eso decide el Comité del Partido.

- Fantástico, ¿Quién elige al Comité del Partido?

- Usted lo sabe tan bien como yo. La base.

- Interesante. O sea, que la base elige al Comité del Partido, y el Comité del Partido decide lo que la base puede leer o no.¿Estoy en lo cierto?

- Así es. ¿Por qué lo pregunta?

- Porque quiero saber quien esta sentado arriba en realidad y quien abajo.

- La base es la instancia más alta. Está arriba. Tiene la ultima palabra. Así se puede leer en los estatutos.

- En ese caso quiero saber porqué la instancia más alta- me refiero a los pequeños miembros del Partido que están arriba y que tienen la última palabra en todas las cuestiones- no pueden leer lo que quieren…

- … Los libros prohibidos están prohibidos porque están prohibidos. Le aconsejo camarada Kiebitz que no haga más preguntas superfluas.”

Ese extraño mecanismo de alienación, mediante el cual “el pueblo” se impide a sí mismo el acceso a lecturas inconvenientes (o a Internet, en la Cuba del siglo XXI) pertenece quizás al mundo de la esquizofrenia.

Sin embargo con brillantez , Hayek demuestra como se trata de un mecanismo “necesario” una vez que se sustituye con el Plan la libre elección de millones de personas.

Como el plan decide sobre millones de cuestiones, jerarquiza millones de precios y decisiones de inversión, no tolera el disenso. La discusión sobre metas precisas altera la lógica racionalista deductiva del Plan y es descripta como “sabotaje contrarrevolucionario”. No es tolerable para la consistencia del Plan.

Y para mantener controlado e inalterable el amor del pueblo al Plan, su adhesión sincera y total, es necesario establecer un casi infinito cuerpo de información que recoja cualquier brizna, cualquier pensamiento, aun no formulado explícitamente, de fastidio o crítica a algún aspecto del Plan: se hace imprescindible la Stasi, la Seguridad del Estado, la Checa, la KGB. (Ver con urgencia “La vida de los otros”).

Termina Hayek:

El problema que enfrentamos aquí no es de ninguna manera característico de la economía .
Surge en relación con casi todos los verdaderos problemas sociales, con el lenguaje y con gran parte de nuestra herencia cultural, y constituye realmente el problema teórico central de toda la ciencia social .

En mi Carrera de Sociología, hacia 1972, nunca se enteraron de eso.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

El mercado es un auto con conductor humano, la sociedad planificada es el mismo auto manejado por códigos programados. Harán la mejor secuencia de instrucciones para guiarlo y lucirá avanzadísimo, pero basta que algo cambie levemente en el recorrido (un pequeño bache nuevo, un perro que cruza, una rama que cae) para que la planificación termine mal. O se corrija pero ya con el auto abollado.
Y eso hablando de un simple auto haciendo un trayecto prefijado. Cuánto más difícil es compaginar sociedades, de por sí sutiles, contradictorias y cambiantes... humanas, bah.

Muy bueno el artículo Esteban.

Gustavo, Uy

esteban dijo...

Eso. Nos han vendido el cuento de que hay que cuidar al gallinero del zorro. ¿Quien nos cuida de los que nos cuidan del zorro?

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