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miércoles, marzo 28, 2012

Historias capitalistas de Las Heras


Introducción

Las Heras es un pueblo de unos cuatro mil habitantes distante a solo 70 kilómetros  Buenos Aires, de “el Centro” como le dicen por allí. Un tren moroso hace tres o cuatro viajes diarios hacia y desde Merlo, donde hay que trasbordar para tomar el tren del trayecto Once-Moreno. Es un tren de una sola vía, por lo cual en Marcos Paz hay que esperar al que viene en dirección contraria para seguir viaje.
Las Heras fue fundada en 1866 y milagrosamente aun conserva muchos rasgos de viejo pueblo pampeano, no invadido aun por la gran ciudad. Como está en una ruta secundaria, la 200, que nace en Merlo y muere en Navarro y la atraviesa un  trencito lento que hace el trayecto Merlo-Lobos, pareciera que los aires de modernidad que se expandieron hacia Pilar y Lujan se han olvidado de Las Heras. Su vecina Cañuelas ya tiene autopista propia. Las Heras no tiene countries, ni canchas de golf o de polo. Su deporte preferido es el pato, en el que sus equipos han tenido cierta figuración nacional.
Hay sí, quintas de fin de semana y veraneo, como la que mi padre compró en 1966, en las afueras del pueblo.
No hay industrias, a excepción de una planta de elaboración de lácteos y algunos talleres. En cierta forma es un lugar idílico, aunque hace un par de años hubo un asalto a la sucursal del Banco de la Nación y un asesinato notorio, de origen pasional.
Nadie cierra con llave ni casas ni autos en Las Heras. Solo se registran robos de sábanas y de bicicletas. La policía se aburre en sus rondas diarias y un cuartel de bomberos hace sonar una estridente alarma cuando algún galpón se incendia. Hay un Club Social- viejo y para la gente de cierta figuración - y el más popular Club Sportsman, con pileta, cancha de básquet y restaurante, atendido en años pasados por una cocinera que después alcanzó gran renombre, una referente de los canales Gourmet. Aprendió allí a trabajar con huevos de campo, gallinas criadas al aire libre y viejas recetas de italianos y vascos, los fundadores del pueblo. Los italianos fueron agricultores y los vascos, tamberos. El tambo es la única actividad económica de cierta importancia allí.
Hay ciertas leyendas en Las Heras: un viejo casco de estancia que perteneció a Rosas, la familia Palacios y don Alfredo visitando el pueblo de vez en cuando. Bar en la plaza, Iglesia, Colegio parroquial, Municipalidad, Club Social, Comisaría y alguna heladería y hasta un boliche bailable bordean la plaza. El Almacén  fue fundado junto al pueblo y aun conserva las viejas instalaciones donde se guardaba grano de maíz, yerba y harina en grandes cajones. Aun es posible ver a paisanos- vestidos con bombacha y boina- comprar tabaco suelto y ginebra en ese viejo mostrador.
Frente a la Estación esta el bar de la Estación con mostrador y espejos de principios del siglo pasado. Hasta la década del ochenta había un servicio local de teléfono, a manivela y con operadoras a las cuales uno le decía “¿me da con el bar de la estación?” . Uno llamaba ahí para que le digan el horario del próximo tren a Merlo. Hasta esos años la electricidad la generaba y vendía una cooperativa, a cargo de un yugoeslavo. Tardó mucho en llegar el agua corriente. En nuestra quinta había agua de pozo hasta los ochenta.
Había baile todos los sábados de verano en el Club Sportsman y los carnavales incluían murgas y comparsas, que venían de Merlo o Marcos Paz.
Algunos trabajan en Buenos Aires y gastan cuatro horas diarias en el viaje de ida y vuelta. Otros prefieren intentar con el comercio, pero muchos terminan emigrando a Buenos Aires.
El pueblo está dividido por la vía férrea y eso condenó a una parte a caer en una evidente decadencia. Mientras la parte norte, la que mira hacia la Ruta 200, tiene los comercios, clubes, edificios públicos, la triste parte sur solo alberga una plaza olvidada y la casa de las siete ventanas, construida hace 140 años, y poco más. Una sutil diferencia hay entre los vecinos de ambos lados: se toleran, pero no se crean demasiados lazos, son extraños.
El pintor Esteban Semino, con su bicicleta y su libreta para dibujar bocetos, amigo de Berni y de Soldi era una presencia infaltable. Con su voz gastada contaba anécdotas de principios de siglo y de la casa de las siete ventanas donde vivía. Fundó un museo de arte local, con sus pinturas y las que le regalaban sus amigos pintores. Incluso una de mi padre está colgada en el museo. Soldi pintó la capilla de un colegio religioso y Berni, alguna vez, estuvo en nuestra quinta.
En la quinta de enfrente vivía un personaje insólito, proveedor de prendas de lana del negocio de mi padre, y gracias al cual conocimos Las Heras y mi padre decidió comprar la quinta. Gino M. Era un yugoeslavo, aunque de estirpe italiana,  con simpatías nazis , gracioso contando anécdotas de la segunda guerra. Lo solía visitar un amable señor, que fue secretario de Mussolini. Se reunían en su quinta militares nacionalistas como Señorans o Rauch y allí conocí a Falú, gloria del folclore nacional. Gino M. era un conspirador nato, amigo de Matera y otros peronistas “de derecha”. Su nombre aparece en algún libro de historia sobre el peronismo y Odessa, la organización nazi encargada de dar refugio a los generales nazis, muchos de los cuales, como se sabe, recalaron en Argentina. Salvo mi padre, quizás víctima del Síndrome de Estocolmo, nadie en nuestra familia lo quería demasiado. Sobre todo mi abuelo, que no podía sacarse de la cabeza que ese señor tan simpático era nazi.
Otro vecino era Silenzi de Stagni, un intelectual nacionalista, ministro del gobierno militar de 1943, experto en temas de minería y petróleo, con el cual era un gusto charlar. Nosotros éramos “los de las quintas”, gente de fines de semana y de largos veraneos, pero confraternizábamos sin problemas con los jóvenes locales. Íbamos a bailar a “La barca” o a boliches de Marcos Paz o Navarro. En el campo, los “barrios” son los distintos pueblos de la zona: Marcos Paz, Navarro, Cañuelas, Lobos, a donde uno llega en auto en media hora. Los sábados a la noche muchos van a otros “barrios” y así nacen romances. No hay aislamiento ni endogamia.
A lo que voy. En ese pueblo casi idílico las cosas son más transparentes y directas, no hay mediación de intelectuales, políticos o periodistas. Los problemas nacen y se resuelven en paz, hay pocos actores sociales, pocas instituciones, la gente se conoce y saluda al caminar y no se sabe que haya habido enfrentamientos aun en las épocas más violentas de nuestra historia.
Por eso me parece el escenario ideal para contar algunas “historias capitalistas”, historias ficticias pero no absurdas sobre cómo funciona el mercado libre en una sociedad más simple, donde todo es más fácil de apreciar.
Para entender ciertas lógicas que en la gran ciudad están oscurecidas por todas las mediaciones que existen. Pasen y vean.

El relato anticapitalista y la realidad

Supongamos que en el pueblo de Las Heras, a una hora de Buenos Aires, hay dos verdulerías. Una “El pulpo capitalista” y otra “ El buen comerciante”.
El primero tiene precios altos, mala calidad de la mercadería y pésima atención. No da fiado, les ladra a los clientes y cierra los fines de semana. El otro tiene precios razonables, excelente calidad y muy buena atención personal.
Según el relato “anticapitalista” habitual, el primero destruirá al “Buen comerciante” y se quedara con todo el mercado.
Es al revés.
En el autentico relato “capitalista” el Pulpo se quedará rápidamente sin clientes porque la gente no es estúpida y sabe orientarse hacia aquel que cumple mejor sus deseos: quiere buena calidad, bajos precios y buena atención.
El relato anticapitalista sugiere que en el capitalismo siempre ganan los malos, cuando la verdad es exactamente la contraria: ¿por qué razón la gente le compraría al malo y no al bueno? No hay ninguna explicación de sentido común que haga que los compradores prefieran perjudicarse y no beneficiarse.
Pero en la novela anticapitalista el malo maniobrará para acabar con su competidor apelando a maniobras extraeconómicas, políticas. Por ejemplo, coimeará al Intendente para que la Municipalidad llene de multas el buen comerciante, le revoque la licencia, etc. Pero ¿qué tiene que ver con el mercado libre este proceder? Nada, eso es  exactamente lo contrario del mercado libre, es la coacción política, el “capitalismo de amigos”, la destrucción de la competencia usando la fuerza.
Otra variante del relato es que ambos comerciantes llegan a un acuerdo y suben los precios y bajan la calidad de común acuerdo: es el dominio absoluto, monopólico, de “la clase burguesa”. Aunque no se entiende bien las razones por las cuales el exitoso buen comerciante prefiera cambiar su política y mimetizarse con su competidor.
Pero supongamos que es así, y en Las Heras no hay ahora cómo conseguir unos duraznos  jugosos y a buen precio. Pero, ¿por qué razones no puede aparecer un tercer comerciante- digamos el empleado del antiguo “buen comerciante”-  y llenar ese nicho, esa demanda insatisfecha, con buena mercadería, buenos precios y buena atención? El trabajó allí, conoce a la clientela y sabe que puede ganar la partida.
Pero no tiene capital. Para el relato “anticapitalista” este tercer actor no conseguirá un préstamo. Pero en una economía de libre mercado existe un mercado de capitales, conformado por inversores que quieren obtener más ganancia por su capital. Entonces el joven empleado va al Banco, o habla con algún conocido y le propone el negocio. Le da una participación porcentual en las ganancias o, simplemente, le abona un interés alto por el préstamo. Obtiene los 30 mil dólares que necesita, alquila y equipa un local, compra mercadería buena en el mercado, hace algo de propaganda e  inaugura por fin “El único buen comerciante”, con lo cual obtiene una alta cuota de mercado y desplaza a sus tramperos competidores.
Para deshacerse de este nuevo competidor solo le queda al “Monopolio” el recurso de usar la fuerza bruta: incendiar su local, obtener apoyo del Intendente: o sea todas cosas que nada tienen que ver con la libertad de mercado sino con la coacción extraeconómica.
Corolario: los anticapitalismos no entienden la libertad de mercado, creen que los capitalistas malos- es decir los que pretenden ganar apelando al apoyo político y a maniobras de coacción violenta- son los que siempre ganan y que no hay posibilidad de deshacerse de esos tipos.
La realidad es otra, como vimos. Si no hay coacción, la gente elegirá al que mejor satisfaga sus necesidades. Pero para que esto se cumpla debe haber un elemento que garantice la libertad de mercado : un sistema judicial y político que impida que se concreten las maniobras de coacción. Por ejemplo, un fiscal o un periodista que investigue la conexión entre el Intendente y “El pulpo capitalista”, logre su procesamiento y la destitución por el Consejo Deliberante. Por donde vemos que la economía libre necesita imprescindiblemente un sistema político, un Estado, que garantice la protección de los honestos y el castigo de los deshonestos.
O sea: libertad de mercado y Estado como administrador de Justicia y monopolio de la fuerza son una pareja inseparable. Ese es el verdadero relato.


Los campesinos marxistas

Pepe y Tito son campesinos muy especiales de Las Heras.  En sus largos inviernos con pocas tareas para realizar se han dedicado, desde hace treinta años, a leer El Capital y otras obras de Carlos Marx. Asisten regularmente a cursos on line sobre marxismo, discuten entre ellos y hasta se animan a escribir en un blog denominado “elmarxismonomorirajamas.blogspot.com”. A veces, forzados por las leyes del capitalismo, del mercado, tienen que hacer tratos económicos, intercambiar bienes, comprarse el uno al otros diversos productos.
Pepe ha tenido este año una extraordinaria cosecha de papas y Tito necesita  papas para alimentar a sus cerdos, ya que esta temporada no ha conseguido a buen precio de alimento para cerdos, especialmente porque la fábrica de galletas que hay en el pueblo ha reducido su producción y tiene poco material de desecho, que es lo  Frans compra para alimentar a sus cerdos.
Pepe, por su parte quiere comprar un cerdo para proveerse de carne y embutidos para el resto del año. Está contento por la buena cosecha de papas que ha tenido y quiere darse un gusto, a él y a su mujer, Anita.
Por lo tanto, le envía un mail a Tito y le propone un trato: intercambiar papas por un cerdo.
-Ok, contesta Tito, no me vendrían mal unas bolsas de papas. Pero ¿Cuántas?
- Tito ¿acaso te olvidas de la sabiduría el Viejo Carlos? Tenemos que intercambiar dos mercancías por el mismo valor, sino habría explotación
- Correcto. Un cerdo por 40 bolsas de papas
Pepe, que era marxista pero no estúpido, contestó rápidamente:
- ¿Cuarenta bolsas? Me parece que has bebido demasiada ginebra, Tito. Creo que veinte estaría muy bien.
- A ver, porque 20 y no 40? Veamos, mi amigo, apliquemos la sabiduría de Marx. Ambas mercancías deben representar el mismo valor, medido en el trabajo socialmente necesario para producir un cerdo y una bolsa de papas. A ver ¿ cual es el trabajo socialmente necesario que aplicaste para cosechar las papas esta temporada?
- Mmm, es un cálculo algo difícil de hacer: Hubo un clima estupendo, unas lluvias adecuadas y, en realidad, no trabajé más tiempo que otros años y obtuve un incremento del 100% de bolsas de papas.
- Para Marx, la naturaleza no crea valor, solo el trabajo socialmente necesario lo crea.
- Bueno, lo único que me puede guiar es que este año las papas bajaron un 10% su precio, justamente porque hubo muy buena cosecha
- Pero eso es un factor cambiante: ¿cual es promedio de trabajo necesario para producir una bolsa de papas? No confundas el vil precio, producto de fluctuaciones capitalistas caprichosas, con el Valor de una mercancía, que surge, insisto, de la cantidad de tiempo que se requiere en promedio para producirla.
- Bueno, hay que calcular que además de la simiente tuve contratar a dos peones para que levanten la cosecha.
- Y cuanto le pagaste por el trabajo?
- Poco, en realidad, ya que eran dos chicos jóvenes, dos turistas suecos que se pagaban su comida trabajando en cosechas. Ya deben estar en Bariloche.
- Bueno, pero tenían que comer y beber
- Sí, les di casa y comida por dos semanas. Y les pagué 10 dólares por día, o sea….14 días por 10 por 2: unos 400 dólares…por 80 bolsas de papas. A unos 5 dólares la bolsa.
- Ok. ¿Y pretendes darme solo 20 bolsas  que te costaron menos de 5 dólares por un hermoso cerdo de 100 kilos?
- Y mi ganancia?
- Me parece que el cerdo eres tu. ¿Acaso no conoces la Ley de la Plusvalía?  Una parte de lo que te costó es para la reproducción de la fuerza de trabajo, y la otra- la que obtengas al venderlo como plus , por encima del costo salarial- es la plusvalía, la explotación: y no quieras explotarme a mi! Me lo tienes que vender por 5 dólares, como mucho, si eres un buen marxista.
- Oye, te olvidas que les di casa y comida
- OK, calcula.
- Y que tuve que darles herramientas para que levanten la cosecha, algunas de las cuales se desgastaron bastante.
- OK, calcula
- Y que tuve que enseñarles a hacer bien el trabajo, para que no arruinen el producto
- OK, calcula
- Y que hace años invierto en tener las mejores simientes, compro las semillas más caras.
- OK, calcula
- Oye, pero ESO (el capital acumulado, el conocimiento, la experiencia, la capacidad empresaria, la de dirigir a un equipo de trabajadores) ESO para Marx no crea valor
- Más vale! Era lo que te estaba diciendo: pretendes explotarme a mí, tu amigo, intentando subir el precio de la papa, que solo te costo 4 dólares la bolsa.
- Oye, no sé para Marx, pero para mi ESO SI CREA VALOR.
- Mmm, revisionismo de la peor calaña:  estas discutiendo el carácter científico de los descubrimientos de Marx! Del principal de ellos: que el valor no lo crea la demanda, sino el tiempo socialmente necesario de trabajo
- Y acaso el mío no es trabajo?
- NO, no y no! El único trabajo que reconoce Marx es el del obrero, no el del empresario, eso no es trabajo! Es un hobby! Un entretenimiento de capitalista!
- Oye, que este entretenimiento me lleva media vida: Que cuando hay mala cosecha paso hambre, que si no aprendo nuevas técnicas tengo magras cosechas, que tengo que comprar herramientas, afrontar mal tiempo o precios de mercado que no me compensan!
- Mm estas quejándote demasiado
- Y te olvidas de la hipoteca que estoy pagando por el campo: mil dólares por mes, que salen de mi “ganancia”. O sea, según Marx, la Naturaleza no genera valor, pero sin mi campo, no habría papas, aunque le pague a los peones. Y no habría papas sin mi trabajo previo de inversión. Y no habría papas si no me dedico a negociar su precio en el mercado, acarrearlas a las ferias, presentarlas de la mejor manera posible, hacerme amigo de los verduleros, adaptarme a los cambiantes gustos de los consumidores- hay centenares de variedades de papa- lo cual implica investigar etc., etc.
- En una palabra, te has transformado en un vil capitalista
- Sabes una cosa Pepe?, creo que Marx jamás visitó una producción de papas, ni ninguna otra industria. Oye, te propongo algo: dejemos de lado por un rato a Marx, estudiémoslo, que no deja de ser un gran escritor, pero no nos sirve para resolver nuestros asuntos. Escucha, ¿deseas mucho esas bolsas de papas?
- Sí, ya te dije que no consigo alimentos para cerdo
- Y cuantas bolsas estarías dispuesto a cambiar por un cerdo?
- Y…cincuenta!
- Estas muy lejos…
- Cuarenta!
- Ya te acercas…
- Treinta!
- Trato hecho!
- Y sin haber calculado el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir un cerdo y treinta bolsas de papas!
- Pero no me vas a negar que escribía bien el Viejo…
 

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