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jueves, mayo 05, 2011

Un artículo de Rodolfo Pandolfi sobre ben Laden y los rumores

Ben Laden
Escribe Rodolfo Pandolfi


La muerte de Osama ben Laden, ejecutado por agentes de los Estados Unidos en Pakistán, se presta a numerosos rumores e interpretaciones.
Por lo pronto, resulta llamativo que en lugar de estar escondido en un sótano, el terrorista más buscado del mundo viviera en un lujoso chalet cuya valuación, según se dice, no podría ser menor a un millón de dólares. La casona era grande, vistosa y visible. No se percibía que el jefe de Al Qaeda se moviera de ese dominio pero todo indica que la Inteligencia de Pakistán, sin ninguna simpatía por el magnate, se hubiera molestado en averiguar de quien era ese domicilio. En segundo lugar, en círculos políticos y militares de los Estados Unidos se sabía que existía un operativo de gran importancia en preparación.
La muerte de ben Laden fue una sorpresa inesperada pero encuadrada en la lógica.
El anuncio formulado por el presidente Barack Obama tuvo un significado muy fuerte. Si la noticia no hubiera correspondido a la información era impensable que el anuncio fuera formulado por el Presidente. Puede recordarse el costo político que tuvo el Watergate para Richard Nixon.
No obstante, existieron rumores en algunos países del mundo sobre la veracidad de los hechos narrados. Los rumores siempre brotan de acontecimientos sorpresivos y de importancia. El episodio rutinario o insignificante no deja lugar para el rumor. Por otra parte, el hecho que motiva al rumor tiene ser en mayor o menor medida esperado.
Cuando el general Juan Domingo Perón murió, mucho dijeron que su fallecimiento se había producido dos días antes. En el caso del deceso de Eva Perón, la información pública se dio a conocer con un error intencional de solamente cinco minutos porque decir 20:25 daba sensación de algo más preciso que anunciar la hora real (20:30, que la gente traduciría enseguida como “murió a las ocho y media”).
No hay mucho espacio psicológico para difundir rumores falsos sobre hechos importantes. La gente, en general, huele si algo es verdadero o falso a través del emisor de la noticia. Es impensable, sobre todo en el caso de USA, la posibilidad que un jefe de Estado difunda bolos. La duración de los rumores es breve. Los personajes deben ser siempre individuos muy conocidas y los hechos difundidos suelen dejar algún hueco para el rumor falso.
En el caso de ben Laden, la ausencia de fotografías de su cadáver, aunque sí de los cuerpos de sus custodios, llamó tanto la atención como el cajón vacio que supuestamente contenía los restos del presidente argentino Néstor Kirchner. Aquí se verifica otro principio sobre lo enunciado: los rumores respecto a que el mandatario argentino estaba vivo desaparecieron enseguida. En los años más críticos de la segunda guerra mundial, la Inteligencia americana se encontró con el problema de los rumores difundidos por sus enemigos a fin de crear desconcierto en la población. La fórmula para combatir esos cuchicheos fue sencilla: “el rumor corre por falta de noticias. Por consiguiente, debemos proporcionar al pueblo noticias totalmente exactas. en forma rápida, sobre cada acontecimiento, favorable o desfavorable”.
En Gran Bretaña, la ausencia de pánico durante los días en que los alemanes bombardeaban continuamente se debió a que la población estaba segura que el gobierno informaba con precisión sobre todo hecho y por lo tanto cada habitante sabía lo malo. La psicología popular no necesitaba inventar fantasmas.
El 7 de diciembre de 1941 Japón atacó en forma sorpresiva a Pearl Harbor y en Estados Unidos existían quienes decían que la derrota había sido mucho mayor que la correspondiente a las cifras oficiales.
En el caso de Pearl Harbor algunas personas llegaron a afirmar que había sido aniquilada la flota de Estados Unidos en el Océano Pacífico, lo cual dejaba indefenso a ese país. Se agregaba que por lo menos mil aviones militares americanos habían sido destruidos en tierra y se agregaba que el número de soldados y marines de USA que había muerto era muy superior al anunciado.
Existió un silencio táctico de los americanos, que dejaron absorber la gravedad de la situación difundida con más énfasis que el correspondiente a la realidad. Recién el 24 de febrero de 1942, es decir más de dos meses después de los hechos, el presidente Franklin Delano Roosevelt decidió desvirtuar los rumores falsos y divulgar toda la verdad compatible con elementales normas de seguridad. Expresó las cifras exactas y los miedos de la gente disminuyeron en forma extraordinaria. Nadie podía pensar que un presidente jugara todo su prestigio, para colmo en tiempos de guerra, para mentir. Roosevelt debía cuidar mucho la confianza de sus compatriotas para que estos aceptaran jugarse en condiciones derivadas de la sorpresa, de diversos miedos y de la separación de las familias por la convocatoria a filas de los varones adultos. La decisión del presidente tuvo mucho que ver con una encuesta realizada el 10 de febrero de 1942 que constaba de la siguiente pregunta: “¿Cree usted que nuestras pérdidas en Pearl Harbor fueron mayores o mucho mayores que las difundidas o piensa que fueron equivalentes o menores a las anunciadas?”. El 69% contestó que el desastre había sido más grave o mucho más grave que el reflejado en los comunicados oficiales. Después de haber escuchado el mensaje presidencial la tendencia se invirtió en forma categórica.

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