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viernes, septiembre 26, 2008

Los procesos de Moscú

Ahora que el anticomunismo ha pasado de moda, ahora que Rusia, aliada con Iran y Venezuela se apresta a cumplir su rol histórico de ser el “freno de Occidente”, ahora que la memoria de la caida del Muro se desvanece, ahora que una crisis financiera da el pretexto para decretar el fin del capitalismo y aparece la nostalgia por un “Estado fuerte” al servicio del Pueblo, ahora que Putin declara que hay que olvidar la “parte negativa” de la historia rusa y destacar los logros de la gran Patria Rusa, ahora es momento –justamente- de no olvidar nada.

Durante décadas los intelectuales progresistas, encabezados por Sartre, se dedicaron a negar el GULAG, negar las Procesos de Moscú, negar los testimonios de funcionarios fugados, como Kravchenko, y a minimizar la falta de libertades, la ausencia de control parlamentario, la ausencia de prensa libre, la ausencia de Justicia independiente, la ausencia de libertad religiosa. Millones de muertos murieron así dos veces, una vez en el mundo físico, la otra en el mundo de las ideas: muertos inexistentes, olvidables, incómodos.

Toda la construcción retórica destinada a ocultar o minimizar la criminalidad stalinista cede ante el testimonio directo, se derrite como una vela al calor de una verdad que surge de los patéticos testimonios de las víctimas. Hay que volver a leer el Archipiélago GULAG, del recientemente fallecido Solyhenitzyn. O los Procesos de Moscú, de Pierre Broue.
Publico aquí la introducción de su libro. Para acceder al texto completo, clic acá.



El golpe de teatro

Moscú, 1º de enero de 1936. Grandes carteles reproducen las declaraciones
de Stalin: “La vida es mejor, la vida es más hermosa.” Los
observadores occidentales no piensan desmentirlo: los almacenes de
Moscú ofrecen al consumidor una extensa gama de productos industriales
y agrícolas, las calles son hervidero, la circulación automovilística
es intensa... El decimonoveno año de la revolución podría muy bien
ser el inicio de una nueva era, marcar el fin de una prolongada guerra
civil.
De 1930 a 1934, la U.R.S.S. ha vivido cuatro años terribles. Pero ha
logrado sobrevivir, y al fin parece salir de la pesadilla. Se afloja la
presión sobre los campesinos; se pone fin al racionamiento, a partir de
enero de 1935. Se consolidan los progresos de la industria pesada, y la
ambición comunista de “transformación del mundo” parece encontrar
su justificación en el inicio de un cambio decisivo de este inmenso
espacio atrasado en país industrial. A partir de 1935, el plan quinquenal
ya no tiene como principal objetivo la construcción de altos hornos,
fundiciones y presas, sino que prevé también la producción de
bienes de consumo, el desarrollo de la industria ligera. La grandiosa
realización del metro de Moscú, con sus mármoles y esculturas ofrecidos
a los usuarios, parece ser el símbolo de este cambio: el encarnizado
trabajo realizado durante los años negros encuentra hoy su recompen-
sa y los comunicados de victoria se traducen tanto en la mejora de las
condiciones de vida como en las estadísticas de producción industrial.
Occidente empieza a tomarse en serio a este país donde millones de
jóvenes dominan la naturaleza, crean, construyen, edifican, donde el
progreso de la sanidad, de la enseñanza, del empleo, no son los únicos
signos espectaculares de una transformación sin equivalente desde la
gran expansión del capitalismo industrial del siglo XIX.
A estos índices de empuje material hay que añadir ciertas muestras
de distensión. Algunas iglesias vuelven a abrir sus puertas, las
campanas suenan de nuevo. Son abolidas algunas medidas de excepción
promulgadas contra personas de origen burgués o noble, adoptadas
durante los años de guerra civil. Los campesinos ricos, los kulaks
deportados durante la época de la colectivización, son amnistiados
después de años de trabajo “correctivo”. El optimismo de los observadores
occidentales se ve reforzado con el anuncio, hecho por Molotov
el 6 de febrero, de la próxima adopción de una nueva Constitución que
pondrá fin a las medidas de discriminación en materia electoral, al
instaurar el sufragio universal, indiscriminado, directo y secreto. Esta
Constitución, “la más democrática del mundo”, “monumento de la
sabiduría stalinista”, es adoptada por el Ejecutivo de los Soviets el 5 de
mayo y publicada el 12 de junio: su texto, traducido a todos los idiomas,
será difundido en el extranjero con el título Un pueblo feliz.
Periodistas y comentaristas occidentales ponen de relieve el papel
dirigente del partido comunista afirmado por el artículo 126 de la
misma, pero al mismo tiempo se complacen en subrayar el carácter
democrático–parlamentario de sus instituciones y de su funcionamiento,
la afirmación del principio de libertad de conciencia, de expresión,
de prensa, de reunión, de asociación, de inviolabilidad de domicilio y
de la correspondencia, la supresión de las sanciones y de la represión
administrativas. En efecto, los aspectos “revolucionarios” desaparecen
de la constitución de la U.R.S.S., que ya no tiene nada de propiamente
“soviética”, aunque conserve la palabra “soviet” para designar las
asambleas de tipo parlamentario. Precisamente este rasgo contribuye a
que numerosos especialistas y una parte de la opinión pública mundial
crean en una distensión real de la lucha postrevolucionaria, en el inicio
de una fase de desarrollo armonioso. La U.R.S.S. ha pasado por una
especie de locura de juventud revolucionaria: se dispone a sumarse al
concierto de potencias cuyo respeto intenta obtener, a partir de este
momento, a través de una serie de relaciones diplomáticas, en las que
se presta a “hacer el juego”.
Sin embargo, pronto se impondrá una imagen muy distinta: el 14
de agosto, un comunicado oficial anuncia el comienzo de lo que será la
era de los “procesos de Moscú”. En agosto de 1936, en enero de 1937, en
marzo de 1938, van a tener lugar en público idénticas escenas ante el
colegio militar de la Corte suprema de la U.R.S.S.; acusados que habían
sido compañeros y colaboradores de Lenin, fundador del Estado y del
Partido, dirigentes revolucionarios mundialmente conocidos, cuyos
simples nombres evocan aún, para ciertas personas, la epopeya revolucionaria de 1917, se acusan de los peores crímenes, se proclaman
asesinos, saboteadores, traidores y espías, todos afirman su odio hacia
Trotsky, vencido en la lucha abierta en el partido a raíz de la muerte de
Lenin, todos cantan alabanzas a su vencedor, Stalin, el “jefe genial”,
que “guía al país con mano firme”.
Poco después de la ejecución de los condenados del primer proceso,
el socialista austriaco Otto Bauer escribe: “Es una enorme desgracia
para el movimiento obrero internacional.” Otros, el contrario, se
alegran. Charles Maurras, en L’Action Française, proclama que el
gobierno francés ya no puede ignorar que los trotskistas están “a
sueldo de Alemania”. El fascista italiano Messaggero afirma: “Stalin
tenía razón. Lo que sus adversarios consideraban como traiciones no
eran más que concesiones, tan inevitables como necesarias, a la
lógica.” Le alaba el haber restaurado “una economía que tiene en
cuenta al individuo, una escala de valores, una tradición nacional”. La
prensa de los emigrados rusos blancos se muestra satisfecha, y el
fascista belga Léon Degrelle ataca al “judío Trotsky” en los siguientes
términos: “No vería ningún inconveniente en que se le clavara entre los
omóplatos un puñal de treinta centímetros a este hebreo con las patas
manchadas de sangre de miles de obreros rusos.” Todos los partidos
comunistas del mundo, todas las secciones de la Internacional Comunista,
siguen el ejemplo del fiscal y de la prensa rusa. En la prensa
comunista y simpatizante, los intelectuales compañeros de viaje toman
también posición a favor de una verdadera campaña de terrorismo
intelectual contra los que dudan, a los que acusan de convertirse en
“abogados de Hitler y de la Gestapo”, al defender a Trotsky y a sus
cómplices.
La causa abierta ante el tribunal de Moscú trasciende rápidamente
al movimiento obrero y socialista. Las voces de los defensores de los
acusados, militantes socialistas o sindicalistas, escritores independientes,
las de Trotsky, Modigliani, Victor Serge, Carlo Tresca, Rosmer,
Dewey, pronto serán ahogadas. De un proceso a otro, la gente parece
acostumbrarse a lo inverosímil e incluso a lo sórdido, renuncia a
hacerse preguntas y a veces a comprender. Los procesos no provocan
ninguna crisis de conciencia en el movimiento obrero que, pocos años
antes, se levantaba en defensa de Sacco y Vanzetti. Los dirigentes
comunistas se dedican a evitarlo, y los socialistas que no siguen el
ejemplo se sirven de los procesos para intentar justificar lo que sin
duda su propia política tiene de más criticable. Trotsky, refugiado en
Méjico después de haber errado de un país a otro, envía a la prensa
preguntas, declaraciones, testimonios, una auténtica suma, de la que
sólo se publicará una pequeña parte. Pero el mundo tiene puesta su
atención en otros lugares. Desde hace años, los obreros europeos están
pendientes de Alemania, donde el triunfo del movimiento nazi de
Adolf Hitler conduce a la destrucción del movimiento socialista y
sindical, al reinado de una barbarie que algunas ilusiones reformistas
habían creído desterrada para siempre de los “países civilizados”
Mientras se desarrollan los dos primeros procesos, las miradas están
fijas, desde hace semanas y meses, en el cerco de Madrid.
¿Qué les importa a muchos hombres de buena fe y escasa visión
que algunos acusados que se proclaman culpables públicamente —“Si
son inocentes, ¿quién les impide decirlo?” — sean fusilados en Moscú?
Stalin suministra a la República española las armas que le hacen falta.
¿Qué importa que su GPU acose allí a los revolucionarios, extranjeros o
españoles, trotskistas, libertarios o comunistas independientes?: el
frente está en España. Georges Dimitrov, dirigente de la Internacional
Comunista, resume en lenguaje de fiscal los lugares comunes puestos
en circulación por los que saben o dudan, pero callan o gritan en vano. Qué importa que pronto se haga evidente que la empresa stalinista
es la contrapartida de toda ayuda y el reverso de la medalla. Qué
importa que Stalin sólo conceda su ayuda con cuentagotas y abandone
a su suerte a los combatientes españoles. Qué importa que los hombres
que han encarnado en España el apoyo de la U.R.S.S., los Koltsov,
Rosenberg, Stachevski, Antonov–Ovseenko, Goriev, sean llamados y
fusilados en silencio, como si la “ayuda” a España hubiese sido una
mala empresa que es preciso disimular. Pocos son los que lo saben.
Menos aún los que lo dicen; y a éstos, por otra parte, no se les hace el
menor caso. La guerra oculta el auténtico conocimiento de todos los
actos que la han precipitado y hecho inevitable. Lo destruye todo. Los
viejos bolcheviques de Moscú están bien muertos.
El mismo desarrollo de la guerra confirma este juicio. La heroica
resistencia del pueblo ruso es atribuida al jefe que ha organizado los
procesos, y “ha hecho abortar la 5.ª columna”: “Stalin ha sido lúcido, ha
reaccionado a tiempo”, proclaman los observadores occidentales, que
comprueban que el pueblo ruso no ha tenido sus Quisling y quiere a
Stalin porque lucha a muerte contra Hitler... “Stalin ha ganado la
guerra, luego tenía razón”, concluyen estos mismos observadores para
quienes la historia se reduce a registrar hechos consumados.
Será necesaria la crisis del mundo stalinista de la postguerra, el
conflicto con Yugoslavia, los grandes procesos de Budapest, Sofía y
Praga, para sacudir de nuevo las conciencias, plantear dolorosos
interrogantes, desenterrar el cadáver de los procesos de Moscú. La
propaganda comunista contribuye a ello muy a pesar suyo. “El proceso
Rajk —escribe un enviado especial en Budapest— se parece a los
procesos de Moscú como un proceso de traición a otro proceso de
traición ante un Tribunal del Pueblo.” Muchos espíritus inquietos por
la fragilidad de las tesis de la acusación habían admitido el “sacrificio
del viejo bolchevique” o el sentimiento de culpabilidad inherente al
“alma eslava” como explicación de acusaciones que exigían tener en
cuenta Razón de Estado e Historia.
Estas hipótesis se revelan ahora como insuficientes. En Sofía,
Traitcho Kostov niega ante la audiencia pública y no vuelve a aparecer.
Mindszenty, que es un gran propietario, húngaro y, por añadidura,
prelado, confiesa complaciente. En estos casos, el contexto internacional
es distinto.
Los dirigentes comunistas yugoslavos, puestos en evidencia por el
proceso de Rajk, se ven obligados a plantear nuevamente el significado
de los procesos de Moscú. En el marco de la guerra fría, los procesos de
Moscú —cuyo mito comienza a gestarse— se convierten en un arma.
Se denuncia el estado de opresión, sin vergüenza alguna, tanto a
derecha como a izquierda. Cuando, después de la muerte de Stalin, se
reanudan las relaciones entre Moscú y los que hasta la misma víspera
eran la “camarilla de Tito”, “continuadora de la obra de los provocadores
trotskistas”, aparece la primera brecha y se entreabren los sumarios.
Creemos que ya es posible hacer punto y aparte. Los documentos
son suficientemente numerosos y explícitos por sí mismos y por las
relaciones que permiten establecer como para que sean objeto de
estudio y no de polémica. Era necesario igualmente hacerlos revivir: en
lo que concierne a nuestro trabajo, nos hemos esforzado en presentar
al lector los fragmentos más amplios de las actas estenográficas de las
audiencias públicas, evitando sin embargo las repeticiones fastidiosas,
y también en dar comentarios lo bastante completos como para
aclarar, en lo posible, los debates, sin que por ello hayamos intentado
situarnos a cada momento en el lugar de los protagonistas del drama.
Se ha omitido en parte, y deliberadamente, el proceso Zinoviev, con
mucho el más conocido, y brillantemente analizado, no hace mucho,
por Gérard Rosenthal, utilizándose con preferencia textos y ejemplos
de los procesos posteriores de Piatakov y Bujarin. Habremos alcanzado
nuestra finalidad si el lector tiene la sensación de que se le ha ofrecido
la posibilidad de formarse una opinión personal. A nuestro entender,
los procesos de Moscú constituyen uno de los acontecimientos más
importantes de la primera mitad del siglo XX, y su interés sobrepasa
ampliamente el marco de las preocupaciones del especialista en
historia rusa.


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