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martes, octubre 03, 2006

Ley antihumo

Yo dejé de fumar. Cansado de las apelaciones morales “no fumes, pensá en tu familia”, cansado de la diabolización del tabaco, pensé en como salir de la trampa
A lado, casi en el mismo campo del discurso “moral”, el discurso psi me decía: es inútil que intentes dejar de fumar si no te sometes a un análisis estructural, radical que desbroce tu sistema de defensas y que además te asegure que no reemplazaras el cigarrillo por algo peor. Guau.
Así, entre la culpa y la idea absurda de que para dejar de fumar necesitaría diez años de cuatro sesiones diarias, apareció la química. Unos parches con nicotina que me permitirían la aventura de dejar de fumar en solo dos meses.
La moral y el psi se unieron para desvalorizar la química. “No, si no resolvés tu conflicto, la química será un simple atajo para evadir tus responsabilidades de adicto. El tema es: ¿Por qué fumás. Que queres demostrar con esa autodestrucción? Dejate de parches y analiza tu vida”.
Así anduve varios años más: había probado los parches, veía que bajaban dramáticamente las ganas de fumar, pero la psicología me quería demostrar que eso no era más que una leve respuesta al placebo, que el mal seguía en mi, duro de matar.
Dejar de fumar, además, implica cambiar las prioridades. Se relaciona con el ”sentido de la vida”. Si consideramos que el mundo es agresivo, que cada llamada de trabajo nos juega enteros, que este problema de hoy determina mi futuro íntegro, entonces prendo el cigarrillo, porque tal gravedad requiere una defensa adicional. El cigarrillo es mi intimidad, mi pequeño peluche, la cosa que me conecta con mis estados personales: una coraza para enfrentar lo de afuera, aquello que me cuestiona.
Pero para el pensamiento Psi, el “sentido de la vida” no tiene sentido, no es una cuestión analizable. Sabemos, nos dice, que la gente no es buena o mala, sino que cumple con el mandato de su neurosis. No encontraras sentido a tu vida desde la neurosis.

Quimica y Filosofía

Finalmente derroté al cigarrillo
Con los parches abortando el deseo químico de las neuronas clamando por las buenas sinapsis provistas por la nicotina.
Y con un nuevo sentido de la vida, para poner las prioridades dadas vuelta. Y con perdón, nada de psicoanálisis. Y desculpabilizarse. Y a no creer más, nunca más, que no hay componentes químicos en las adicciones, que no hay forma de desengancharse porque “uno fuma porque esta mal, pero no esta mal porque fuma” y toda la verborragia “aparentista” del psi: vos no estas bien, aparentas estarlo, porque estas negando tu propia enfermedad.
Ese éxito que obtuve me prefiguró otros éxitos personales. Incluyendo el descubrimiento de mi posibilidad de escribir ficción, publicar y hasta ganar premios literarios.
La imagen del escritor fumando y chupando para que el entusiasmo de una idea no se le “fume”, la angustia de la creación tapizada de litros de whisky y decenas de cigarrillos diarios, es solo una imagen cinematográfica. Los tipos fuman y chupan porque son adictos, y no porque eso los ayude a crear.
Por el contrario, todo el placer, toda la lucidez, toda la alegría surgen de ese acto mágico de crear mundos con la letra, simplemente tecleando palabras: ¿cómo voy a distraerme de esa maravilla por el simple deseo físico de atiborrarme de olor a tabaco y aliento alcohólico? Necesito toda mi energía, toda mi alegría o toda mi tristeza y –siempre- toda mi inteligencia para crear algo con sentido para un lector. Si mi “verdadero” sentido, si mi alegría es el alcohol, ¿que quiero demostrar con mi literatura? ¿Que soy un desgraciado cuando escribo? Para mi eso es contradicción pura.
Creo que si uno encuentra su sentido vital, el para qué está en este mundo, necesita menos corazas personales, menos defensas, menos ositos de peluche con los cuales tranquilizarse.

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