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viernes, octubre 17, 2008

La crisis perfecta

Se sabe que los geólogos tuvieron una polémica, en el siglo XIX entre los “catastrofistas” y los “uniformitaristas”. Para los primeros la Tierra se conformó mediante explosiones catastróficas, determinando el presente. Para los uniformitaristas, en cambio, hubo un parto inicial y un largo y pacifico proceso de asentamiento y cambio imperceptible de la Tierra.
En cuestiones sociales, históricas, pasa lo mismo.
Los “ revolucionarios” siempre afirman que estamos en vísperas de una pavorosa tragedia, de una crisis que nos hundirá en los infiernos de Hades…a menos que los sigamos “a ellos”, a los profetas que saben. Los más tranquilos, los uniformitaristas, creen que nada es demasiado crítico, que solo hay lentos procesos de cambio.
Confieso mi duda ante tales cosmovisiones.
Desconfío de los catastrofistas (sus visiones mezclan realidad y fantasía: hoy hablan de cambio climático, ayer predicaban la Revolución inminente) pero me parece que los otros son incapaces de ver las señales del cambio dramático, que una vez cada, digamos, tres o cuatro décadas, sobreviene. Son los que ante el Muro de Berlín a punto de caer, miraban aburridos hacia el costado pensando que “nunca pasa nada”. Por ejemplo, Churchill era catastrofista en la década del treinta: alertaba sobre las intenciones guerreras de Hitler, mientras los políticos europeos sonreían, cínicos, creyendo dominar a la bestia.
Sabemos que hace millones de años un meteorito terminó con el 97% de las especies, lo cual indica que Dios estaba distraído y su obra casi se le queda inconclusa antes de tiempo.
O sea. Que hay catástrofes: naturales y sociales.
El pensamiento liberal clásico no es catastrofista: supone largas evoluciones, siglos en los que las normas se van ajustando, en los que los hombres puestos a intercambiar comparten cada vez más un sistema normativo básico, justamente el que transforma a los mercados en espacios humanizados y libres, no en áreas de coacción a la libertad de elección.
Pero el liberalismo no pinta una fábula idílica, a la manera de la Utopía, del Mundo Feliz: hay conflictos, oposiciones, hay “destrucción creativa”, las empresas fracasan, los gobiernos intervienen más o menos, los competidores nos ganan, hay pelea, lucha, conspiraciones y batallas. En el mercado no hay certezas: las certezas se basan en la palabra, la confianza, el cumplimiento de los contratos. Cuando eso se pierde- porque algún grupo de financistas se dedica a engañar al resto, por ejemplo- el sistema tambalea. Justamente porque es un sistema muy sutil, muy poco ingenieril, un sistema humano que se basa en la confianza y en el cumplimento de los contratos. No en las órdenes de un gobierno o en el capricho de algún millonario.

En las crisis catastróficas se pierde la confianza. Los bancos se niegan a prestarse unos a otros, dejan de prestar a las familias y a las empresas.
Imaginemos, entonces, que la gente, asustada, se niega a realizar intercambios: deja de comprar lo prescindible, saca su dinero del banco, no invierte en su pequeña empresa, se refugia en el hogar, deja de intercambiar bienes.
Imaginemos que las personas dejan de “poner sentido” a las cosas. Es que, para los socialistas y los cristianos, los bienes en el mercado son simplemente “cosas materiales” que vienen a resolver necesidades básicas. Para ellos, no es una necesidad básica ponerse para la próxima fiesta la ropa más impactante, para poder seducir así a algún joven pretendiente.
Ese tipo de necesidades humanas está fuera de la lógica de los socialistas y los cristianos. Para ellos lo fenómenos del consumo: la moda, las marcas, la diferenciación, la seducción… son extravagancias de la sociedad de consumo, estupideces que sacan recursos a cosas más importantes como fábricas de acero, destornilladores, canteras o minas de carbón. Para ellos, las ferias de marcas “truchas”, que mueven millones de dólares anuales entre sectores más pobres de la población son incomprensibles.
La gente, según ellos, no proyecta “sentidos” a los bienes, a las marcas. No tiene necesidad de hacerlo, y si lo hace es simplemente porque la publicidad manipula sus almas. El “sentido” lo aportan ellos (la mística revolucionaria, el Hombre Nuevo, la Fe en la Santa Madre Iglesia, o en el Profeta)
Pero, pese a socialistas y cristianos, la gente SÍ proyecta sentidos a una gaseosa, una hamburguesa o un celular. Podemos reírnos de eso, pero no negarlo. Buena parte de la economía mundial se basa en la necesidad de la gente de tener objetos cargados de valor simbólico. Zapatillas que evoquen un estilo de vida informal, o camisetas que muestren el “lado oscuro” de la vida.
Ahora bien, en las crisis la gente se retira, por un tiempo, del juego de los sentidos asignados a los bienes. Esto significa, que se refugia en las funciones básicas – animales- (casa, comida, abrigo, seguridad) y deja de comprar lo “superfluo” (o sea, lo que nos diferencia de un cavernícola).
Los socialistas y cristianos, contentos, aplauden la “sabiduría” de la gente. Esa “sabiduría” destruye millones de puestos de trabajo, desde costureras y vendedoras de ropa de marca, hasta programadores de software para teléfonos celulares o juegos electrónicos. Parece que en esas crisis renacen los austeros monjes- el mismo Papa Benedicto dijo que el dinero es superfluo, Leonardo Boff que solo hay que comer un poco de arroz y taparse con una tela – que en vez de animar a la gente a reabrir los cauces del consumo y la producción de valor, la invitan a encerrarse aun más, propiciando así el retraso de la vuelta a la normalidad.
Los reflejos de la vieja ideología anticomercial, antidineraria, antimercado, explotan en estos tiempos todos los días en infinidad de comentarios periodísticos y en los foros de la web. Se habla de avaricia, avidez, salvajismo, falta de controles de le Estado, como las causas de la crisis.
Como escribe Juan A. García, en “La ciudad Indiana”, 1900, “Anticipándose unos siglos a Carlos Marx, San Jerónimo decía: “Como el mercader nada agrega al valor de sus mercaderías, si ha ganado más de los que las ha pagado, su ganancia implica necesariamente una pérdida para el otro; y en todo caso el comercio es siempre peligroso para su alma, puesto que es casi imposible que un negociante no trate de engañar”.
O sea: el comercio y los servicios financieros son inútiles, no agregan valor al producto, son formas de robo organizado que debe ser limitado, y en esto coinciden socialistas y cristianos.
Ese es el contexto ideológico de la “economía cristiana” que ahora esgrime el Papa contra el inmoral capitalismo: desprecio al comercio, a la ganancia, control obsesivo por parte del Estado para “proteger” a la población, “precio justo”, o sea imposibilidad de acumulación para reinvertir en más capacidad productiva. Pobreza como virtud.

O sea: en las crisis la gente se retrae, se deshumaniza, descarga sentido de los bienes y solo se dedica a resolver sus necesidades básicas. Al hacer esto- obviamente sin saberlo- condena a la economía al crecimiento cero, postergando la recuperación. Socialistas, cristianos y ecologistas aplauden, alborozados, por el fin del capitalismo, al cual vienen “matando” desde hace dos siglos, prometiendo catástrofes ineludibles y radicales.
De eso hay que escapar como de la peste. Eso nos va a condenar a un retroceso de décadas. Eso es parar la máquina (ruidosa, conflictiva, imprevisible) que ha sacado a centenares de millones de personas de la pobreza ancestral, en solo veinte años. En nombre de “valores” éticos se intenta desmontar la lógica de un sistema altamente adaptable, mutable, pero, como todo en este mundo, lejos de ser eterno. Podemos, si nos ponemos de acuerdo socialistas, cristianos, ecologistas, anarquistas, estatistas, reguladores, políticos, académicos, universidades, medios, periodistas, columnistas, escritores, artistas, cantantes, maestros, profesores, monjes, curas, obispos, rabinos, imanes…, podemos, si hacemos todos fuerza en contra de la libertad de mercado, aplacar, hundir, disminuir, controlar, minimizar, debilitar, destruir al capitalismo, en nombre de valores de solidaridad, compromiso militante y defensa del pueblo. Entonces, sí, veremos la crisis perfecta.

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