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martes, mayo 12, 2009

Del blog cubano sinEvasión

Muchos de los lectores de esta bitácora no recuerdan o sencillamente no conocieron La Habana en la que viví mi infancia, así pues, no atesoran la memoria de los espacios que colmaban las ilusiones de los chiquillos… espacios de los que ya solo queda eso: los recuerdos de quienes una vez disfrutamos su existencia. Pero si alguno de ustedes frisa como yo el medio siglo de vida o más y creció en algún punto del área metropolitana, deberá recordar casi por obligación aquellos lugares de esparcimiento a los que nos llevaban nuestros padres y en los que éramos plenamente felices: Cuba Ocho, donde por un módico precio se alquilaban bicicletas y velocípedos con los que alborotábamos las amplias aceras del Anfiteatro y el Malecón; la Feria de la Juventud, Coney Island o el diminuto Jalisco Park, tres de los parques de diversiones más populares de la ciudad; el bello Zoológico de avenida 26; el Acuario Nacional; el Parque Metropolitano (en el Almendares), donde se podía jugar golfito o pasear en botes; una lista de cines de programación infantil, matinés incluidas, que ofrecían una discreta variedad de filmes animados, comedias o aventuras; e infinidad de pequeños parques diseminados por toda la ciudad, con canales, carruseles, columpios y cachumbambés, y también aquellas muchas plazuelas donde se podía jugar al pon, corretear o patinar al antojo de cada quien; entre otras posibilidades de disfrute para los niños.

Después de la llamada Ofensiva Revolucionaria de 1967, que arrasó con todos los negocios particulares que quedaban, desaparecieron las bicicletas con sus pequeños ciclistas del paisaje del Anfiteatro y también poco a poco comenzó a enseñorearse el abandono y el deterioro característicos del sistema en cada uno de los espacios originalmente concebidos para la diversión y el deleite de los niños. La incuria oficial, como una epidemia, invadía cualquier atisbo de individualidad. Después comenzó una especie de “masificación del esparcimiento”, con la creación de grandes espacios encaminados a la formación de una conciencia colectivista e igualitarista del recreo: el Parque Lenin, iniciativa de Celia Sánchez; y más tarde el Jardín Botánico y el nuevo Zoológico Nacional, todos ellos ubicados en sitios distantes de la periferia de la Ciudad, fueron los prospectos de la concepción socialista de diversión para niños y jóvenes. Estos espacios serían los proyectos más ambiciosos que la iniciativa estatal generaría para tales fines. Solo el gigantesco Parque Lenin exhibía en los momentos de su aparatosa inauguración un acuario, un rodeo, un club hípico con excursiones y paseos a caballo para los visitantes, un parque de diversiones, un trencito que recorría las áreas del parque, una represa para paseos en bote, un complejo de piscinas, un anfiteatro natural, y numerosas cafeterías y restaurantes. Cierto que en sus inicios funcionaba; pero ésta, como toda gestión estatal, estaba destinada a fracasar. La experiencia ha demostrado que lo único permanente de este sistema, además de la pobreza, es la incapacidad para sustentar cualquier iniciativa a lo largo del tiempo.

El desplome del socialismo en Europa del este arrastró en su caída al satélite insular, absolutamente dependiente de los generosos subsidios del CAME, y la miseria general convirtió los centros de diversión en una especie de ostentación absurda en medio de las agudas carencias. El desmoronamiento fue tal que hasta hoy no se observa una recuperación efectiva de tan importantes espacios y encontrar un sitio a donde llevar a los niños a distraerse constituye una misión casi imposible.

Esto lo he podido comprobar más de cerca ahora, cuando en calidad de abuela me dispongo a pasear con mi nieto. César tiene solo dos años y ya ha visitado todos los escasos lugares en los que supuestamente debería divertirse. Un resumen escueto puede ilustrar lo que digo: en el parque Lenin el área de diversiones, recientemente reabierta con nuevos aparatos chinos, presenta una buena parte de éstos ya fuera de funcionamiento por roturas, en tanto aquellos que se pueden utilizar fuerzan a esperar largo tiempo en las interminables colas; en el Anfiteatro de La Habana Vieja, el popularmente llamado Parque de los Inflables, con sus áreas aledañas de aparatos mecánicos, solo abre los fines de semana, además del consabido deterioro de buena parte de las instalaciones y las obligadas aglomeraciones para acceder a él. No podría describir con palabras la triste situación del Zoo de 26 y la misérrima condición de sus animales: es uno de los lugares más deprimentes y apestosos que alguien pueda imaginar. El Acuario Nacional, por su parte, apenas merece mención: un sitio aburrido, estropeado y sucio. Finalmente, el pasado martes 28 llevé a mi nieto al Jalisco Park: casi todos los escasos aparatos estaban rotos, los pocos cacharros que “funcionan” –como el carrusel de caballitos lisiados y descascarados- chirrían escandalosamente o los carritos tienen los asientos desprendidos; todo es horrible, caduco e irremediablemente triste, como una copia burlesca y a pequeña escala de la sociedad en su conjunto.

Lo más doloroso es comprobar, pese a todo, la rotunda necesidad de los pequeños príncipes para ser felices: desde su caballito despintado y chueco César ríe. A su alrededor, otros niños de diferentes edades también ríen alegres, gritan y agitan las manos cuando pasan junto a sus mayores en cada vuelta de carrusel. Para ellos, la grisura, la suciedad, la decadencia y el deterioro del entorno son parte natural de la vida, lo cotidiano. Si no hacemos algo por cambiar eso, estos pequeños mendigos de diversiones llegarán a concebir la ruina como lo legítimo y mañana esos desvalores serán parte también de ellos mismos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

É de entristecer, parece uma paisagem cinzenta.
WSCamy-Brasil

esteban dijo...

Este texto le envie al blog Sin Evasión:


Quiero aradecer Eva estas descripciones del socialismo cotidiano, real, fuera de retoricas y teorías. Esto es lo que no soportan los propagandistas latinoameticanos del castrismo. Sus sueños de igualdad terminan en un parque sucio con juegos chirriantes y deprimentes. Gracias, publicare en mi blog tu magnifico artículo.

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