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miércoles, mayo 09, 2012

Mi búsqueda



Estoy estudiando, a mis sesenta y tantos, filosofía. ¿Qué busco con eso?
Hay un costado ético y un costado gnoseológico. No me meto con la metafísica porque aun soy kantiano y poperiano: la filosofía debe tratar el problema del conocimiento, ni mas ni menos,  el problema de la verdad. La ontología, la esencia de la realidad aun se me escapa. El otro problema tiene que ver, no con la verdad, sino con el Bien y el Mal. En el fondo, es el mismo problema: una filosofía que descree de la verdad- o, peor, que cree haber descubierto La Verdad- no cree en la posibilidad de entender y deslindar el bien y el mal- o peor, dictamina qué es el Bien y qué es el Mal.
El relativismo nos viene a contar esa historia: hay tantas verdades como culturas, hay tantas bondades como culturas, lo que es verdad ahora, era mentira antaño, lo que es bueno aquí, es malo allá.
Instintivamente rechazo ese argumento , pero busco fundamentar ese rechazo.
Sin verdad posible, sin criterios de búsqueda de verdades y de refutación de pseudoverdades, cualquier intelectual, cualquier demagogo experto en retórica, cualquier “comunicador” es capaz de inventar caminos que parece que llevan al paraíso pero desembocan en eriales secos, en infiernos.
La clave de la Filosofía es que nos enseña a no esperar de los grandes pensadores de todos los tiempos respuestas a preguntas que NO se formularon. Aristóteles no se formuló el problema de los limites de lo humano: declaró sin más que los esclavos son máquinas, no seres humanos. Sin embargo estudió la Ética. Su problema no es nuestro problema, pero sin embargo sus respuestas nos sirven aún. No, obviamente, las referidas  al esclavitud, pero sí las referidas a la Ética como espacio normativo que regula las relaciones entre los hombres, y entre los hombres y el poder. La pregunta de Descartes es como fundamentar el conocimiento. El lo basa en Dios y en la posibilidad del ser humano de alcanzar el conocimiento de la realidad, porque Dios no creó una realidad caprichosa, sino racional, inteligible. El problema es que los agnósticos no pueden dejar que Dios sea la base que fundamenta la cognocibilidad de la realidad. Pero, el problema que plantea Descartes SI es universal y debe ser asumido y resuelto por los agnósticos.

La ciencia, afortunadamente, es una herramienta que convive con la verdad: solo avanza mediante hipótesis cada vez más cercanas a la realidad. Si todavía supusiéramos que la Tierra es el centro del Universo, no habríamos llegado a la Luna ni descubierto las incontables galaxias. Las ciencias naturales son una fuente inagotable de filosofía del conocimiento, de confrontación entre hipótesis y realidad.
El problema es que estas ciencias no tratan con la realidad humana, o sea, una realidad que a diferencia de la realidad física no se maneja con leyes matemáticas, sino que su sustancia es el sentido, la libertad, el lenguaje, las relaciones no entre cosas, sino entre humanos.
Y allí no hay ciencia natural posible. No hay átomos o planetas que mantienen con su entorno relaciones matemáticamente definidas.
Pero, ¿es posible una ciencia “humana”? ¿Existen las ciencias sociales, o en realidad se disfraza de “ciencia” lo que es pura opinión?¿Hay “leyes sociales”, como las de la física? ¿Hay una verdad en lo social, como la química?
El marxismo, y en general, el positivismo han creído que sí, que hay leyes humanas objetivas, que actúan a pesar de los voluntad humana, como mecanismos ineluctables , como caminos de un destino inevitable, como soluciones únicas a problemas complejos, independientes de la conciencia. Leyes, sin embargo, que se pueden conocer, a la manera de ley de gravedad: los intelectuales, los científicos sociales son los encargados de desentrañar las regularidades ocultas, las leyes invisibles.
Ese sueño terminó hace mucho y lo hereda el escepticismo del “relativismo absoluto”. No existe una verdad, sino incontables verdades, no existe una moral sino incontables morales. No hay universales, no hay una “especie humana” única, sino incontables experiencias plasmadas en culturas diferenciadas y mutuamente excluyentes.
Este relativismo y su abandono de la pretensión de verdad y bondad está en el fondo de todas las nefastas experiencias políticas actuales. Si antes los totalitarismos se basaron en iluminados que creían haber dado con la “verdad”- los Hitler, los Stalin- ahora nos las tenemos que ver con oportunistas que son, al mismo tiempo liberales, estatistas, populistas, aristocratizantes, cristianos, ateos, nacionalistas e internacionalistas, todo junto y por el mismo  precio. Cada ocasión es buena para proclamar alguna miniverdad relativa, alguna sombra borrosa de la casi olvidada verdad. Cada ocasión es oportuna para dar lecciones de Ética Relativista, donde todo lo bueno anida en nosotros y todo lo malo en los otros. Pero cuando negociamos con esos “otros” admitimos grados diferentes de maldad: no son tan malos si podemos neutralizarlos. Así, todo es posible, en una negociación permanente en la cual , esa antigüedad, los valores, son reemplazados por la razón de Estado, o por las verdades “instrumentales”, oportunistas, las que convienen en cada ocasión particular.
Por eso esta búsqueda en la Filosofía. Quizás pueda renovar allí, en ese camino, mi compromiso con la Verdad y con el Bien, sin ponerme colorado al nombrar semejantes conceptos, sin sentirme estúpido frente al cinismo posmoderno que desdeña esos valores como antiguallas dignas de museo. 

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