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jueves, octubre 17, 2013

DOS GENERACIONES

  

Mis entrevistas con viejos militantes universitarios en épocas del primer peronismo me han servido para acceder a un mundo que yo creía inexistente.  Tomé conciencia de que la generación del 45 – que en rigor se extendió durante toda la década peronista-  tenía una riqueza humana y política que jamás fue sacada a la luz. Durante décadas fue casi un estigma el decirse “antiperonista”. Esos viejos militantes universitarios fueron olvidados por la Argentina política. Sus historias afectaban la construcción de un relato en el que el peronismo- más allá de sus orígenes- se integraba al sistema democrático como un actor importante y respetable. Para ese relato era incómodo recuperar del olvido estas historias de represión, autoritarismo, arbitrariedad, violencia.
Quiero ahora comparar esas dos generaciones: la del 45 (una generación de resistencia a un gobierno que expresaba una alianza corporativa fuertísima, que incluía a la Iglesia, el Ejército, los sindicatos, muchos empresarios, la farándula artística y deportiva, los medios de comunicación, etc.) y la del 70, rememorada en estos tiempos como la de los “jóvenes idealistas”.
La generación del 70 fue hija de la Revolución Cubana y creyó verla encarnada en el peronismo. Esa extraña mixtura sonaba en la consigna “Perón, Guevara, la Patria liberada”
Esa generación, a la cual yo pertenecí, rompió con sus familias- porque eran antiperonistas- , con su formación democrática o marxista clásica y adhirió fervorosamente a la aventura de “ser peronista”, o sea, fundirse a un sujeto hecho de poder puro, sin sutilezas teóricas, “puro pueblo”, que gritaba sin sonrojarse “alpargatas sí, libros no”. Con ese acto de ruptura no solo quebrábamos las relaciones con nuestra “clase”, con nuestras familias, sino con el “ethos” cultural de un progresismo hecho de libros, nostalgias parisinas e identificado, a su modo, con Occidente. Tirábamos a Marx o a Sartre o a Freud a la basura y adheríamos al tumultuoso, contradictorio, violento y autoritario peronismo, el lugar real donde “las masas” vivían. Coqueteábamos incluso con cierto fascismo de hecho. Algunos, de tanto leer a Perón y sus nostalgias mussolinianas abandonaban cualquier resto de “recato” y cantaban extasiados  “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”.
Era una catarsis, una ceremonia desvariada, un rito de iniciación: había que probar que no quedaba ninguna fibra de “socialdemocracia”, de “izquierda cipaya”, en nuestras mentes y que ya, casi, éramos pueblo. Había que amar a Perón, si uno quería fundirse realmente con el pueblo.
Así como hubo una trayectoria desde la derecha nacionalista de Tacuara hacia Montoneros y la “tendencia revolucionaria”, hay otra que nace en la izquierda marxista y termina en Guardia de Hierro o, peor aun, en los grupúsculos de la ultra derecha peronista. También, obviamente, había “entristas”, marxistas puros y duros que, por cálculo político, adoptaban alguna terminología peronista y se sentían parte del “Movimiento”, con la secreta esperanza de guiarlo hacia la Revolución Social.
La generación del 45, en cambio, era hija de la Guerra Española y la Segunda Guerra Mundial: el frente antifascista que englobaba desde el Partido Comunista hasta algunos cristianos, pasando por anarquistas, socialistas, radicales, demócratas progresistas, liberales. Arraigada en la tradición democrática, continuadora, en muchos casos de una historia familiar de militancia enfrentada al golpe de Uriburu. Para ellos, Perón era simplemente- no había mucho que discutir- la versión criolla del fascismo, una continuidad natural del uriburismo, un representante de la corporación militar, la Iglesia y los sindicatos, al estilo fascista y falangista.
No fue una generación de ruptura, no tuvo que pasar por ritos de iniciación ni abjurar de su formación o sus tradiciones familiares. Fue, en ese sentido, más sana, más consistente. No necesitó de sesiones de terapia para integrar sus diversos yoes, como nosotros (judíos hablando de la conspiración sionista, izquierdistas teniendo que comulgar en la iglesia “ de los pobres”, internacionalistas bebiendo grandes tragos de nacionalismo, marxistas renegando de sus libros y dedicándose a leer a Perón, y así sucesivamente)
Los del 45 eran antifascistas, simplemente. Y casi todos, anticomunistas. Sabían que Hitler y Stalin tenían la misma sangre autocrática y violenta. Y que de esos modelos se desprendían pequeños dictadores como Perón.
Sabían que estábamos en Argentina y que las cosas nunca llegarían a la letal maquinaria  nazi o al crudo Gulag ruso. Sabían que era muy difícil perder la vida, aunque había casos. Lo más usual serían algunas temporadas en la cárcel, problemas para recibirse, algunos golpes. Aunque también hubo torturas, torturas en serio, con picana aplicada sobre una cama de metal, durante horas.
El apoyo obrero a Perón fue una amarga píldora que tuvieron que tragar. Fueron sorprendidos por la rapidez con la que la “clase obrera” – el gran mito socialista en el que muchos de ellos creían- se hacía fascista. Evita fue otro misterio: cómo podía ser que una figura de la farándula, enjoyada y vestida con pieles pudiera ser una especie de diosa de los pobres.
Si algo no pudieron entender, al menos en ese momento, es que el peronismo era una construcción mitológica, no un mero rejunte de oportunistas. Algo muy complejo que ya está inscripto en el ADN argentino, parte constitutiva de una cultura política y extrapolítica. Pero esa es otra historia.
Ellos sufrieron en peronismo real, no la narración mitológica construida para perdurar.  Para ellos, el peronismo fue el “tira” que los delataba, las golpizas en la Sección Especial, el control agobiante, la inexistencia de una prensa libre, el festival de “permisos de importación” con el que se premiaba  a los leales, la impudicia de la UES, la manipulación del deporte, el espectáculo y la cultura, al servicio del poder dominante. Fue la imposición de la educación religiosa, la intervención en las universidades y la destrucción de la Reforma, la persecución a los legisladores de la oposición, los oscuros negocios de Juancito Duarte, el refugio para los nazis, los profesores falangistas, los “amigos” como Somoza, Stroessner o Trujillo, los libros de lectura con frases como  “Mamá me ama, Eva me ama”, la afiliación compulsiva al Partido Peronista, las listas negras de artistas, la política exterior muy poco “popular y antiimperialista”.
Ese relato, para nosotros, simplemente no existía, era obra de la propaganda “gorila”, un infundio de los “contreras”. Nos negábamos a saber que Cipriano Reyes, coautor del 17 de octubre, había sido torturado y preso durante siete años, no sabíamos los nombres de los torturadores (los hermanos Cardoso, Lombilla, Amoresano) Nos negábamos a ver una realidad que nuestros padres conocían bien. Sus advertencias nos sonaban huecas: una tía vieja no puede saber más que yo quien fue Perón.
Y sin embargo, lo sabían: todos los fantasmas cuidadosamente ocultados, minimizados o justificados aparecen en estos relatos de los testigos. Sin histerias, reconociendo errores, algunos, incluso, afirmando que las cosas cambiaron mucho desde entonces. Pero nadie reniega de su militancia opositora. Ninguno de ellos abomina de sus posiciones, que fueron consistentes con los valores que encarnaban.
Se los puede acusar de ingenuidad. Pero ninguno actuó manipulado por poderes ocultos, por la tan mentada “Sinarquía internacional”, la Masonería, el Imperialismo o el judaísmo. Esos cucos fueron alimentados por Perón y combinados en una mezcla explosiva con los mitos tercermundistas. Esa extraña combinación de tercermundismo, fascismo y marxismo fue la que nos taladró la mente en los setenta. Aun hoy, esa mescolanza actúa determinando que el peronismo sea un animal político capaz de hacer y deshacer, decir y desdecir con total desparpajo.
Ellos fueron leales a sus ideas, incluso las equivocadas: el “clima de época” como dijo Pandolfi, haciendo alusión a un cierto izquierdismo ingenuo que coincidía en algún punto con el estatismo peronista, pero que rechazaba desde las entrañas el autoritarismo y el culto a la personalidad que caracterizaron al Régimen.

Ha sido una experiencia personal extraordinaria entrevistar a estas personas, los testigos olvidados. 

Boca de urna

 
Esto sucedió de verdad. O sea, no es una ficción aunque lo parece. Es una síntesis de nuestro país político, no del “país real”. El país real es el que se levanta todas las mañanas para ir al trabajo y que solo tiene una relación ocasional con la “política”. 
La política es el arte de obtener y conservar el poder. Requiere infinitos recursos económicos, personales, dedicación, memoria y capacidad retórica. Cada dos o cuatro años miles de puestos políticos, esos que viven del Presupuesto, se ponen en juego en las elecciones. Es gente que no sabe hacer otra cosa: su vida depende de esas elecciones. Se juegan todo para obtener un cargo de concejal, legislador o intendente. O Presidente.
Es un juego de suma cero. Si entra mi competidor, yo no entro. Cada funcionario político manejará un presupuesto propio que le permitirá no solo obtener su sueldo sino el de varios asesores- usualmente miembros de su familia-. En muchos casos esos “asesores” son hombres de paja, que cobran solo una fracción de su salario y entregan el resto “al Jefe”. Por lo tanto es un juego a todo o nada, donde se define el futuro de un clan familiar.
En una economía, como muchas del interior, absolutamente deprimida, una vía accesible de ascenso es la política. Eso sí, se trata de una carrera larga y tortuosa, llena de traiciones, zancadillas, conspiraciones, amenazas, aprietes, operaciones. Es sucia no solo porque roza lo ilegal, sino porque ensucia todas las relaciones personales que se miden por su utilidad. En la política todos son instrumentos de alguien. Todos forman parte en algún momento del plan de otro. El ascenso político consiste en tener un plan propio y depender cada vez menos del plan de otros. En el interior del país eso se logra siendo Gobernador o, en menor medida, senador nacional. El Gobernador tiene su propio plan y solo depende de los fondos de la nación. Por lo cual debe cultivar buenas relaciones con ministros nacionales. Pero en su feudo es el rey. Nombra, despide, negocia, hace y deshace casi sin control. A diferencia de la nación, en donde aún sobreviven algunas instituciones independientes que pueden limitar o controlar al Presidente, en el interior no hay Auditoría, no hay Justicia independiente, no hay prensa opositora. El único canal y la única radio es, casi siempre, afín al Gobernador. El diario puede o no ser propiedad del jefe - algo muy usual- pero en cualquier caso es casi imposible que sea opositor. Entre otras cosas, por la publicidad oficial que se vuelca a cambio de apoyo o, al menos, crítica de baja intensidad.
En muchas provincias los caudillos duran años. Cuando su período termina, su esposa o algún dependiente se presentan a Gobernador . Arman así estructuras de negocios que solo se garantizan si él o su grupo se suceden en la gobernación.
Manejan a los intendentes, a los legisladores provinciales o municipales. Nombran los jueces, comenzando por el Tribunal Superior de la provincia. Tejen y destejen alianzas con la “oposición”, siempre débil y dependiente. Tienen olor de multitud. Conocen por su nombre a miles de personas, dan favores y reciben ofrendas. Inauguran una escuela o un dispensario y toda la prensa oficial festeja alborozada, con foto en primera página, el gesto del Gobernador.
Preparan con tiempo a algún hijo o sobrino para que los suceda cuando ya sean seniles.
Pero, a veces, sus planes se truncan. Un asesinato oscuro, cometido por los “hijos del poder” o alguna pueblada que incendia edificios públicos muestra que hay algo podrido en Dinamarca. Las noticias llegan a Buenos Aires donde la indisciplinada sociedad civil y la prensa - que se tiene que adaptar a ese mercado exigente-, se indignan. Los periodistas “porteños” aterrizan en la provincia donde comprueban los excesos del Caudillo, o las vinculaciones de algún hijo del poder con tramas de prostitución, droga, asesinatos.
Esto sucedió en la provincia del Norte, de cuyo nombre “no quiero acordarme”.
El viejo Caudillo, desgastado, fue finalmente expulsado por una intervención del gobierno federal. Esto sucedió en los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner. El Presidente nombró un Interventor joven, proveniente de la Justicia, el cual se comprometió a limpiar el escenario provincial y llamar a elecciones libres en poco tiempo.
La investigación del crimen cometido se aceleró y un jefe policial- a cargo de una sección de “inteligencia” de la policía provincial, fue acusado y procesado.
En ese contexto, al fin se llamó a elecciones. El peronismo provincial- hasta ayer un simple sello a las órdenes del Caudillo- se presentó “remozado”, encabezado por un candidato con pocas vinculaciones con el viejo Gobernador aunque con algún oscuro prontuario por corrupción rápidamente olvidado.
Del lado opositor el que era Intendente de la Capital- un radical- se presentaba como la alternativa superadora al feudalismo encarnado por el peronismo provincial. Era tiempo de cambiar, decía.
Pero el candidato oficialista no opinaba lo mismo. Había declarado el día anterior “Los peronistas lo único que sabemos es contar los votos. Vamos a arrasar”
Bien. Era enero. Con 45 grados a la sombra la gente se disponía a votar. Yo fui contratado por una consultora a colaborar en una Boca de Urna que se haría para dar al Interventor información confiable antes que el escrutinio se realizara.
Caminar una sola cuadra era un desafío. Los bares con aire acondicionado eran los oasis que permitían, en varias escalas, llegar a destino. No se puede votar con este calor, pensaba. Nadie puede tener la capacidad mental de pensar correctamente bajo este sol. Ahora entiendo, me decía a modo de broma, lo mal que vota la gente en estas provincias.
Los encuestadores, una especie de aventureros que se atrevían a ir a Campo Quemado o Quitilipi con casi 50 grados, ya estaban distribuidos en decenas de escuelas donde se votaría. Estaba todo preparado para recibir dos partes vía telefónica, uno hacia las 11 de la mañana y otro hacia las 4 de la tarde.
Sonaban los teléfonos y la información se volcaba en una planilla Excel. Para las 12 los resultados eran claros: el radical X le ganaba al peronista Q por unos seis puntos. Milagro! pensé. El caballo del comisario entraba segundo, humillado por el competidor impensado.
Otro consultor, también contratado por la Intervención, obtenía los mismos resultados. Era claro que el oficialismo debería tomar la copa amarga de la derrota, como diría algún viejo periodista.
En eso, llama el “Chueco”.
El Chueco es el gran operador peronista de fondo. Las masas, incluyendo a los periodistas, desconocen su existencia. Si algo hay permanente en el peronismo es el Chueco: operador de Cafiero, de Menem, de Duhalde, de Kirchner, de Cristina. Y próximamente del que sea, Scioli o Massa.
De origen “guardián”, fue jefe político de Manzano, mientras el joven ejercía de Ministro del Interior. Su ideología se limita a una sola cosa: el PJ debe ganar la próxima elección, donde sea y como sea. Él arma las listas de concejales de las ciudades y pueblos, las listas de legisladores provinciales, las listas de legisladores nacionales. Tiene, seguramente, un enorme archivo en el que se apilan centenares o miles de nombres: edad, sexo, ocupación, líneas internas a las que pertenece, negocios, turbios o no, etc. Con esos datos elige, selecciona, desecha, promueve, pone en el freezer o excomulga. Es el poder detrás del poder. Es temido y buscado. Desconozco la fuente de ese poder. Cuidado: el no se mete con la “gestión”. Le interesan bien poco las diferencias entre Menem y Kirchner: el solo se mete en el armado electoral, esa es su misión y el extraño objetivo que se dio para su vida. El anonimato y el poder, todo junto.
Entonces, decía, llamó el Chueco desde Buenos Aires.
Sus órdenes a la consultora son bien claras: “Acá hay empate, se entiende? Si los llaman los periodistas, la única respuesta admisible es que acá hay empate técnico”.
La consultora se anima a contestarle: “Pero esos no son nuestros números, Chueco. Tenemos que gana el radical. Y Roby tiene los mismos números”.
“No importa. Es la orden del Jefe”
La consultora lagrimea indignada. “Mirá yo no voy a atender a los periodistas, es lo único que puedo garantizarte”.
Por lo tanto, se desconectan teléfonos fijos y móviles, y sigue el trabajo. Con el cierre de las cuatro de la tarde el resultado es inapelable: gana el Intendente radical, pierde el candidato oficial.
A las 7 de la tarde vamos a la Residencia del Gobernador. El Interventor está encerrado en su despacho. Todos comentan los resultados de la Boca de Urna, pero se esperan los primeros datos del escrutinio.
En eso reconozco a Juan, un compañero de trabajo cuando éramos asesores del Ministerio de Educación, en épocas de Menem.
- Que haces acá, Juan?
- Soy Ministro de Educación de la Intervención.
- Epa!, te felicito.
- Que hay de los datos?
- Gana el Intendente.
- Me lo imaginaba. Tenes un rato? Te invito a tomar un café.

Llegamos al bar. Pedimos algo fresco.
- Mirá. Esteban. Te cuento: hasta hace unos meses el Gobierno de la Intervención era una máquina perfecta, neutral y objetiva. Sin intención de perjudicar o favorecer a nadie. Pero desde hace tres meses esto es una Unidad Básica. Llegó la orden de Casa Rosada: hay que usar todos los recursos de la Intervención para favorecer al Candidato oficial. Habrá desembolso de dinero, se incrementará la gestión y se lo publicitará en beneficio del Candidato.
- ¿Y por qué aceptó eso el Interventor? Porque según sé es un tipo joven, de buena imagen y que querrá un futuro en la política.
- No lo sé. El asunto que esto se puso irrespirable para mí. No me interesa ser un puntero para juntar votos, sino un Ministro de Educación de una provincia pobre y necesitada de mejorar la Educación y tantas otras cosas. Tengo ganas de rajarme.
Volvimos a casa de Gobierno. Allí no había grandes novedades. El recuento era lento. Pero se perfilaba claramente que el caballo del comisario perdía. El Jefe de gabinete me comenta: a pesar de lo que dicen las bocas de urna, creo que al final habrá un empate. Extraña manera de aprovechar los datos , no de una, sino de dos encuestas que coincidían en anunciar una verdad dolorosa. Hay quienes confían más en su “intuición” que en resultados científicamente rigurosos.
Se decía que el triunfo del Intendente se basó en que el Caudillo retirado dio orden a su gente de votar al opositor, como módica venganza por su desplazamiento.
En eso sale el mismísimo Interventor y grita:
- Acabo de hablar con el Presidente. Me dijo, textualmente. “No tenes que llamarlo para felicitarlo a ese hijo de puta”
Estallan los aplausos, se deja oír la Marcha peronista, se crispan los rostros. El “militante” que hay detrás de esos oportunistas pasa a primer plano, se emocionan y lloran de angustia. Están perdiendo su conchabo, lo saben y ya piensan en cómo sigue la película. Por ahora, cayó la noche y hay que cantar la marchita…
Salí asqueado. Afuera una llovizna maravillosa, un viento hermoso disipaban el bochorno. Ahora se podía respirar. Caminé unas cuadras, hasta que me encuentro con un acto de festejo de los opositores. Me pongo feliz por ellos: esta vez los peronistas demostraron que tampoco saben contar votos.
Tiempo después, poco tiempo después, el país observa el abrazo entre Kirchner y el triunfante nuevo Gobernador, joven promesa radical. Promete- y cumplirá hasta el día de la fecha- respaldar al Gobierno Nacional en todas las grandes políticas, más allá de las diferencias partidarias. Hay que apoyar el Modelo que ha inaugurado el Presidente, y desde esta provincia lo haremos con entusiasmo.
Ya no era más “ese hijo de puta”. Había entendido que le convenía hacerse cargo de la Unidad Básica.

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