jueves, abril 14, 2011

Los ingenieros sociales

La vida es impredecible. Menos para los políticos. La gente normal sabe que los eventos futuros tienen solo distinto grado de incertidumbre. Como dice Von Mises, si el equipo azul ha ganado los 9 partidos que jugó contra el amarillo, hay una estimación de mayor probabilidad de que se vuelva a dar ese resultado. Pero eso no es certeza. No debe confundirse, nos dice, la probabilidad de clase con la probabilidad de caso. Sabemos que la mortalidad infantil en determinada provincia es del 15%. Pero para cada recién nacido allí no se puede estimar en absoluto si vivirá o morirá. No se puede asegurar que el azul le ganará al amarillo.
Esta incertidumbre de lo social es el enemigo natural del político y del gobernante. Ellos necesitan certezas. Para ellos más Poder significa disminución de esa incertidumbre, para eso trabajan. Imaginan que cuantas más variables manejen, cuanto más factores controlen disminuirán los “grados de libertad” del votante
Así, cuando gobiernan tratan de hacerse con el control de la economía y de las ideas. Suponen que controlando, digamos, el 60% de la Economía podrán eliminar la incertidumbre sobre el futuro. Y si también dominan el 60% de la información pública, de la industria cultural, se aseguran el control de los deseos y pensamientos de los ciudadanos.
Eso es exactamente lo que los dictadores pretenden siempre: hacerse de la economía y la información para determinar los resultados de su política.
Obviamente, esta concepción implica una determinada teoría de la acción social. Si se cree que “el bolsillo es la víscera más sensible del hombre” se actuará en consecuencia, “redistribuyendo” recursos hacia el hombre-voto, para asegurarse la supervivencia electoral del “proyecto”.
Por lo general esas teorías son esquemáticas y fraudulentas. Desconocen que hay un fondo de libertad de elección, aun entre los esclavos, que torna imposible la dominación perfecta. Por eso, a la larga (a veces a la “demasiado” larga) estos ingenieros sociales fracasan. La ingeniería es buena para construir puentes, para trabajar con materia. Pero la “ingeniería social” fracasa al querer transformar a los hombres en objetos físicos, fácilmente manipulables. Termina Von Mises:

La voluntad del ingeniero social habría de suplant r la libre volición
de aquellas múlt iples personas que piensa utilizar para edificar
su utopía. La humani ad se dividiría en dos clases: el dictador
omnipote te, de un lado, y, de otro, los tutelados, reducidos
a Ia condición de simples engranajes. El ingeniero social,
impla tado su programa, no tendría , evidentemente, que molestarse
intentando comprender la actuación ajena. Gozaría de
plena libertad para manejar a las gentes como el técnico cuando
manipula el hierro o la madera.
Pero, en el mundo real, el hombre, al actuar , se enfrenta
con el hecho de que hay semejantes , los cuales, al igual que él,
operan por sí y para sí. La necesidad de acomodar la propia
actuación a la de terceros concede al sujeto investidura de especulador.
Su éxito o fracaso dependerá de la mayor o menor
habilidad que tenga para prever el futuro. Toda inversión viene
a ser una especulación. En el marco del humano actuar nunca
hay estabilidad ni, por consiguiente, seguridad.


Posiblemente esto explique, hablando del aquí y ahora, la obsesiva dedicación del Gobierno para controlar cada átomo de la realidad política.La desmesura de este intento afecta la salud mental o física de sus líderes- humanos, simplemente humanos- y cada día observamos con preocupación el incremento del grado de separación de la realidad, del fracaso de la teoría implícita que sustenta este proyecto y el final que le acaecerá por simplificar la realidad compleja de la conducta humana.

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