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lunes, agosto 21, 2006

Días de zozobra

En estos dias de zozobra, desde Israel hasta Cuba, desde Iran a Sudán uno se pregunta por el bien y por el mal, por la justicia y por la injusticia. Está claro que los convencidos y aferrados a su verdad repiten a cada instante: yo soy la Verdad, yo soy la Bondad, yo soy la Justicia.
No hablemos de ellos.
Hablo de mi, por ejemplo. De cómo un típico exponente de la clase media intelectual, formado en el pensamiento de izquierda, atraído por el “nacionalismo revolucionario” del peronismo en los setenta, horrorizado por la carnicería de Videla o Pinochet, pero seducido en el exilio por la España protodemocrática de 1976, testigo de la nueva constitución y del Pacto de la Moncloa, en fin, alegre por la vuelta a la Democracia de la mano de Alfonsín… pasa de su ”socialismo” a definirse solo como un “demócrata”, casi un “burgués capitalista”.
Este pasaje implica infinitos reajustes en la vida cotidiana: desde el tipo de música que uno escucha (No puede dejar de gustarme Silvio Rodríguez, quien le acaba de ofrecer su vida a Fidel), las películas que mira y, sobre todo, el tono de las conversaciones en la vida social. Uno debe denostar al capitalismo globalizado, reirse de Bush, condenar a Israel y entonar las canciones de la protesta si no quiere ser acusado de derechista.
Hace unos días tuve un incidente con un funcionario cubano, invitado a una reunión social en casa de un primo. Todos- se suponía- prestarían oídos a sus relatos. Todos, se suponía, apoyábamos a Cuba y estábamos dispuestos a darle nuestra solidaridad. Todos menos yo. Le pregunté, a boca jarro por qué razón Hilda Molina no podía salir de Cuba. Su respuesta se dirigió a la descalificación moral de Molina, el ataque a su programa de atención a niños (“que intenta demostrar que en Cuba no se atiende a los niños”) y por fin insinuar el carácter de “traidora a la Revolución” de la médica.
Le respondí – como guiado por una fuerza mayor que yo mismo- que la suya era una “típica respuesta stalinista, encubridora de crímenes y errores y que siempre terminaba acusando a las victimas”. Su reacción fue de ahogo. Jamás esperó que alguien en Argentina afrentara así a un funcionario cubano. Terminó a los gritos, diciendo que todos los años hace ejercicios militares esperando la invasión yanqui y que no va a soportar esas acusaciones.
Me sentí muy mal. Había arruinado una fiesta. Me disculpé con los dueños de casa.
Pero en el fondo me sentí muy bien. Había roto un prejuicio muy arraigado. Y pude exponer públicamente mi oposición a la dictadura cubana, sin sentirme por eso un “gusano”.
Otro tanto sucede con Israel y la Guerra del Líbano.
El pensamiento correcto obliga a acusar a Israel de agresor y condolerse con los centenares de libaneses muertos o heridos. Cada imagen de muerte y destrucción dispara automáticamente esos pensamientos.
Sin embargo desde el primer día me dispuse a bancar a Israel en lo que creo es una guerra justa, defensiva e inevitable. Eso no significa aceptar acríticamente todas las decisiones militares tomadas por Israel. Me resulta difícil entender, por ejemplo, por qué no se concentró en atacar las posiciones del Hezbollah en el sur y en cambio extender los bombardeos hacia Beirut y otras ciudades. Pero en todo caso, eso me lo reservo para otra discusión. La primera es la obligación de defender el derecho de Israel de responder al ataque de los que volaron la AMIA y no dudan en volar a Israel entero, con el apoyo de Iran y Siria.

Entonces viene Pilar Rahola y me dice

Y la izquierda que sale a la calle con banderitas de Hezbolá y de Irán que se vaya a vivir a Irán, y van a ver lo que significa la disidencia, el pensamiento crítico, la falta de libertad de expresión, la muerte, la falta de derechos y libertades. No es un problema de culturas, es un problema de Derechos Humanos, civiles, de libertad y de democracia.
No hay dictaduras malas y buenas. No se puede tener doble moral. Si estuve en contra de las dictaduras de Pinochet, de la de Uruguay, de las de América Latina, estoy en contra de la dictadura de Castro. Estoy en contra de las dictaduras islámicas. No se puede tener doble moral. No se puede ser inmoral.




Las banderas del Hezbollah en los actos de la izquierda criolla, en abrazo con los clérigos islamistas, el pedido de Chávez a Irán de que “lance rayos” contra Israel, pero además la clara condena a Israel por parte del periodismo bienpensante del planeta me han hecho sentir la soledad de mi postura, pero también su justeza. No tengo quizás demasiados argumentos. Sé que Israel se jugó a fondo ante lo que supuso el asalto final del terrorismo. No sé si hubo error de apreciación o ellos están mejor informados que los columnistas del Clarín o Pagina 12 (cosa que no me extrañaría). En todo caso, el automático calificativo de “genocidio” aplicado a Israel es evidente que expresa la necesidad de “exculparse” de la aberración del Auschwitz , de la cual la Humanidad aún debería autoanalizarse…
¿Quien de los que cargan a Israel con el mote de genocida, opina lo mismo, y lo grita respecto de Stalin, Mao o Pol Pot? ¿O no fue genocidio la invasión soviética a Afganistán, mucho más que la de Bush? O no es genocidio la matanza que el Gobierno de Sudan sigue ejecutando en Darfur desde 2003 (200 mil muertos, millones desplazados)? El único genocida es Israel, rezan las consignas : “Ustedes, sionistas, son los terroristas” dicen.
Hay un corte en esta Guerra. De un lado, pequeño y angosto, los defensores de los Derechos Humanos, la Democracia, la ciencia, la razón, el diálogo, el pluralismo, las libertades, la justicia independiente.
Del otro, ya sabemos: los pacifistas que piden guerra contra Israel, los que ponen las bombas en AMIA, Atocha o las Torres, los periodistas “objetivos” que nos cuentan con lujo de detalle las angustias de la mamá de un suicida que acaba de volar un ómnibus y que habla de los judíos muertos en los atentados como “víctimas” sin rostro, sin nombre, sin mamá.

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