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sábado, julio 14, 2007

Gestión para la comunicación


Antes se gobernaba bien para salir bien en la prensa.
Ahora se sale en la prensa para poder gobernar bien.

En alguna época, cuando la gestión política no era tan compleja como ahora, los funcionarios honestos trataban de hacer bien la cosas y tenían la esperanza de que la prensa reflejara los logros de su gestión: un artículo elogiando alguna obra nueva, una reglamentación o una mejora en el servicio público producido por él.

Ahora, el funcionario que llega a su nuevo organismo estudia sus funciones y decide comenzar por aquellas que pueden tener más “gancho” para la prensa. Su primera obligación es dotarse de un buen agente de prensa, estrechar lazos con algunos periodistas clave y a partir de ahí organizar su agenda a fin de enlazarla perfectamente con sus salidas a la prensa. No importa en este nuevo estilo de gestión el plan estratégico (entendido como el engarce temporal de diversas tareas, con utilización de recursos y en una secuencia planeada orgánicamente) sino el plan de comunicación de gestión.

Es la comunicación la que genera el plan, no el plan el que genera la comunicación.
Se gestiona para poder comunicar...que se gestiona. Los aspectos no comunicables de la gestión no interesan.

¿Por qué comunica el nuevo funcionario? ¿Para atender las necesidades informativas de la población? No se crea: es para armar su carpeta de valorización de acciones políticas, útil para crecer en la estructura política a la que pertenece. Cuantas más menciones positivas en la prensa, más suben las acciones del funcionario para su crecimiento profesional.
Porque el funcionario, por definición, nunca puede amar y permanecer en un puesto: todos sus cargos son peldaños en una carrera infinita que termina en la presidencia, la gobernación o, al menos, en alguna banca parlamentaria. A ese fin dedica sus afanes: no a servir al bien común, anticuada manera de referirse a la función pública, sino para crecer, políticamente hablando.
Cuando llegan a su cúspide, ya no saben para qué seguir acumulando acciones. Entonces se dedican a planear su sucesión: acumulan poder para “el proyecto”, entidad que suele incluir una considerable cantidad de familiares y amigos, a fin de - a su manera- hacer el bien común.

Se cierra así el círculo: la gestión por comunicación es como esas redadas ficticias que a veces inventan los policías para ascender: arman un caso, plantan pruebas y llaman a la TV para filmar el operativo en el que incautan droga o armas. Y ascienden a Subsecretario de Investigaciones de Algo. De forma menos burda se arman casi todas las carreras políticas en la actualidad. Y carreras honestas. Esto no está enfrentado a la legalidad. No hablamos acá de dineros mal habidos para pagar campañas electorales, pactos mafiosos o cosas aun peores. Hablamos del puro, simple y natural ejercicio de la gestión pública por estos días.
Y de la enorme deformación que eso implica.
Salir del eje de la buena gestión para recorrer únicamente el de la buena comunicación significa acumular los problemas y encontrar “hábilmente” la forma de taparlos, exagerar méritos y minimizar errores,
postergar decisiones dolorosas y optar siempre por las más simpáticas a la prensa y a la Opinión Pública.
Los problemas soterrados, invisibles, sordos, estallan entonces y arrastran al funcionario al sumidero, de donde, tras unos pocos años
de lifting, renace, dispuesto otra vez a “armar su plan de comunicaciones”. Así estamos, como decía mi tía.

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