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jueves, noviembre 30, 2006

El Manifiesto de 1848

“Hay que decirlo: hay en el mundo exceso de “grandes” hombres; hay demasiados legisladores,organizadores, instituyentes de sociedades, conductores de pueblos, padres de las naciones, etc.
Demasiada gente que se coloca por encima de la humanidad para regentarla, demasiada gente que hace oficio de ocuparse de la humanidad.”
F.B. “La Ley”



En 1848 un manifiesto se publicó en Europa. Un manifiesto que expresaba con genial simplicidad los agobios por los que se desplazaba la civilización europea a mediados del siglo XIX.
Su autor venía de analizar y estudiar la situación económica y politica de los grandes paises europeos, en especial la Francia. No es el que ustedes suponen. No era alemán.
Se llamaba Frederic Bastiat. “La ley” tituló, sencillamente a su manifiesto. Tenía 47 años. Dos años después, había muerto.
Yo lo conocí hoy. Estoy haciendo una “arqueología del saber” en la que a pico y pala voy desbrozando las capas de materia socialista, nacionalista, populista, estructuralista y demás que mamé desde chico: Marx, Engels, Sartre, Althusser, Fromm, Foucault, Derridá, Deleuze, Lenin, Trotsky, Perón, Mao, Ché, Fidel Castro se llaman esas fuertes capas aislantes que voy, poco a poco, atravesando. Llego así a Ortega, a Von Mises, Hayek, y hoy, a Bastiat. Veamos.

“Me escribió una vez Lamartine: “Vuestra doctrina no es más que la mitad de mi programa: os habéis detenido en la libertad, yo estoy ya en la fraternidad”. Le contesté: “La segunda mitad de vuestro programa habrá de destruir la primera”.

Quien así escribía señalaba:

Cuando la ley -por intermedio de su agente necesario, la fuerza- impone un modo de trabajo,un método o una materia de enseñanza, una fe o un culto, no actúa ya negativamente [defensivamente] ; actúa en forma positiva [agresiva] sobre los hombres. La voluntad del legislador sustituye a la libre iniciativa. La persona no tiene ya para qué reflexionar, comparar o prever; todo eso lo hace por ellos la ley. La inteligencia les resulta un artículo inútil; cesan de ser hombres; pierden su personalidad, su libertad y su propiedad.”


“Al cabo de sus sistemas y esfuerzos parece que el socialismo, por más complaciente que sea consigo mismo, no puede dejar de ser el monstruo de la expoliación legal. ¿Pero qué hace? Lo disfraza hábilmente a los ojos de todos, hasta a los suyos propios, bajo seductores nombres de fraternidad, solidaridad, organización, asociación. Y en razón de que nosotros no pedimos tanto a
la ley, porque no exigimos de ella sino justicia, el socialismo supone que rechazamos la fraternidad, la solidaridad, la organización y la asociación, lanzándonos el epíteto de individualistas.
Sépase pues que lo que rechazamos no es la organización natural sino la organización
forzada.
No es la asociación libre, sino las formas de organización que pretende imponernos.
No es -la fraternidad espontánea, sino la fraternidad impuesta.
No es la solidaridad humana, sino la solidaridad artificial, que no es otra cosa que un injusto desplazamiento de responsabilidades.
No repudiamos la solidaridad humana natural bajo la Providencia.

El socialismo, igual que las antiguas ideas de donde proviene, confunde el gobierno con la
sociedad.
Por eso es que cada vez que nos oponemos a que el gobierno haga algo, saca de ahí la conclusión de que no queremos en absoluto que aquello se realice. Como rechazamos la instrucción por el Estado, luego, concluyen que no queremos instrucción.
Como rechazamos la religión de Estado, luego, no queremos religión. Como rechazamos la igualización por el Estado, luego, no queremos igualdad, etc. Es como si se nos acusara de no querer que los hombres se alimenten, porque rechazamos el cultivo del trigo por el Estado”

Este hombre, Bastiat, prefiguró a Lenin, medio siglo antes de su existencia:

“Los intelectuales modernos especialmente los de la escuela socialista, fundan sus diversas teorías sobre una hipótesis común, y seguramente la más extraña, y la más pretenciosa que pueda abrigar un cerebro humano.
Dividen la humanidad en dos partes. La generalidad de los hombres, forma la primera parte; el
intelectual forma la segunda, y por mucho, la más importante.

Comienzan los escritores modernos por suponer que los hombres no contienen en sí mismo ni un principio de acción, ni un medio de discernimiento; que están desprovistos de iniciativa; que son materia inerte, moléculas pasivas, átomos sin espontaneidad; cuando mucho una vegetación indiferente a su propia manera de existencia; susceptibles de adoptar al impulso de una voluntad,
de una mano externa, una cantidad infinita de formas más o menos simétricas y perfeccionadas.
Luego, cada uno de ellos supone sin más ni más que él mismo es aquella voluntad y aquella
mano, actuando bajo los nombres de organizador, revelador, legislador, institutor o fundador, que él es el móvil universal, el poder creador, cuya sublime misión es reunir en sociedad los materiales dispersos que son los hombres.”

“Uno de los fenómenos mas extraños de nuestro tiempo, y que probablemente sorprenderá mucho a nuestros nietos, está en el hecho de que la doctrina se base en esta triple hipótesis: La radical inercia de la humanidad, la omnipotencia de la ley, y la infalibilidad del legislador, como símbolo
sagrado del partido que se proclama a sí mismo como único partido democrático.”


Es la teoría del pequeño Partido conformado por intelectuales que tienen el saber y ponen en marcha la conciencia de la clase obrera, que por si misma solo llega al simple sindicalismo.


Felizmente, según aquellos mismos escritores, existen algunos hombres, llamados gobernantes y
legisladores, que han recibido del cielo tendencias opuestas, para beneficio no solamente de ellos sino para el de todos los demás.
Mientras la humanidad se inclina al mal, ellos se inclinan al bien;
mientras la humanidad camina hacia las tinieblas, aspiran ellos a la luz;
mientras la humanidad es arrastrada al vicio, a ellos los atrae la virtud.
Y ya eso dado por sentado, reclaman la fuerza a fin de que les dé la posibilidad de sustituir sus propias tendencias a las tendencias del género humano.
Basta con abrir un libro de filosofía, de política o de historia, más o menos al azar, para advertir cuán fuertemente se encuentra arraigada aquella idea en nuestro país, hija de los estudios clásicos y madre del socialismo, según la cual la humanidad es materia inerte, que recibe del poder
público la vida, la organización, la moral y la riqueza; o lo que es aún peor, que por sí misma la humanidad tiende hacia su propia degradación, y no es detenida en esa pendiente sino por la mano misteriosa del legislador.



Pero…

“No es verdad que el legislador tenga sobre nuestras personas y propiedad un poder absoluto, ya que aquellas son preexistentes y que la tarea de la ley es proveerlas de garantías.
No es verdad que la ley tenga por misión regir nuestra conciencia, nuestras ideas, voluntades, instrucción, sentimiento, trabajos, intercambios, informaciones y satisfacciones.
Su misión está en impedir que en ninguno de esos puntos, el derecho de uno quede usurpado por el de otro.”

“El objeto de la ley no es servir para oprimir a las personas o expoliar la propiedad, aun con fines filantrópicos, cuanto que es su misión proteger la persona y la propiedad.
Y que no se diga que puede por lo menos ser filantrópica con tal que se abstenga de toda opresión y de toda expoliación; eso es contradictorio. La ley no puede dejar de actuar sobre las personas o los bienes; si no los garantiza, los viola por el solo hecho de actuar, por el solo hecho de existir.
La ley, es la justicia; algo claro, sencillo, perfectamente definido y delimitado, accesible a toda inteligencia y visible para todos los ojos, porque la justicia es determinable, inmutable, inalterable, que no puede ser admitida en más ni en menos.
Saliéndose de ahí, haciendo a la ley religiosa, fraternalizadora, igualizadora, filantrópico, industrial, literaria, artística, pronto se está en lo infinito, en lo desconocido, en la utopía impuesta, o lo que es peor, en la multitud de las utopías luchando por apoderarse de la ley y por imponerla-, porque la fraternidad y la filantropía no tienen límites fijos como la justicia.
¿Dónde detenerse? ¿Quién habrá de detener a la ley?”


Genial anticipo de ecólogos, feministas, campesinos, gays, productores de mandarinas, realizadores de cine subvencionado, ONGs varias, lobbistas de todo pelaje, color e interés, luchando por apropiarse de la Ley a fin de ahorrarse el trabajo de imponer sus ideas o productos en el mercado, por la persuasión o el convencimiento.

No hay beneficios sin costos, siempre la obtención de un beneficio supone un perjuicio para alguien…

Hay que examinar si la ley quita a algunos lo que les pertenece, para dar a otros lo que no les pertenece. Hay que examinar si la ley realiza, en provecho de un ciudadano y en perjuicio de los demás un acto que aquel ciudadano no podría realizar por si sin incurrir en criminalidad.”

“Se dice: “He aquí a hombres que carecen de riqueza”, y se apela a la ley. Pero es el caso que la ley no es ubre que se llene por si misma o cuyos vasos lactíferos puedan surtirse en otra parte, fuera de la sociedad misma. Nada ingresa al tesoro público, para beneficio de un ciudadano o de una clase, que no sea aquello que otro ciudadano u otras clases han sido forzados a poner en él.
Examínense desde ese punto de vista el proteccionismo de las tarifas aduanales, el
derecho al trabajo, el derecho a la beneficencia, el derecho a la instrucción, el impuesto progresivo, la gratuidad del crédito, el taller socializado, y siempre se encontrará en el fondo la expoliación legal y la injusticia organizada”



Por último, he aquí su “programa”: nada parecido a las centenares de propuestas que nuestros partidos emborronan con el pomposo nombre de “Programa de Acción Gubernamental”


“Tended la mirada sobre el globo. ¿Cuáles son los pueblos más felices, más morales y más apacibles? Son aquellos en que menos interviene la ley en la actividad privada,
donde menos se hace sentir el gobierno;
donde la Individualidad tiene más Iniciativa y la opinión pública más influencia;
donde los rodajes administrativos son menos numerosos y complicados;
los Impuestos menos pesados y menos desiguales;
los descontentos populares menos excitados y en menor grado justificables;
donde la responsabilidad de los individuos y de las clases es más efectiva, y donde, en consecuencia, si no son perfectas las costumbres, tienen tendencia invencible a rectificar;
donde las transacciones, los convenios y las asociaciones se ven menos trabadas;
donde trabajo, capitales y población sufren menores desplazamientos artificiales;
donde la humanidad obedece más a su propia inclinación;
donde el pensamiento de Dios prevalece más sobre las invenciones humanas;
aquellos, en una palabra, que más se acercan a la
siguiente solución:
dentro de los límites del derecho, todo debe hacerse por la libre y
perfectible espontaneidad del hombre; nada por medio de la ley o la fuerza, sino por la justicia universal.”

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